|
El Banco de Datos Terminológicos del Mercosur:
elementos para un modelo
Lucía Fabbri
Uruterm
Uruguay
Introducción
El objetivo de mi ponencia es compartir con ustedes algunas reflexiones a partir de un trabajo en curso: el Proyecto Banco de Datos Terminológicos del Mercosur/ Terminología institucional/ Aduana.
Comenzaré con una sinopsis del propio proyecto para situar su origen, su breve historia y el universo de conceptos que constituye su objeto. Me propongo mostrar cómo en nuestro trabajo también tropezamos con problemas que la Teoría General de la Terminología (TGT) con sus postulados de monosemia, univocidad, y neutralidad ideológica no permite resolver, así como ilustrar de qué manera la búsqueda de soluciones a esos problemas se vincula con el debate téorico actual de la Terminología.
Este debate, como sabemos, recorre tres vertientes de la actividad terminológica (la terminografía, la teoría terminológica, y las políticas lingüísticas). Algunos de los presentes tuvimos el gusto de participar en la Escuela de Invierno de Terminología que tuvo lugar en São Paulo del 17 al 27 de julio de 2000, organizada por el Citrat-Fflch (Usp). Voy a valerme de esa experiencia reciente para compartir con ustedes mi síntesis personal de ese debate.
1) La Teoría General de la Terminología ha cumplido a esta altura el ciclo habitual de toda teoría: formulación o nacimiento --> difusión y adhesión --> generalización o auge --> dogma --> impugnaciones y pérdida de prestigio --> revaloración mediante circunscripción de su alcance.
2) Las limitaciones de la TGT fueron quedando al descubierto en la medida en que los terminólogos se fueron ocupando de recortes menos ideales y estáticos de la realidad; fueron verificando necesidades terminológicas diferentes correspondientes a diferentes tipos de usuarios; fueron considerando las situaciones y los contextos comunicativos; fueron interviniendo en políticas lingüísticas; y también a medida que las ciencias cognitivas fueron constituyéndose como tales, aportando visiones más complejas y contradictorias sobre las relaciones entre "la realidad", "los conceptos", y "el lenguaje".
4) Esa estimulante polémica no deja de presentar, a mi entender, algunos peligros: el peligro de seguir concentrando los mayores esfuerzos en demostrar las limitaciones de la TGT en lugar de profundizar en la búsqueda de respuestas a las preguntas que la TGT no resuelve satisfactoriamente o no tiene en cuenta; y el peligro de seguir haciendo trabajos terminográficos que resulten anacrónicos e inadecuados por continuar inspirándose o seguir rigiéndose por los principios de la TGT, a falta de modelos y métodos que guíen la práctica terminográfica y resuelvan sus interrogantes.
5) Como tributo a ese debate y a esos inspiradores cuestionamientos, tengo la convicción de que intentar que las decisiones prácticas que vamos tomando tengan también un fundamento teórico o que por lo menos estén acompañadas de reflexiones que vinculen esas decisiones prácticas con el debate teórico es un aporte que vale la pena hacer, aunque sea modesto e imperfecto.
6) Para eso, es necesario que las conclusiones que brindan tales críticas como puntos de llegada del proceso "contra la TGT" puedan convertirse en otros tantos puntos de partida.
¿Por qué es más estable y monosémica la terminología de las nomenclaturas y de las ciencias exactas que la de las técnicas y las ciencias de la naturaleza, y la de éstas más que la de las ciencias sociales y políticas?
¿Cómo atender las diferentes necesidades terminológicas ligadas a las diversas situaciones comunicativas?
¿Cómo asegurar la coherencia interna de un vocabulario?
¿Cómo representar la poliedricidad de los términos, además de constatar que tal representación no se deja reducir a esquemas unilineales o univectoriales?
¿Cuáles deberían ser los criterios de calidad de un término: ¿frecuencia de uso?, ¿autoridad reconocida?, ¿esperanza de vida útil?, ¿adecuación?, ¿transparencia ideológica?
La variedad denominativa y la variedad en las definiciones, ¿presentan los mismos tipos de problemas?, ¿admiten los mismos tipos de soluciones? Y antes que nada: ¿tienen el mismo origen o razón de ser?
La terminología, ¿no puede ser predictiva?
¿Cuántas cosas ponen en juego los conceptos de "pertinencia" y "adecuación"? ¿Se puede decidir sobre lo que es pertinente o adecuado sin considerar la existencia o no de consenso entre los destinatarios de nuestro trabajo o, dicho de otra manera, sin considerar si nuestros usuarios se sitúan en una convergencia de intereses o en una contraposición de intereses? ¿No debería distinguirse y tratarse de modo diferente la terminología que usa o necesita un colectivo cuyos miembros comparten el mismo objetivo comunicativo (la transferencia de conocimiento en el caso de la comunidad científica o de la docencia; la mejor correspondencia entre lengua de origen y lengua objetivo en el caso de la traducción; la promoción de una lengua minoritaria frente a una lengua dominante, en el caso de la planificación lingüística, etc.), de la terminología que necesita o usa un colectivo integrado por grupos con intereses contrapuestos, aun si sus miembros están sentados a la mesa de negociaciones? [1]
1. Los hitos de una vieja historia. Origen del Proyecto
1991 (26 de marzo). Se firma el Tratado de Asunción cuyo objetivo es la creación del Mercado Común del Sur (Mercosur). Con él se inaugura una agenda de negociaciones y una estructura orgánica a través de las cuales irá cobrando vida el proceso de integración regional, en el que aún estamos.
1993 (diciembre). En una Comisión del Mercosur, Maria da Graça Krieger pone a consideración de las Delegaciones la necesidad de contar con un Banco de Datos Terminológicos. La Comisión recomienda la creación en cada país de Comisiones Nacionales de Terminología para ocuparse de esta idea.
1994 (mayo). Nace la Comisión Uruguaya de Terminología (Uruterm). Desde el principio, Uruterm trabaja en tres direcciones: 1) la formación en terminología, 2) las vinculaciones institucionales y 3) una variedad de actividades en procura de definir cómo habría de ser ese Banco de Datos Terminológicos del Mercosur: qué áreas temáticas, qué ficha, qué formato, qué usuarios, qué modelo…
1996. María Teresa Cabré visita Montevideo para impartir un curso de terminología. En un encuentro con Uruterm nos llama la atención sobre la importancia de la terminología institucional que el propio proceso de construcción del Mercosur pone en juego. Un área temática posible.
1997. La idea nos entusiasma y pronto la trasladamos al ámbito de la Sub-comisión de Terminología del Mercosur-Recyt, entonces en proceso de consolidación. Se discute, se reúne documentación, se dan algunos primeros pasos que finalmente no prosperan.
1998 (septiembre-diciembre). Uruterm decide ensayar una primera aproximación a aquella idea, que se concreta con la publicación de un pequeño glosario: La terminología básica en la normativa institucional del Mercosur.
1999. Nace el Proyecto Banco de Datos Terminológicos del Mercosur/Terminología institucional/Aduana, concebido por Uruterm y financiado por la Dirección de Terminología e Industrias del Lenguaje (Dtil)/Unión Latina. En el ámbito de la Subcomisión de Terminología del Mercosur/Recyt invitamos a los demás países a participar en él. Adhieren a nuestra invitación las delegaciones de Brasil y Paraguay. El trabajo se inicia en septiembre de 1999 con la participación de: Lucía Fabbri, Susana Gianelli y Sylvia Sanjinés (Uruterm, Uruguay); Rosa Amarilla y Yoshiko Moriya (Paraterm, Paraguay); Bianca Amaro (Ibict, Brasil); y cuenta con el asesoramiento de Sylvia Valls (Dirección Nacional de Aduanas, Uruguay), especialista en temas aduaneros del Mercosur.
2. De entrecasa
Desde la perspectiva de Uruterm, este Proyecto ha de verse como la culminación de cinco años de esfuerzos sostenidos por resolver varias incógnitas:
1. ¿Cómo se construye un Banco de Datos Terminológicos (BDT)? ¿Por dónde se empieza? ¿Por definir: formatos (± norma ISO, ± ad hoc); usuarios (± final, ± intermediario); área temática (± estratégica, ± atrayente, ± accesible)? La discusión sobre cómo elegir el área temática fue la más intensa y recurrente, porque los criterios desde los cuales se perseguía la decisión tenían su origen en enfoques metodológicos y políticos divergentes. [2]
2. ¿Qué terminología debería volcarse en ese BDT? ¿La recomendada por los especialistas —los científicos— del área temática elegida, o la jerga empleada en los negocios por los empresarios de la rama correspondiente? ¿La variación denominativa usada en cada país en tal o cual área o la fijada en algún ámbito institucional supranacional?
3. ¿Qué función principal tendría ese Banco? ¿Descriptiva o prescriptiva? Puesto que el BDT habría de ser un reservorio de referencia, la terminología allí reunida ¿debía previamente ser seleccionada mediante un cierto filtro o se iría imponiendo naturalmente por la vía del uso? ¿Unificar? ¿Armonizar?
4. ¿Qué papel le correspondería a las Comisiones de Terminología? ¿Político, terminográfico, administrativo? Tras aquella propuesta de 1993 y salvo una mención vaga en una Resolución oficial (Mercosur/gmc/res. 17/96) ningún órgano del Mercosur reclamaba asistencia terminológica, la mayoría no conocía nuestra existencia y las dificultades terminológicas que se experimentaban aquí y allá en los ámbitos de negociación no llegaban a inscribirse como puntos en la agenda de los negociadores. El nuestro no sería, no podía ser, un trabajo "sur commande".
3. Ábrete sésamo
En nuestra obstinada persecución de lo que parecía una quimera —el Banco de Datos Terminológicos— por momentos perdíamos de vista el contexto —el Mercosur—, y con él el rumbo y, a veces, el tiempo. Nuestro glosario, con los errores y el parco rigor propios de un trabajo realizado en escasos tres meses, logró lo que con tanto afán a lo largo de los años no habíamos conseguido:
Un argumento político: nos suministró un instrumento para ilustrar de qué se ocupa la terminología y qué utilidad puede tener un producto terminológico.
Una fuente de financiación: convenció a la DTIL sobre el interés de apostar a un proyecto mayor.
Un cauce de diálogo con expertos: nos puso en contacto con protagonistas de la gesta mercosureana: funcionarios de la Secretaría Administrativa del Mercosur (SAM), y miembros de las mesas de negociación durante los años fundacionales y en el presente.
Una práctica terminográfica: nos hizo enredarnos en la maraña de paradojas y ambigüedades que es la terminología de las Fuentes Jurídicas del Mercosur y vislumbrar, a la escala de un trabajo de acotadas dimensiones, algunos de los problemas teóricos y metodológicos que animan el debate terminológico actual.
Un rumbo: nos puso en el camino del tema que hoy es eje central de nuestro trabajo: las mutaciones aduaneras en el Mercosur.
4. El área estratégica
Desde el 26 de marzo de 1991 hasta nuestros días, el "objetivo Mercosur" ha dado lugar a dos grandes conjuntos de fenómenos: por un lado, la negociación de acuerdos que reglamentan la ejecución del Tratado de Asunción, cuyos resultados se van formalizando en un cuerpo normativo: las Fuentes Jurídicas del Mercosur (FJM) [3]; por otro, el crecimiento incesante y multiforme de la arborescencia orgánica del Mercosur (que hoy cuenta con más de trescientos nodos). Ambos fenómenos dan origen a una profusión de documentos y ponen en juego una terminología no armonizada que, por el mero hecho de aparecer en esos documentos, cobra valor institucional.
Por otra parte, si bien el Tratado de Asunción preveía que los documentos oficiales del Mercosur se redactarían en el idioma del Estado Parte sede de la reunión correspondiente, posteriormente (1997) se estableció la obligatoriedad de emplear el español y el portugués, generando dos versiones oficiales por cada documento, las que son redactadas por los participantes en los diversos ámbitos de negociación sin contar con apoyo de profesionales de las lenguas y bajo la presión de los plazos impuestos por agendas demasiado nutridas para calendarios demasiado acotados. [4]
Estos tres hechos de orden institucional parecerían sugerir —y hasta justificar— la utilidad de un trabajo bilingüe (Es-Pt) sobre la terminología administrativa, específicamente orientado a homogeneizar el funcionamiento institucional del Mercosur y a facilitar la interpretación de su normativa. [5]
5. Por qué Aduana
¿Por qué optamos, sin embargo, por proponer la terminología aduanera como área temática de nuestro proyecto?
Por la naturaleza misma del Mercosur. ¿Qué hay detrás de esta sigla? Mercado común del Sur.
Estrictamente un mercado común es un estadio avanzado de un proceso de integración económica.
La integración económica supone la existencia de unidades económicas que se suman o fusionan para conformar una unidad económica mayor. Esas unidades económicas son ámbitos espaciales en cada uno de los cuales la mercadería originaria de otro ámbito espacial es discriminada de diversas formas, que llegan hasta la prohibición. En el proceso hacia la fusión esas discriminaciones (pago de tributos, cupos, licencias, requisitos sanitarios, composición, presentación…) deberán ser progresivamente abolidas hasta desaparecer.
Como en todo proceso, es posible distinguir configuraciones que corresponden a diferentes estadios alcanzados en la eliminación de las discriminaciones: la zona de libre comercio, la unión arancelaria, la unión aduanera, el mercado común, la unión económica. Cada estadio presenta dos facetas: una interna, de concesiones entre las partes, y otra externa, de coordinación de medidas frente a terceros; y ambas van siendo plasmadas en protocolos de alcance y profundidad crecientes.
Alcanzar el estadio "mercado común" implica: haber eliminado las discriminaciones (restricciones/protecciones) a la circulación de mercaderías entre los mercados que deciden fusionarse (faceta interna); haber adoptado un sistema común de restricciones al tráfico de mercaderías desde y hacia otros mercados (faceta externa); y haber adoptado una legislación aduanera común en la que se conjuga ese doble sistema (interno y externo) de regulación del tráfico internacional de mercaderías.
En cada uno de los estadios de la integración, y a lo largo de todo el proceso, el pasaje de un estadio a otro está jalonado por renuncias y aceptaciones en cuya negociación las cuestiones aduaneras son la arena donde se dirimen los avances, retrocesos o estancamientos de todo el trayecto.
Al firmar el Tratado de Asunción en marzo de 1991, los cuatro presidentes anunciaban la aparición en el escenario mundial, a partir del 1 de enero de 1995, de una nueva unidad económica con 12 millones de km2 y 227 millones de "consumidores", constituida por la adición de cuatro ámbitos económicos muy dispares, ligados hasta entonces por acuerdos de cooperación económica de limitado compromiso. Ese Mercado Común del Sur no era el resultado de un pausado proceso sino el disparo en la línea de largada de una carrera de obstáculos tras una meta ambiciosa, ciertamente no comprendida por la enorme mayoría de aquellos consumidores y casi seguramente no parejamente interpretada por los firmantes del Tratado y sus adherentes.
Proceso no autónomo ni pautado sólo por las negociaciones entre los socios. Inserto en el sistema económico mundial, sujeto al juego de poderes económicos que dominan el comercio internacional y determinan el rumbo de los procesos de integración regional en todo el planeta. Y normativamente constreñido por la multiplicidad de acuerdos ya suscritos y otros en proceso de negociación a escala mundial. Mirándose y midiéndose en los espejos deformantes de otras fusiones más consolidadas, más experientes, y poseedoras de más poderosas pesas en la balanza de los equilibrios económicos mundiales.
6. La cinta de Mœbius: el objeto
Concentrando nuestra atención en la naturaleza misma del Mercosur, dimos respuesta a algunas de aquellas viejas preguntas: definimos nuestra área temática. Area estratégica por cierto, medular: la validez política de nuestra elección no nos ofrecía la menor duda. Su legitimidad institucional y su utilidad práctica tampoco.
Nos abocamos entonces a reunir nuestro corpus. Para circunscribir y hacer manejable la masa documental, distinguimos las FJM "propiamente aduaneras" de aquellas que abordan temas en los que la Aduana comparte responsabilidades —es decir, finalidades y atribuciones— con otros órganos del Estado [6].
Las FJM "propiamente aduaneras" integran el conjunto de las normas fundadoras del Mercosur, casi todas anteriores a 1995. Su núcleo más sistemático es el Código Aduanero del Mercosur, que hace su aparición en un anexo del propio Tratado de Asunción, y se formaliza en el Protocolo Mercosur/cmc/dec nº 25/94.
En la Unión Europea la legislación aduanera comunitaria se elaboró paulatinamente a lo largo de 35 años. En el Mercosur, la letra precedió a la negociación. El Código Aduanero del Mercosur, redactado a contrarreloj, objetado por entidades vinculadas al comercio exterior que no fueron consultadas por los redactores, no ha podido entrar en vigencia por no haber obtenido las ratificaciones necesarias, y hoy se halla sometido a revisión en el ámbito de la Comisión de Comercio del Mercosur.
Características de la terminología aduanera en las FJM
Las denominaciones de los términos presentan pocas variantes.
Algunas normas incluyen glosarios como parte del articulado; otras veces un inciso o incluso un artículo entero presenta la forma de una definición.
Los glosarios son a veces transcriptos de otras fuentes (sin citarlas): Aladi, Consejo de Cooperación Aduanera, etc. Son parciales, referidos únicamente a aquellos términos que los negociadores del momento decidieron incluir, no siempre por las mismas razones (a veces por ser los únicos que consideraron sujetos a controversia; otras veces por seguir linealmente el modelo exterior, sin controlar las variantes geolectales o institucionales: mercancía/mercadería, Estado Miembro/Estado Parte, tarifa/arancel, etc). ¡Variantes que en algunos casos en ninguno de los Estados Parte se utilizan!
Incongruencias lingüísticas (variaciones que el contexto hace ver más como descuido que como riqueza o imperativos de estilo).
Anticipaciones (conceptos correspondientes a un estadio más avanzado de la integración económica, que no tiene sentido en el Mercosur, p. ej. "mercadería comunitaria").
Contradicciones. Un mismo tema es objeto de un acuerdo marco, de un protocolo que lo especifica y de un reglamento que lo instrumenta. Sin embargo, redactados por personas diferentes y en tiempos distintos, estos textos no siempre guardan entre sí una relación de especificidad creciente.
¿Qué hacer con esa terminología? Por tratarse de terminología en una normativa, ¿había que empeñarse en normalizarla? Es decir, reducir la diversidad —una diversidad que se observaba más en las definiciones que en las denominaciones. ¿Qué hacer con los glosarios insertos en el articulado de las normas, que tenían un valor institucional pero cuyas definiciones, en muchos casos, no recibían el aval de nuestra especialista en el área Aduana ni de nuestra bibliografía? ¿Pasarlas por un baño de purificación gramatical e ingresarlas a nuestro Bdt como testimonio de "definición Mercosur"? ¿Acompañar esta definición con otra más justa, elaborada por nosotras con el asesoramiento de la especialista y el apoyo de la bibliografía? ¿Recurrir al arbitraje de glosarios y normativas internacionales?
Examinando la terminología adoptada en ámbitos internacionales vinculados al comercio mundial y a los procesos de integración regional (Gatt, Aladi, Consejo de Cooperación Aduanera, Unión Europea…), nos encontramos con más variantes. Nuevamente, salvo algunas excepciones, las variantes se verificaban no tanto en las denominaciones sino en los textos de las definiciones, pero aquí haciendo aparecer y yuxtaponerse perspectivas de diversa índole (geográfica, tributaria, naviera, administrativa…). ¿Cuál definición era más válida? ¿Qué consecuencias acarreaba optar por una u otra? ¿Cómo identificar y cómo representar las interrelaciones entre conceptos cuyas definiciones remitían a diferentes enfoques? ¿A qué obedecían esas diferencias? ¿Qué tipo de perspectivas conceptuales revelaban?
7. La cinta de Mœbius: el método
¿Cómo abrirnos camino en el bosque de alternativas? En el problema está la solución: en el objeto está el método. Nuestro objeto era el sistema aduanero. Despojándolo de sus ropajes contingentes de localización (regionalidad de las FJM) y de temporalidad (fin del s. xx y arranque del xxi), ¿cuáles eran sus constantes?
Las respuestas que da la historia
El comercio es una práctica tal vez tan antigua como nuestra especie. El cobro de tributos a la entrada o salida de mercaderías y las prohibiciones a la exportación y a la importación son comunes, por lo menos desde tiempos históricos, en Egipto, Grecia, Roma, en el Lejano Oriente, en el África musulmana, en la América anterior a la conquista —aunque sin duda es a partir del Mercantilismo y el surgimiento de los Estados modernos que los sistemas aduaneros cobran la fisonomía que hoy nos es familiar. [7]
La propia palabra aduana disputa dos orígenes que, en cualquiera de los dos casos, señalan una clara finalidad, sea árabe (addiuar, addiuãn o adayuán): "registro o libro de cuentas" donde se anota la entrada y la salida de mercaderías de determinado territorio y también el lugar donde se efectuaba dicho registro, o veneciano (duxana o dogana): los derechos sobre las mercaderías a favor del Dux o Doge. Despachar según Corominas se vincula con el latín impedicare (impedir), derivado de pedica ("traba", "lazo" o "cadena"), que pasa al francés antiguo empeechier (hoy empêcher) y da en español la dupla "empachar"/"desempachar", apuntando también al meollo y la razón de ser de la aduana: trabar o impedir y, simétricamente, destrabar o liberar el paso de las mercaderías a través de las fronteras —es decir, su despacho.
En suma, la voluntad de controlar, el ejercicio del poder para permitir o condicionar la entrada, circulación, permanencia o salida de objetos y personas de y hacia territorios diferenciados atraviesa la historia, persiguiendo siempre, de la mano de las armas, el doble objetivo de expansión económica y de dominación política. Qué se controla, quién controla, cómo se controla ilustran en cada lugar y época la configuración socio-económica propia de cada unidad considerada y del contexto en el que está inserta.
8. De vuelta al objeto
La mirada desde la historia ilumina entonces dos órdenes del sistema conceptual aduanero. Por un lado, sus elementos articuladores, sus constantes, con una dinámica propia, endógena, que permite identificar al sistema en su especificidad, en su autonomía. Por otro lado: la naturaleza de sus variables, con otra dinámica, exógena, condicionada por su finalidad y su contexto, que permite ubicar las relaciones de este sistema con otros que lo abarcan.
El sistema conceptual de la Aduana. Las constantes
Los presupuestos básicos del sistema aduanero son:
Una mercadería, que es su objeto. Un bien, pero no de cualquier clase: un bien que se desplaza de un ámbito espacial a otro y que al hacerlo debe someterse a condiciones que favorecen o impiden ese desplazamiento.
El tráfico internacional de mercaderías. Un desplazamiento que pone en desequilibrio intereses económicos localizados en dos o más ámbitos espaciales (contiguos o no) dando origen a una regulación de los fenómenos de paso (entrada y salida: importación/exportación).
Territorios aduaneros. Ámbitos espaciales en los que la entrada y la salida de mercadería desde y hacia otros territorios (aduaneros) están sujetas a discriminaciones de diversa índole, cuya naturaleza y alcance son las que permiten diferenciar y delimitar cada territorio aduanero.
Una finalidad: el control, que articula y da sentido a todos los elementos. La existencia de regulaciones (normativas aduaneras) y de un instrumento que impone, ejecuta y garantiza esas regulaciones (la institución aduanera).
El sistema conceptual de la Aduana. Las variables
Cuanto más complejos son los flujos del tráfico internacional, más regulaciones diferentes entran en juego, cada una de ellas con sus efectos de restricción o de promoción sobre el comercio de las mercaderías y por lo tanto favoreciendo o afectando los intereses de quienes participan en ese comercio.
Los efectos acumulativos de esas discriminaciones están en el origen de todos los intentos de llegar a acuerdos internacionales, de crear instituciones supranacionales que arbitren el comercio planetario, de alentar procesos regionales de integración económica.
Cualquier sistema normativo aduanero, como todo sistema convencional históricamente determinado, es una construcción que refleja imperativos de una época y circunstancias de un momento, y está sometido a la dinámica del devenir histórico que altera los escenarios y los equilibrios de poder donde se forjaron tales convenciones.
Las normativas aduaneras son reflejo de los contextos en los que nacen, expresan sus asimetrías y contradicciones, retratan sus ciclos vitales. Su terminología testimonia estados de las negociaciones: revela los consensos alcanzados y anuncia los rumbos de las disensiones.
9. Conclusiones
¿Qué consecuencias arrojan las cualidades de nuestro objeto sobre nuestro trabajo? Clarifican nuestros objetivos; guían nuestra investigación terminológica; fundamentan la selección de las informaciones recogidas; inspiran la organización de esas informaciones.
Las constantes (los presupuestos básicos) nos permiten describir la estructura del sistema aduanero en torno a un eje central: su finalidad (el control del tráfico internacional de mercadería).
Las variables (la temporalidad del sistema aduanero y su subordinación al orden económico en el que se inserta) nos sitúan en una perspectiva dialéctica que nos guía en la investigación de las fuentes y en la selección de las informaciones terminológicas que darán cuerpo y movimiento a esa estructura.
Ambos órdenes conjugados definen nuestros objetivos y fundamentan nuestras opciones.
1. Modelo. La representación de un sistema conceptual no puede ser ajena a la naturaleza del propio sistema. Ni puede ser neutra con respecto a las implicaciones ideológicas que expresa. La forma debe ser una metáfora de su contenido y la organización debe permitir distinguir entre estado y proceso, entre punto de vista y contexto, entre representación y objeto. Por eso en nuestro BDT decidimos incluir las denominaciones y definiciones de todas las fuentes involucradas: las Fuentes Jurídicas del Mercosur, las legislaciones aduaneras de los Estados Parte, acuerdos internacionales (Aladi, Gatt, Convención de Kyoto, Consejo de Cooperación Aduanera...). El contenido, los datos sobre la fuente y la fecha de nacimiento de cada definición testimonian no solamente el "valor" del término; proveen el registro del estado y alcance de las negociaciones y un retrato de los negociadores. Por otra parte, la organización de estas informaciones, tanto al interior de cada concepto como en las relaciones entre los conceptos, ha de permitir identificar las cualidades que le dan sentido y especificidad al sistema, al mismo tiempo que distinguir la naturaleza de los vínculos que lo conectan con otros recortes de la realidad.
2. Ópticas. Poniendo en contacto ámbitos espaciales con atributos naturales intervenidos por las sociedades (ríos, mares, carreteras, vehículos) la materia aduanera se emparenta con otras que se ocupan también del espacio, de la circulación y del transporte; y por eso se cuelan en los textos aduaneros segmentos que vienen de la geografía, de la navegación, etc. Pero la coincidencia es una ilusión óptica. Ninguna de esas perspectivas —unas más "científicas" y otras más "técnicas"— hace carne en la esencia del sistema aduanero. Su intervención sólo es aplicable a términos periféricos, lejanos del núcleo articulador del sistema.
3. Jerarquías. La materia aduanera implica una dinámica de objetos y una dinámica de poderes. Pero no es ésta una conjunción de dos facetas en un mismo plano. Encrucijada de intereses contrapuestos, con un ojo en los equilibrios internos y otro en las subordinaciones externas, el sistema conceptual aduanero es una dinámica de objetos constreñida por una dinámica de poderes. Las alternativas a las que se somete la mercadería en su traspaso de las fronteras aduaneras no pueden describirse ni explicarse por el conjunto de requisitos operativos que han de cumplirse durante ese movimiento. La regulación aduanera es siempre un instrumento de políticas económicas, más allá de que unas veces prevalezcan los fines rentísticos sobre los productivos o que sean más o menos sofisticadas las técnicas y simplificadas las operaciones.
4. Universos. En las antípodas de los universos conceptuales unívocos y monosémicos producto de recortes estáticos e ideales de la realidad, el nuestro es un universo "en negociación". En él los conceptos son ± estables, ± consensuados, según ± distancia de los asuntos en los que se juega el equilibrio de poderes prevalecientes en el contexto y en el tiempo que son su escenario. Y en esa medida son predictibles.
5. Situación comunicativa --> fines de la comunicación. De un implícito consenso en pro de una comunicación convergente o transparente (indiscutible en la perspectiva wüsteriana y sin duda válida para buena parte de las comunicaciones entre científicos, docentes, o técnicos) pasamos a reconocer una trama de consensos y disensos donde esa transparencia-convergencia en la comunicación no es un objetivo a priori sino a lo sumo un resultado a posteriori.
6. Necesidad --> responsabilidad. De usuarios más o menos idealizados (los funcionarios de la Secretaría Administrativa del Mercosur, los negociadores de los ámbitos orgánicos del Mercosur, los mediadores de la información), portadores de necesidades también idealizadas (prolijidad administrativa de la SAM, voluntad de comprenderse entre negociadores, interpretación "correcta" de la normativa por parte de los empresarios), pasamos, sea cual sea el usuario, a la necesidad esencial de la decisión. Cualquiera sea el usuario y la circunstancia de uso, poder disponer de herramientas de discernimiento para interpretar con lucidez cualquier segmento de la realidad es una condición de la libertad y de la responsabilidad.
Por último, nuestra propuesta recoge y confirma dos credos anteriores a nuestra incursión en la terminología: uno metodológico y otro ideológico. El metodológico: la certidumbre de que siempre en el problema está la solución; el ideológico: una irrenunciable vocación democrática. El primero hace referencia a la relación dialéctica entre objeto y método, a la alternancia dialéctica de método y objeto. El segundo a la relación de responsabilidad del autor con el producto: la decisión que le compete a todo profesional, incluso al terminólogo, con respecto a la construcción y la difusión de los saberes que manipula.
Bibliografía
BASALDÚA, Ricardo Xavier (1988). Introducción al Derecho Aduanero. Buenos Aires: Abeledo-Perrot.
———— (1992). Derecho Aduanero. Buenos Aires: Abeledo-Perrot.
———— (2000). Mercosur y Derecho de la Integración. Buenos Aires: Abeledo-Perrot.
CABRÉ, Ma. Teresa (1998). «Una nueva teoría de la terminología: de la denominación a la comunicación». Ponencia presentada ante el VI Simposio Iberoamericano de Terminología, La Habana.
———— (1999). La terminología. Representación y comunicación. Barcelona: IULA.
———— (2000). «Terminología y aspectos comunicativos». Conferencia dictada en la Escola Internacional de Inverno de Terminologia. São Paulo: Citrat-Fflch (USP).
COROMINAS, Joan (1998). Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Madrid: Gredos.
FABBRI, Lucía, Susana Gianelli & Sylvia Sanjinés (1999). La terminología básica en la normativa institucional del Mercosur. Montevideo: Uruterm.
GRATIUS, Susanne (2000). «Las relaciones comerciales entre la Unión Europea y Mercosur en el actual contexto internacional». Ponencia presentada ante el Seminario-taller sobre Negociaciones Comerciales Multilaterales. Montevideo: SELA/ALADI.
ROSSELLI, Elbio (2000). «Los nuevos temas en la agenda comercial de la próxima década». Ponencia presentada ante el Seminario sobre Negociaciones Comerciales Multilaterales. Montevideo: SELA/ALADI.
SOSA, Roosevelt (1999). Estudos sobre Problemas Aduaneiros Contemporâneos. São Paulo: Aduaneiras.
VACCHINO, Juan Mario (2000). «Globalización y comercio internacional». Ponencia presentada ante el Seminario-taller sobre Negociaciones Comerciales Multilaterales. Montevideo: SELA/ALADI.
[1] Este es un punto importante. Se suele dar por sentado, al proponerse "describir y explicar los vocabularios especializados con la finalidad de facilitar la comunicación" –meta tanto de un trabajo orientado por la TGT como por los enfoques más recientes– un presupuesto no explícito: el deseo o la necesidad de comprenderse entre interlocutores en situación de comunicación especializada. Pero en las comunicaciones donde están en juego intereses contrapuestos, el consenso no es un dato a priori sino, a lo sumo, un resultado a posteriori. Y durante la comunicación/negociación probablemente haya un despliegue voluntario de las variantes, un recurso deliberado a la polisemia para justificar la diversidad de interpretaciones.
 [2] ¿Alguna de las áreas definidas como prioritarias en algún documento oficial del MERCOSUR; la que concitaría la atención de los llamados actores sociales; la que interesaría a dispensadores internacionales de recursos financieros; la que serviría a los empresarios en sus negocios; la que, según nuestra sensibilidad, debería ser atendida con prioridad, como el sistema educativo; aquella en la que existiera trabajo terminológico avanzado como para disponer a corto plazo de un producto…?
 [3] Según el Tratado de Asunción, las FJM son: el propio Tratado de Asunción, sus Protocolos e Instrumentos adicionales o complementarios; los Acuerdos celebrados en el marco del Tratado de Asunción y sus protocolos; las Decisiones del Consejo Mercado Común; las Resoluciones del Grupo Mercado Común y las Directivas de la Comisión de Comercio del Mercosur.
 [4] Esta decisión tardía, aunque vino a hacerle justicia al portugués (…el guaraní sigue esperando), llegó tras seis años de versiones predominantemente en español. Seis años en los que se negociaron las bases de los temas más conflictivos del proyecto de integración económica. Una postergación con consecuencias también sobre nuestro trabajo terminológico, pues instaura una paradoja: perseguimos la equidad de tratamiento para las dos lenguas oficiales, y nos topamos con la asimetría lingüística de las FJM. Otra disparidad cuya solución no parecía sencilla.
 [5] En nuestros encuentros con María Teresa Cabré (a quien sólo responsabilizamos de nuestras iluminaciones y no de nuestras oscuridades), habíamos recogido una metáfora suya: el embudo. El BDTdel MERCOSUR reuniría en su ancha base las variantes terminológicas "naturales" de cada país y en el pico una terminología, consensuada y, por eso, artificial: la terminología institucional. Con nuestro glosario, pensábamos, empezábamos a construir el embudo por el pico. ¿Por qué no? La terminología empleada en el funcionamiento administrativo del MERCOSUR se mostraba llena de ambigüedades, incongruencias, y lagunas que merecían ser sometidas a un tratamiento de coherencia.
 [6] Toda vez que un bien, persona, servicio, se vuelve mercadería al traspasar una frontera (desde una banda de rock hasta una exposición de pintura, una muestra de laboratorio o un patrón de medida).
 [7] Se sabe que ya en el Paleolítico existía el comercio bajo la forma de trueque de ciertos objetos. En el Neolítico europeo había comercio marítimo a lo largo de las costas del Mediterráneo y del Mar del Norte y por tierra llegaba hasta el Mar Negro y el Mar Báltico. En Egipto, país de tránsito (India y sur de África—Mediterráneo), se cobraban tributos al paso de las mercaderías, y había aduanas en las fronteras y aduanas interiores entre el Alto y el Bajo Egipto. En Grecia se exigía el pago del derecho a la entrada o la salida de bienes no sólo en las fronteras, sino por el acceso a la plaza del mercado o a un puerto. En Roma la palabra portorium designaba indistintamente tres tipos de tributos: los que se pagaban en la frontera, a las puertas de las ciudades y en los caminos y puentes, gravando a mercaderías y personas. La atomización que siguió a la caída del Imperio Romano de Occidente no hizo desaparecer el sistema aduanero, y durante toda la Edad Media proliferaron las aduanas y tributos, en beneficio de los señores locales. Los aztecas, según Hernán Cortés, tenían chozas en las entradas de las ciudades y en los desembarcaderos de canoas, donde "están personas por guardas y que reciben certum quid de cada cosa que entra". Pizarro testimonia del cobro del "portazgo"en los puentes incaicos y su contemporáneo Franciso de Xerex observa: "Ningún pasajero puede entrar ni salir por otro camino con carga sino por do está la guarda so pena de muerte". (cf. Basaldúa, 1992.)
 |