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Índice por autores

 

 

La terminología entre la globalización y la localización
o del triángulo al trompo

Lucía Fabbri
Uruterm
lfabbri@internet.com.uy
uruterm@internet.com.uy

 

Introducción

Origen y propósito de esta ponencia

Hace tres años, en julio de 1999, participé, junto a muchos de los presentes, en el II Simposio internacional organizado por el IULA en Barcelona. En esa ocasión el tema del Simposio era “La circulación del conocimiento especializado”, y las conferencistas invitadas fueron Danièle Dubois, Rita Temmerman y Anna Estany: tres investigadoras que desde la psicología cognitiva, la terminología socio-cognitiva y la filosofía de la ciencia expusieron sus respectivos puntos de vista sobre la naturaleza de la relación entre “mente”, “mundo” y “lenguaje”, o “realidad”, “representación mental” y “expresión”, esa famosa tríada que estamos acostumbrados a ver representada gráficamente como los vértices de un triángulo.

La discusión fue intensa y al final de aquellas memorables jornadas todos habíamos aprendido mucho o, en todo caso, habíamos pasado los principales enfoques y modelos cognitivos conocidos por una implacable criba que dejó al famoso triángulo vapuleado y maltrecho. Ahora bien, si las conferencias y los debates dentro y fuera de la sala fueron suficientes para demostrar lo insatisfactorio de aquella representación “euclidiana”, quedaba por delante el desafío de reemplazarla. ¿Cómo, con qué? La cuestión no quedó zanjada.

Por otra parte en ese mismo Simposio, al igual que en otros encuentros académicos, la Teoría General de la Terminología (o por lo menos lo que parecía ser su interpretación dogmática) también había sido objeto de rigurosos cuestionamientos, que ponían de manifiesto sus limitaciones o su incapacidad para dar respuesta a cuestiones con las que se han ido tropezando los terminólogos a medida que se fueron ocupando de recortes menos ideales y estáticos de la realidad que las nomenclaturas, que fueron teniendo en cuenta las situaciones y los contextos comunicativos, que se vieron comprometidos en políticas lingüísticas.

Sin embargo también constatábamos que seguíamos recurriendo a los procedimientos tradicionales a la hora de abordar un trabajo terminográfico. Personalmente dos peligros me preocupaban y me preocupan:

Seguir concentrando esfuerzos en demostrar las limitaciones de la TGT, en lugar de profundizar en la búsqueda de respuestas a las preguntas que la TGT no resuelve satisfactoriamente o no tiene en cuenta.

Seguir haciendo trabajos terminográficos que resulten anacrónicos e inadecuados por continuar inspirándose o seguir rigiéndose por principios idealistas, a falta de modelos y métodos que guíen la práctica terminográfica y satisfagan sus compromisos.

Si la teoría ha de nutrir a la práctica (y recíprocamente), ¿cómo ligar la reflexión teórica con las obligaciones profesionales del terminólogo? ¿Cómo debería reflejarse la crítica al triángulo en los procedimientos y en los productos de nuestro trabajo?

Meses después de aquel II Simposio del IULA me tocó iniciar junto con dos colegas (Sylvia Sanjinés y Susana Gianelli) un trabajo práctico de terminología, la de la materia aduanera: un área de especialidad inserta en la vida económica de los Estados. En nuestro caso nos interesaba estudiar la terminología aduanera del y en el Mercosur, ese proyecto de integración de un mercado común tan azaroso y asimétrico iniciado hace ya más de una década, que ni termina de nacer ni se decide a morir. Con entusiasmo nos lanzamos a la obra, dispuestas, lista en mano, a cumplir una a una con las tareas habituales que se supone requiere la confección de un diccionario. El soporte informático del que nos servimos al principio fue Winisis, y el modelo de ficha en el que nos inspiramos fue el del modelo de formato común propuesto en el documento RITerm/BD-IULA.

Entre entonces y hoy fueron madurando conjuntamente las dos reflexiones (qué hacer con la materia aduanera y qué hacer con el triángulo cognitivo), nutriéndose la una a la otra, y ambas confrontándose y alimentándose con los hechos cotidianos, las noticias del mundo, otros encuentros, y más lecturas y debates.

Mi ponencia de hoy será entonces un resumen del camino recorrido en su expresión “aplicada” y en su expresión “teórica”, con una óptica (una intención) que el título de este VIII Simposio con gran acierto y su escenario (una ciudad de América Latina) no permiten eludir: opinar y hacer pensar sobre cuál es el papel (si no el deber) de la terminología entre la localización y la globalización. Óptica o intención que son las dimensiones ideológica y política que impregnan cada uno de nuestros actos, profesionales, civiles y privados. Mi postura ya muchos la conocen: sostengo que la actividad profesional no es neutra, pues el conocimiento no lo es; y que el deber del terminólogo como manipulador de la materia prima conocimiento es aguzar la conciencia crítica de los ciudadanos y ayudar de esa modo a la toma de decisiones fundadas y responsables.

Una advertencia sobre el desarrollo de mi exposición. Mis colegas y yo habíamos pensado que presentaríamos dos ponencias: una a mi cargo, de corte teórico, dedicada a exponer y justificar un modelo y un método de representación del conocimiento alternativo al triángulo; seguida por otra ponencia elaborada en conjunto que ilustraría la aplicación de ese enfoque teórico a nuestro trabajo sobre la terminología aduanera, en un procedimiento deductivo de lo abstracto a lo concreto. Pero hube de hacer una fusión en una sola ponencia y decidí probar el camino inverso, inductivo, del caso particular a la genearalización. En los hechos iremos en vaivén: como cinta de Moebius o péndulo de Foucault.

 

Los detonantes: escollos y avistamientos

Cuando comenzamos a trabajar en el proyecto “Aduana”, pronto nos enfrentamos a la dificultad de organizar de una manera clara y coherente la información que íbamos recogiendo a través de nuestras lecturas y de las reuniones con nuestra asesora. Dos tipos de problemas se nos presentaban con frecuencia: la dificultad para redactar definiciones convincentes para muchos de los términos, que atribuimos al principio a las incongruencias de las Fuentes Jurídicas del Mercosur (la normativa fruto de las negociaciones entre los cuatro Estados Parte); y la dificultad para armar el árbol conceptual, que atribuimos a nuestra impericia para atrapar a los términos y clasificarlos según algún criterio que asegurara homogeneidad al conjunto.

En el VII Simposio iberoamericano de terminología (Lisboa, 2000) mi ponencia daba cuenta de estos avatares y del punto en el que entonces nos encontrábamos. Poco a poco habíamos concluido que, más allá de torpezas, apresuramientos u ocultas intenciones de negociadores y redactores, las aparentes paradojas e incongruencias estaban en la naturaleza misma de la cuestión aduanera, y que muchas de nuestras dificultades para describir y delimitar los términos y para construir el árbol conceptual obedecían a errores de método y limitaciones del modelo.

Hoy quiero mostrarles el proceso de construcción de una propuesta alternativa y sus resultados.

Y quiero también, desde la introducción, dejar constancia de mi emocionado agradecimiento a Marcel Diki-Kidiri que fue quien lanzó a rodar, aquella última velada que compartimos en Barcelona al finalizar el II Simposio internacional organizado por el IULA, una imagen que quedó dando vueltas y vueltas en mi cabeza desde entonces, y que él tuvo la generosidad intelectual de cederme sobre ella los derechos de autor...

 

I. ¿Clasificar o representar?

Un primer paso de capital importancia había sido detectar los elementos articuladores del sistema conceptual de la Aduana buscando, con ayuda de la historia y de la historia de las palabras, los factores recurrentes del comercio exterior. En efecto pudimos comprender que en todos los tiempos (por lo menos desde que existen la propiedad privada y el intercambio de bienes por otros bienes o por dinero) la materia aduanera está ligada a la voluntad de controlar el movimiento de mercaderías de un Estado a otro o de una unidad económica a otra; que el ingreso o la salida de mercaderías a través de las fronteras de un Estado ha sido siempre objeto de restricciones determinadas por el poder político imperante, y que el cumplimiento de estas restricciones es controlado por una fuerza al servicio de ese poder político.

 

1. Los problemas de la clasificación

 

Clase es “un grupo homogéneo de objetos”. Clasificación es “distribución de los objetos en grupos homogéneos; la homogeneidad está determinada por la comunidad e identidad de un número mayor o menor de caracteres; la cualidad elegida como base por la cual se determina la homogeneidad o la heterogeneidad de los objetos, es el criterio. [1]

Si teníamos las constantes, los pilares, ¿no teníamos entonces el criterio, la base para una clasificación homogénea de la materia aduanera? ¿Y si lográbamos armar una clasificación homogénea, ¿no tendríamos la clave para redactar definiciones convincentes? La respuesta fue no.

Clasificación y libre albedrío

Si el único requisito para elegir un criterio de clasificación es “asegurar la homogeneidad del agrupamiento”, entonces cualquiera de las clasificaciones de “restricciones aduaneras” que fuimos encontrando (del punto de vista del Derecho Aduanero, del punto de vista de las ciencias económicas, del punto de vista de los procesos de integración económica) es válida. Puedo elegir la que más me guste.

Clasificación y delimitación

Pero ¿cómo establezco los límites del árbol? ¿dónde empieza y dónde termina mi trabajo? ¿En el caso de Aduana, debo incorporar a mi diccionario términos o ramas de la economía, del derecho, de la ciencia política? ¿Cómo establezco la autonomía y la especificidad de mi área temática?

Clasificación y eficacia

En términos prácticos, ¿qué es más “rendidor”: un árbol chato y ancho, o un árbol delgado y alto? Siguiendo un criterio cuantitativo (mis plazos de entrega, el tamaño de la memoria de mi computadora, el algoritmo de mi programa de gestión de bases de datos) ¿debo elegir la representación más corta (porque más “económica”), o la más larga (porque más “exhaustiva”)? Al cabo de poco tiempo una resultará demasiado comprimida, la otra demasiado dispersa, cualquiera de ellas inapropiada y me arrepentiré de haber elegido “justo esa” y no “aquella otra”.

Clasificación y homogeneidad

Si cada clasificación tiene sus ventajas, ¿debo unificarlas, buscando las intersecciones? No es tarea sencilla. Rápidamente mi árbol perderá “homogeneidad”. ¿Qué hacer con los términos ubicuos, que parecen querer meterse en todas las ramas, como los términos “parte/especie”, o en ninguna, como los términos “según”?

Ejemplo de un término “parte/especie”: Derecho aduanero.

Si el control sobre el tráfico internacional de mercaderías es la función esencial de la Aduana, el Derecho Aduanero (el conjunto de normas dictadas con el fin de asegurar el control sobre el tráfico internacional del mercaderías) sería una rama del Derecho Administrativo (el control aduanero visto como una “función administrativa ejercida por una institución ubicada en la esfera del Poder Ejecutivo”), y tendríamos Derecho Administrativo Aduanero. La violación del control aduanero configura el delito de contrabando, por lo que el Derecho Aduanero podría ser considerado una rama del Derecho Penal: Derecho Penal Aduanero. La Aduana también es un órgano de recaudación; los diferentes aspectos de la tributación corresponden al Derecho Tributario: tendríamos Derecho Tributario Aduanero, etc. Siguiendo con esa línea de pensamiento, el Derecho Aduanero termina siendo una rama de cualquier rama del Derecho, lo que puede parecer indiferente, pero no lo es. Un razonamiento simétrico pero inverso, que postula la autonomía del Derecho Aduanero permitiría presentar como ramas del Derecho Aduanero a intersecciones con las primero mencionadas, obteniendo: Derecho Aduanero Administrativo, Derecho Aduanero Tributario, Derecho Aduanero Penal...

Ejemplo de término “según”: Mar territorial, que en algunos países no es parte del territorio aduanero y en otros sí. ¿Qué quiere decir? Que en estos últimos, el ingreso de mercaderías a ese ámbito espacial está sujeto al pago de impuestos y a controles cuya violación es un delito.

Y si es importante distinguir estos casos, ¿cómo son las ramas de un “árbol según”? ¿Son varias ramas? ¿Varios árboles? Es un círculo vicioso: o bien multiplico los campos de la ficha para dar cabida a varias definiciones, con un árbol delgado y pocas ramas, o bien multiplico las sub-sub-áreas para “colgar” de ellas más fichas e incluir todos los casos indecidibles, con lo que obtengo un árbol chato con muchas ramas y pocas hojas.

Clasificación y remisiones

El árbol no sólo impone una parcelización en la organización de los términos (raíz, ramas y ramificaciones, hojas) sino la parcialidad dentro del propio término, que hereda las propiedades del padre ¡y un hijo no puede tener varios padres! Esas cualidades que no hereda de su hiperónimo y que comparte con hojas de otra rama quedan diseminadas (cuando no silenciadas).

Si la clasificación ha de servir para representar las relaciones, ¿cómo califico a los términos clonados, que fragmenté y esparcí por todo el árbol; cómo los vinculo? ¿Son sinónimos? ¿Términos asociados? ¿Variantes conceptuales? Probablemente pierdo la paciencia y termino echando en una bolsa (el campo “nota”) todo lo que no pude o no supe clasificar, sin poder evitar un sentimiento de frustración. Qué incompetencia la mía. Tal vez debería dedicarme a la costura o a otro oficio manual y no a la terminología.

O persevero, animada por una convicción epistemológica: esta desproporción entre lo cuantitativo y lo cualitativo es sospechosa; la naturaleza es amiga de lo complejo no de lo rebuscado. Pero además, se suma otro estímulo.

Clasificación y responsabilidad

Si otro de los motivos para construir el árbol conceptual es facilitar la redacción de las definiciones a partir de las propiedades del término genérico y agregando las del término específico, ¿qué consecuencias acarrea sobre las definiciones elegir tal o cual criterio de clasificación? ¿Es decir, da las mismas definiciones? Y si no da las mismas definiciones, ¿cómo registro la diversidad: abriendo nuevos campos en la misma ficha, agregando más ramas al árbol?

Por ejemplo, ¿cómo debo definir las restricciones arancelarias ? ¿Como el instrumento económico-fiscal clave para la protección comercial frente al exterior (como define un manual español), o como el principal estorbo que impide que los países eufemísticamente llamados “menos desarrollados” se beneficien de la tendencia “natural” de los mercados a fusionarse en la era de la globalización? El área de libre comercio, ¿es una catapulta hacia el inalcanzable desarrollo, una fatalidad o una calamidad?

Claro que ninguna de esas interpretaciones va a aparecer así en mi definición. Pero se va a dejar ver. Y a mí, ¿me da lo mismo? No me da lo mismo.

 

2. La causa de los problemas

No quisiera detenerme más en los ejemplos de las limitaciones de una clasificación arborescente sino discutir cuál es la causa de los problemas y cómo se resuelven. ¿Dónde está el nudo gordiano de la clasificación?

"Al examinar el propósito teórico de la clasificación, debemos comprender que adoptar tal o cual esquema de clasificación no puede ser considerado como verdadero o falso. Puede haber maneras diferentes de describir los objetos, desde diferentes puntos de vista. El esquema de clasificación que se adopte depende del propósito o el interés del que hace la clasificación” [2].

Lo que me importa destacar de esta cita es cuánto revela sobre la naturaleza del problema, y por lo tanto, sobre su solución. El propósito o interés tiene un dueño. ¿Cómo me incluyo en el arbol? ¿Dónde declaro la variable “yo”? A mi modo de ver, el pecado original de la clasificación es que el propósito o interés, cuya función es tan importante como que de él emana el criterio de la clasificación, no se declara explícitamente en el modelo del árbol.

¿Por qué ese propósito no se declara? Se confunde “propósito” con “área de especialidad” o “sub-área”, y entonces parece que basta con llenar el casillero o campo correspondiente: “derecho internacional”, “políticas de integración”, “economía”, dando por únicos o por unánimes el sentido y alcance que le damos a esas categorías y otorgando un valor de principio fundador al implícito punto de vista.... El error está en creer que porque la intención está “fuera” de la representación, también está fuera de la cosa representada .

Esta confusión tiene dos graves consecuencias: simplificación y opacidad.

Simplificación: Los criterios “género-especie” y “parte-todo” responden a las preguntas “qué es” y “cómo es”, pero no a “por qué, para qué, para quién”. Por tratar de hacer entrar la materia en el modelo, termino amputando a la materia buena parte de sus cualidades, traicionando su naturaleza. La clasificación conlleva pérdida de información, pérdida de complejidad, pérdida de conocimiento.

Opacidad : El criterio que guía la clasificación y que me ayudaría a decidir sobre su pertinencia no queda registrado en el árbol; la representación nos exime de incluirlo, de declararlo, de controlarlo. Por eso parece “neutra” la clasificación, cuando en realidad sólo es opaca u omisa.

 

3. Soluciones

Cómo se resuelven estos problemas. La respuesta está contenida en el problema: se resuelven incluyendo en el modelo las relaciones que el árbol condena al silencio (deja implícitas) o al exilio (deja fuera).

Pero no alcanza con reformar la clasificación. Existen modelos de representación del conocimiento que mejoran el árbol y proponen soluciones más ricas. El grafo, por ejemplo, me permite representar ciclos, alternativas, calificar los arcos.... Me ofrece una representación gráfica en red, más o menos conexa, y una representación en plantilla, cómoda y útil para muchas cosas. Tiene sobre el árbol la ventaja del plano sobre la línea: dos dimensiones, y, por supuesto, incluye al árbol (la línea) como caso particular.

Es que “otro” es el problema

En el fondo de todo esto subyace la cuestión de para qué sirve la terminología. Cuál es su objeto. Para mí, la terminología es análoga a la química, cuyo objeto, como nos enseñaba Mercè Izquierdo [3], no son las fórmulas químicas sino el cambio químico.

Análogamente, la terminología se ocupa, a mi modo de ver, del “cambio cognitivo”.

Si un término es una unidad de conocimiento especializado (M.T. Cabré) o una unidad de comprensión (R.Temmerman), si “words are living things with the power to move” [4], los productos terminológicos deberían ayudar a comprender no a clasificar. Ayudar a comprender, que es ayudar a identificar, analizar, organizar, alterar, comparar, decidir, y en todo momento controlar.

Si se trata no de clasificar sino de representar, debo incluir en el modelo la mayor cantidad de analogías con los fenómenos que observo y con la situación en la que observo: operaciones, propósito, momento. El modelo debe ser una metáfora de todo eso. ¿Cómo construyo ese modelo?

 

II. Representar para comprender

Si no hay árbol que me ayude a identificar y organizar subconjuntos, ¿no hay organización posible?.¿Qué partido puedo sacar de mis constantes?

 

En el objeto está el método

mercadería: Un objeto con valor económico, que se desplaza en un movimiento dual (exportación/importación) entre dos o más ámbitos espaciales donde rigen medidas que favorecen u obstaculizan ese desplazamiento.

ámbito espacial aduanero: un ámbito donde la entrada y la salida de mercadería desde y hacia otros ámbitos espaciales son operaciones sujetas a discriminaciones cuya naturaleza y alcance son las que permiten delimitar y diferenciar cada ámbito

tráfico internacional de mercaderías: un desplazamiento de mercaderías entre dos o más ámbitos espaciales (contiguos o no) que pone en desequilibrio intereses económicos localizados en estos ámbitos dando motivo a la regulación y control de ese movimiento.


Metamorfosis del triángulo

Lo rico, lo revelador de estos conceptos es su interrelación. n o puedo definir uno sin los otros, sin mencionar a los otros. ¿Cómo representar esta interrelación sin perder su riqueza? ¿Con un triángulo?

La interrelación no es una una mera asociación. Es una interdependencia . No puedo definir uno sin mencionar el vínculo de cada uno con los otros.

La interdependencia es una tensión. Tensión entre los intereses y poderes asentados en los ámbitos espaciales que el tráfico internacional de mercaderías pone en contacto y en conflicto, personas, fuerzas sociales, grupos de poder.

Y por eso, tensión regulada, tensión sometida a control.

El control no es un mero calificativo que agrego a cada uno de los vértices del triángulo (ámbito espacial + control aduanero = ámbito espacial aduanero; bien que se desplaza + control aduanero = mercadería; desplazamiento de bienes + traspaso de frontera + control aduanero = tráfico internacional de mercaderías). La regulación y el control aduaneros son objetivos del poder público que necesita mantener los equilibrios internos y externos de la unidad socio-económica sobre la que impera para, precisamente, ser y seguir siendo poder. “Aduana: membrana que circunda el cuerpo territorial, se expande o se contrae, regulando el flujo de los intercambios externos, pero con un ojo en la economía interna y otro en la economía internacional. Sujeta a la presión de tendencias opuestas de protección y de expansión.” Bella definición de un ex alto funcionario de la Aduana brasileña [5].

 

La regulación, el control, es la ley del sistema.

La ley del sistema delimita (selecciona) y estructura los elementos.

La ley del sistema le da cohesión y autonomía al conjunto.

La ley del sistema es su finalidad , su función: finalidad mirada desde “las partes” del sistema; función mirada desde el “todo”.

 

Aplicaciones prácticas

Dominio

La ley del sistema permite identificar y controlar los límites de nuestro trabajo. Por ejemplo, e n el caso de Aduana, permite establecer la autonomía del Derecho Aduanero con respecto al Derecho Comercial, que se ocupa del comercio dentro de las fronteras políticas; con respecto al Derecho Internacional, que se ocupa de la circulación internacional de mercaderías desde el punto de vista de las relaciones privadas entre el comprador y el vendedor; con respecto al Derecho Cambiario, que se ocupa del intercambio de capitales y no de mercaderías, etc... Esos límites pueden variar. Lo importante es poder representar y controlar las razones de la variación.

La estructura

La ley del sistema da respuesta y lugar a las interrogantes que necesito incluir en la representación: qué, por qué, dónde, para qué, cómo, quién...

Los elementos generadores: qué, por qué, dónde, para qué/para quién

qué: la mercadería, el objeto cuya entrada o salida nace de un desequilibrio en un lugar y provoca un desequilibrio en otro;

por qué: el tráfico internacional de mercaderías no es un desplazamiento inocuo: es el vector de esos desequilibrios. “Es necesario que la mercadería se ponga en movimiento y atraviese las fronteras aduaneras para que resulten de aplicación las prohibiciones y los tributos referidos a la introducción y a la salida de las mercaderías de un territorio aduanero” (Basaldúa);

dónde: el ámbito espacial donde se localizan los intereses económicos afectados, favorable o desfavorablemente, por esos desequilibrios;

para qué (que es inevitablemente un para quién ): para preservar/restablecer los equilibrios internos y externos de esa unidad económica.

La especificidad sistémica: cómo

Tráfico internacional de mercaderías. Cómo se vincula esta mercadería con este ámbito espacial. Si no hay mercadería que sale/entra de algún ámbito espacial, no hay tráfico internacional de mercaderías; r ecípro-camente, el movimiento dual exportación/impor-tación implica que toda mercadería tiene contacto con más de una regulación jurídica imperante en dos o más ámbitos; son los regímenes de importación/exportación .

 

Ámbito espacial aduanero. Las regulaciones y controles sobre el ingreso, tránsito o salida de una mercadería varían en intensidad y alcance según el segmento del ámbito espacial de que se trate. La mercadería entra (importación) o sale (exportación) con ± restricciones que permiten distinguir diferentes tipos de ámbitos espaciales.

Mercadería. Cómo se ve afectada esta mercadería al entrar/salir (tráfico internacional de mercadería) a o de este ámbito espacial: las características que habilitarán o impedirán su llegada a destino son: su origen y su procedencia , su valor en aduana y los gravámenes que en consecuencia indique el arancel.

Las relaciones de poder: quién

Ninguno de estos factores existe en abstracto, separadamente de las personas, que constituyen grupos de presión. Los sujetos de la materia aduanera son la respuesta a la pregunta “quién”. Quiénes son los operadores del tráfico internacional de mercaderías: exportadores e importadores. Quién son los grupos de presión ligados a la mercadería: los dueños o propietarios o destinatarios , trátese de productores, comerciantes o consumidores. En cada ámbito espacial aduanero los trámites de la entrada o la salida de mercadería en una operación de exportación o de importación no son realizados directamente por los interesados en el negocio sino por agentes auxiliares especializados: los despachantes de aduana; y el traslado de la mercadería de un ámbito espacial a otro también está a cargo de agentes especializados: los transportistas. El control es ejercido por agentes del Estado que son los funcionarios del servicio aduanero en sus diferentes cargos y especialidades.

Por supuesto que algunas de estas funciones pueden coincidir en una misma persona (el importador puede ser también comerciante; el exportador puede ser él mismo productor; un turista es propietario y consumidor... Lo que importa desde el punto de vista del sistema es la función, no la unicidad o multiplicidad de personas que ejercen dicha función.

Estos son los “sujetos del sistema Aduana”, que no son individuos abstractos sino sectores sociales cuyos intereses y poder son contradictorios y cuyas relaciones son “de tira y afloje”, a veces convergentes y a veces divergentes. Ellos son los responsables de la dinámica del sistema, que abordaremos enseguida de una recapitulación.

 

Primera síntesis

Caracterización

El Sistema conceptual de la Aduana no es representable como un conjunto de conceptos ordenado según un cierto criterio jerárquico o partitivo (árbol); ni mediante un entramado más o menos denso de entidades y propiedades (un grafo). Es un sistema.

Como todo sistema, no puede describirse por sus “elementos” sino por sus “relaciones”.

Las relaciones sistémicas son funcionales y están regidas por el principio de equifinalidad: ningún factor o vínculo tiene más peso o jerarquía que los otros.

Y ninguno existe sin los otros (no hay un qué sin un por qué, ni un cómo o un dónde sin un qué, un por qué, un para qué; y ninguno sin un quién). Que los humanos no seamos polifónicos es lo que nos impide nombrarlos todos a la vez.

Modelo

Hemos visto cómo se puede representar orgánicamente un sistema conceptual: a partir de sus constantes, que son sus pilares básicos, su asiento, y de la ley del sistema (su finalidad, su función), la que permite identificar y describir esos elementos en su especificidad (como partes), en su autonomía (como todo), dando respuesta a las interrogantes que definen sus relaciones funcionales intrínsecas y extrínsecas.

Operaciones y representación

Claro que por razones de análisis puedo focalizar la atención en un punto iluminado por tal o cual interrogante.

Puedo asimismo “desplegar” las características de ese elemento y analizarlas detenidamente, por separado...

Pero ninguna de estas operaciones le adjudica “jerarquía” mayor a tal elemento o a tal característica; porque las relaciones no son jerárquicas sino funcionales.

“Aislar” y “jerarquizar” son operaciones y momentos del conocimiento, no están en la “naturaleza” de la cosa estudiada, ni las cualidades que descubro en ella aparecen cuando me pongo a examinarla detenidamente. Cuando digo detenidamente , eso que parece una mera figura retórica describe una condición: el análisis me obliga a “detener”, a fijar, a aislar, y todas son operaciones y momentos necesarios del proceso del conocimiento.

Controlar, no anular

La representación (que es también una operación y un momento del proceso de conocimiento) debe entonces reflejar esa relatividad. Debe permitir focalizar la atención, “detenerse” alternativamente en cualquier punto, pero sin perder de vista la artificialidad de esa parada, y sin olvidar su propósito; debe permitir también cambiar el foco de atención y la escala de observación; y debe permitir en todo momento volver a considerar la unidad del conjunto: las relaciones de equifinalidad entre las “partes” y la unidad funcional del “todo”.

 

III. Los niveles de integración del conocimiento

No hay acto humano que no contenga intenciones implícitas (que el modelo me permite representar), o que sea ajeno o esté exento de conflictos de poder (que el modelo también me permite representar). No hay acto humano que no contenga saberes implícitos. La representación de los saberes implícitos es el objeto de este capítulo.

Tomemos un ejemplo sencillo. El despachante que se presenta a una oficina de aduanas “sabe” cuáles son los trámites que debe hacer y en qué orden. El funcionario del servicio aduanero que atiende el trámite también los conoce. Ambos actúan y comunican usufructuando ese saber común. Decir esto es muy obvio. Lo que me interesa es el fenómeno que se revela cuando hay una modificación en la reglamentación, o cuando uno de los interlocutores no conoce o aduce no conocerla. En ese caso suele producirse un “diálogo de sordos” y el trámite se detiene hasta que el despachante se informa sobre la reglamentación ignorada o nueva (pregunta al funcionario aduanero o lee un texto). Entonces pueden pasar dos cosas: el despachante acepta la aclaración y retoma el trámite incorporando el nuevo requisito; o no lo acepta y entonces el conflicto se traslada: para resolverlo hay que recurrir a otra instancia interpretativa (otra ley, una autoridad competente, etc).

Ejemplos de este tipo podría poner muchos más. Lo que me interesa es discutir el fenómeno de conocimientos y meta-conocimientos que están presentes en las situaciones comunicativas y cómo describirlos y representarlos.

 

Conocimiento de y conocimiento sobre

El meta-conocimiento sobre las operaciones aduaneras es la normativa aduanera. Pero la interpretación de la normativa aduanera remite a otro saber: saber sobre las políticas aduaneras. Es una finalidad política la que guía e inspira a los legisladores cuando elaboran, discuten, votan o derogan leyes. Es una negociación política la que queda “fijada” en la ley. La ley consagra el equilibrio alcanzado en el juego de presiones y concesiones : provee un registro del estado y alcance de las negociaciones y un retrato de los negociadores.

¿Y la política aduanera, de dónde sale? Está determinada por la política de comercio exterior de ese Estado o grupo de Estados: más/menos proteccionista, más/menos aperturista; más/menos recaudatoria, más/menos económica. Más o menos soberana:

las políticas de comercio exterior no son otra cosa que la expresión de las tensiones del orden económico mundial, el juego de intereses y poderes a escala planetaria.

Representación

 

Podríamos representar estos condicionamientos mediante círculos concéntricos. Sería un doble error.

Esta representación confunde, amalgama dos saberes: saber algo y saber sobre algo; conocimiento y meta-conocimiento.

Esta representación omite explicitar la dimensión temporal de todo saber, de todo proceso cognitivo, de toda situación comunicativa.

El “conocimiento sobre” es un meta-conocimiento que está implícito en la acción y que se manifiesta en el momento en que se produce un conflicto: sea por ignorancia, sea por discrepancia. Es el momento del “diálogo de sordos”, que dura hasta que los interlocutores, conjuntamente o por separado, procuran detectar dónde está el escollo, interpretarlo, y decidir si resolverlo dentro del sistema o saliendo de él. Detectar el escollo es encontrar un vacío o una discrepancia en el flujo de la comunicación. Esta operación contiene varios movimientos y momentos:

la situación comunicativa que pone en contacto dos interlocutores: dos sistemas de conocimiento y meta-conocimientos, sus historias, sus dinámicas,

una finalidad compartida que recorta y estructura de manera compatible los dos sistemas en un equilibrio de intereses que la ley del sistema regula,

un conflicto: un “fallo” en algún punto del sistema que trastoca el equilibrio y impide la continuación del proceso en los mismos términos,

es el momento del diálogo de sordos: un contacto de dos códigos que no se basan en las mismas correspondencias K-V, que no se basan en la misma ley articuladora,

la resolución del conflicto sólo es posible cambiando de un código a otro donde la configuración constantes-variables contiene a la o las configuraciones “sordas” o “mudas” del primero y las hace manifiestas, en su relatividad, en su contradicción.

El meta-conocimiento (o super-código) que ilumina al primero no está en el mismo “plano” que éste. En el ejemplo del despachante de aduana enfrentado a un cambio en la reglamentación por él conocida, la manera habitual de proceder tiene valor de rutina, de constante. Todo aquel que quiera llevar a cabo ese trámite debe proceder de esa manera. Y quien está encargado de controlar el trámite vela porque se cumpla esa rutina. El plano donde se interpreta, se discute, se revisa, se modifica una regla, es otro porque en él lo que era rutina, lo que era constante, recobra su valor de variable.

Cada nivel contiene las meta-reglas del nivel al que abarca. No puedo analizar ni modificar las “reglas de juego” de un nivel desde dentro del nivel (autorreferencia), sino desde una configuración donde las constantes del nivel del que salgo pueden ser (vuelven a ser) consideradas como varia-bles, en su relatividad, en su contradicción. Y aspectos (contradicciones, intereses) que en un nivel no se manifes-taban (eran omitidos u omitibles) se vuelven “visi-bles”, cobran “vida”. Esta mutación constante-variable (K-V) es una operación de traducción de un código en otro, una transcodificación. Es la operación que permite pasar de un nivel de configuración a otro, y el pivot es la ley del sistema: su finalidad/función.

 

La dimensión temporal: eppur si muove!

En nuestra construcción del modelo fuimos considerando y situando uno a uno los pronombres interrogativos. Faltaba uno: cuándo. Es el momento de incorporarlo al modelo de representación.

En efecto, para la materia aduanera es tan importante dar respuesta a: ¿dónde rige el arancel aduanero? o ¿cuál es la línea o frontera cuyo traspaso da lugar a la importación o exportación de una mercadería?, como ¿cuándo se contrae la obligación de abonar los derechos aduaneros? ¿cuándo se configura el delito de contrabando?

Las leyes y reglamentos aduaneros son aplicables desde el momento que se cruzan los límites de lo que el Código aduanero define como territorio aduanero. Ese cuándo es objeto de discusión, y por eso es tan importante y delicado definir físicamente cuál es la frontera aduanera.

Pero la consideración de la dimensión temporal es también crucial a otra escala: la de los procesos de integración económica.

Estado y proceso

“La integración económica supone la existencia de unidades económicas que se suman o fusionan para conformar una unidad económica mayor. Esas unidades económicas son ámbitos espaciales en cada uno de los cuales la mercadería originaria de otro ámbito espacial es discriminada de diversas formas, que llegan hasta la prohibición. En el proceso hacia la fusión esas restricciones (pago de tributos, cupos, licencias, requisitos sanitarios, composición, presentación…) deberán ser progresivamente abolidas hasta desaparecer.

Como en todo proceso, es posible distinguir diferentes estadios alcanzados en la eliminación de las restricciones: la zona de libre comercio, la unión arancelaria, la unión aduanera, el mercado común, la unión económica. Cada estadio presenta dos facetas: una interna, de concesiones entre las partes, y otra externa, de coordinación de medidas frente a terceros; y ambas van siendo plasmadas en protocolos de alcance y compromiso crecientes. En cada uno de los estadios de la integración, y a lo largo de to do el proceso, el pasaje de un estadio a otro está jalonado por renuncias y aceptaciones, en cuya negociación las cuestiones aduaneras son la arena donde se juega los avances, retrocesos o estancamientos de todo el trayecto” [6]. las políticas aduaneras (más o menos proteccionistas, más o menos recaudatorias, más o menos restrictivas o liberales) son instrumentos de política económica con las que se discrimina (se fortalece o recorta) la soberanía de los Estados, pues las concesiones entre las partes no están en relación directa y automática con la coordinación frente a terceros.

Cada estadio alcanzado puede ser visto como estado o como proceso: como llegada o como tendencia, y también como objetivo o como derrota, depende de dónde me sitúo para registrar la variación.

Por eso el modelo de representación del sistema conceptual no puede limitarse a registrar fragmentaria y estáticamente los niveles más “estables” de la operativa aduanera, sino que debe proporcionar los recursos suficientes para una comprensión de todos los niveles imbricados, de su historia y de su rumbo.

 

IV. A modo de conclusión

El compromiso del trompo

Las situaciones comunicativas en las que la terminología que emplean los interlocutores se debate entre la uniformidad (la reducción a uno) y la variación (denominativa y conceptual) desbordan el ámbito de la actividad académica y de la normalización técnica.

Las necesidades terminológicas de las lenguas no están determinadas por lo que los creadores de productos terminológicos puedan o quieran ofrecer, sino por el lugar que cada lengua ocupa en las comunicaciones mundiales y la vulnerabilidad o fortaleza de ese lugar.

Los escenarios más críticos de uso de terminología son aquellos donde la inequidad terminológica reviste mayor gravedad y acarrea más perjuicios: el comercio internacional, las negociaciones económicas y políticas, los medios de creación de opinión, las redes telemáticas de toda naturaleza.

En esos escenarios la ofensiva en pos del pensamiento único se apoya en la ofensiva por la imposición de la lengua única, pero no sólo. También la parcelización y la parcialización de la información y del conocimiento son vectores de la pérdida de identidad y de la abdicación de la soberanía. Los modelos y métodos de interpretación y representación de la realidad no son neutros ni imparciales. Por eso, entre la globalización y la localización, la inequidad terminológica va de la mano de la inequidad a secas.

El trabajo de investigación “La terminología aduanera en los procesos de integración económica: estudio comparado de la legislación internacional” que junto con mis colegas venimos desarrollando nos obligó a a cuestionarnos sobre cómo contribuir desde la terminología al fortalecimiento de la soberanía en los escenarios comunicativos y al discernimiento de los intereses en juego .

Paralelamente no dejamos de asistir con preocupación a la entroni zamiento de las “nuevas tecnologías de la información y de la comunicación” (NTIC), que como toda prótesis, a la vez que reemplazan, corrige o extienden las facultades humanas, también impregna y modifica la relación de cada uno con el mundo, consigo mismo, con el prójimo, proyectando sobre los modelos de representación-transferencia-interpretación de la realidad los principios y limitaciones propias del soporte y de la tecnología empleados.

La hipertrofia de la dimensión cuantitativa tiene un efecto cualitativo perverso: la elementarización y la dispersión de los conocimientos. La automatización de procesos de transformación de la materia refuerza el paradigma de la normalización a la vez que extiende la taylorización de las relaciones sociales. La navegación hipertextual desdibuja los contextos espacio-temporales que integran el significado de los fenómenos y acentúa la ficción de la espontaneidad y de la naturalidad. La reticularidad de las infraestructuras y la instantaneidad de la difusión refuerza la ilusión de la transparencia y la neutralidad.

Del cálculo estadístico a la ingeniería documental, y a la ingeniería del conocimiento, las ciencias cognitivas se han visto impulsadas e impregnadas por los caminos que fue tomando el desarrollo de la informática, privilegiando, olvidando y redescubriendo alternativamente y fragmentariamente las cualidades de las facultades humanas y perdiendo muchas veces de vista la naturaleza unitaria, contradictoria y perpetuamente cambiante de la realidad.

Espero que el modelo del trompo, desarrollado e implementado en un soporte informático adecuado, pueda ser usado como instrumento de análisis y representación del conocimiento y contribuya a fortalecer el desarrollo del pensamiento crítico y la independencia de los usuarios

 

[1] Francesco Carnelutti, Metodología del Derecho, ed. UTEHA, México, 1962, p. 51.

[2] M. Copi, Introducción a la lógica, Eudeba, Buenos Aires, 1967, p. 411.

[3] Conferencista en el III Simposio de terminología organizado por el IULA en julio de 2001.

[4] “Not words for things but words which are living things with the power to move”, Jeannette Winterson, citado por R. Temmerman, Towards New Ways of Terminology Description, John Benjamins Publishing Company, Amsterdam, 2000.

[5] Roosevelt B. Sosa, Estudos sobre Problemas Aduaneiros Contemporâneos, ed. Aduaneiras, São Paulo, 1999, p.  16.

[6] Lucía Fabbri, 2000.

 

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