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Índice por autores

 

 

Discurso, terminología y conocimiento especializado

Meritxell Domènech
Cristina Gelpí
Montserrat Ribas
IULA
Universidad Pompeu Fabra
Barcelona
España

 

La terminología como disciplina teórica y práctica nace con las propuestas formuladas por Wüster a partir de la década de los treinta que, continuadas y desarrolladas por la escuela de Viena, dieron lugar a la llamada teoría general de la terminología (TGT), que constituye la propuesta terminológica más conocida y extendida en la actualidad. Sin negar la importancia y sistematicidad de la teoría wüsteriana, desde la década de los noventa han empezado a surgir comentarios críticos a los principios que la sustentan, causados, fundamentalmente, por el hecho de que no permite describir de manera satisfactoria la enorme complejidad del léxico especializado.

De las diversas aportaciones críticas que se han hecho a la teoría clásica, nos centraremos en la propuesta teórica formulada por Cabré (1999) y denominada teoría comunicativa de la terminología (TCT), que satisface, desde nuestro punto de vista, algunas interrelaciones entre la terminología, el discurso y el conocimiento especializado.

El objetivo de esta comunicación es presentar algunas reflexiones sobre una perspectiva discursiva concreta desde la que se pueda abordar la dimensión discursiva de la terminología que la teoría comunicativa propuesta por Cabré sugiere.

Para estructurar mínimamente nuestra presentación, formulamos 3 preguntas iniciales:

1. ¿La "realidad" existe independientemente de la representación conceptual que nos hacemos de ella?

2. ¿La representación conceptual existe independientemente de su formulación?

3. ¿La formulación especializada existe independientemente de la actividad que la produce?

La primera pregunta es, en nuestra opinión, bastante retórica, dado que nos parece plausible postular que los objetos del mundo sólo nos son accesibles a través del conocimiento que tenemos de ellos. Es decir, no se trata tanto de preguntarnos "qué" hay en el mundo, sino de “cómo” accedemos a ello. Y, dado que nos parece bastante obvio que el "acceso" a la “realidad” pasa necesariamente por la conceptualización, nos situamos en la segunda pregunta.

¿Es posible representarse el mundo, es decir conceptualizarlo, sin la mediación de sistemas simbólicos socialmente construidos, en otras palabras, sin la mediación lingüística? En nuestra opinión creemos que no. Y justamente nos gustaría subrayar que esta es una perspectiva coherente con los fundamentos de la TCT y que representa una toma de posición significativa respecto de la teoría general de la terminología (TGT) formulada por E. Wüster.

La teoría comunicativa de la terminología (Cabré, 1999) nace como respuesta al hecho de que la teoría general de la terminología (TGT), o teoría clásica wüsteriana, resulta insuficiente para dar cuenta de las unidades terminológicas dentro de un marco comunicativo plural.

Por un lado, Cabré considera que la posición que adopta la teoría clásica ante los fenómenos terminológicos ligados a la comunicación especializada es una posición idealista ya que "se fundamenta en la suposición de que el conocimiento científico -en contraste con el conocimiento general- preexiste a cualquier expresión y además es uniforme e independiente de las lenguas y las culturas" [1]. Algunos de los fundamentos de la TGT citados por Cabré, que muestran claramente la idealización de la teoría, serían, por ejemplo, la suposición de que el concepto preexiste a la expresión; la suposición de que el conocimiento especializado es neutro -libre de sesgos culturales, sociales o ideológicos- y universalmente uniforme; la suposición de que la estructuración de un ámbito especializado es única en todos los grupos y contextos; la suposición de que el término normalizado representa las características más significativas para todos los grupos y contextos, o la suposición de que su uso consensuado permite que la comunicación especializada quede libre de todo obstáculo.

Por otro lado, Cabré considera que la teoría clásica vehicula una visión simplificadora y reduccionista del mundo puesto que el objetivo último que Wüster estableció para la terminología era: "conseguir una comunicación inequívoca y sin ambigüedad sobre los temas especializados" [2]. La restrictividad de esta teoría, justificable si tenemos en cuenta los precedentes que la originaron -la voluntad de establecer una comunicación estandarizada internacional-, le impide dar cuenta de manera satisfactoria de la terminología dentro del marco del discurso especializado natural, y se hace patente en el tratamiento que Wüster da a diversos aspectos teóricos y aplicados de la disciplina. Siguiendo a Cabré [3], podemos mencionar, entre otros, los siguientes puntos teóricos afectados por el carácter reduccionista de los planteamientos wüsterianos:

el término (concebido como unidad específica de un solo ámbito de especialidad)

los ámbitos de especialidad (concebidos como campos del saber bien establecidos y delimitados)

los objetivos y las finalidades de la terminología como disciplina (garantizar la precisión y univocidad de la comunicación estrictamente profesional)

la comunicación profesional (entendida como la comunicación entre especialistas, sin tener en cuenta la multiplicidad de registros que ésta presenta).

Frente a estos planteamientos, la teoría comunicativa de la terminología "pretende dar cuenta de los términos como unidades singulares y a la vez similares a otras unidades de comunicación, dentro de un esquema global de representación de la realidad, admitiendo la variación conceptual y denominativa, y teniendo en cuenta la dimensión textual y discursiva de los términos." [4]

Por consiguiente, retomando la segunda pregunta planteada al inicio de esta intervención, consideramos que algunos de los fundamentos de la TCT nos permiten postular que la representación conceptual no es independiente de su formulación discursiva.

Sin embargo, no creemos que sea suficiente invocar la pertinencia del discurso para comprender mejor los procesos de construcción del conocimiento, puesto que distintas concepciones del discurso son susceptibles de interesarse por las interrelaciones que, en este sentido, pueden proponerse.

Mondada (1998: 150) establece, concretamente, una distinción entre una concepción representacionalista o informacional, en la que el discurso se concibe como un elemento neutro que vehicula contenidos preexistentes, y una concepción praxeológica -o, nosotros diríamos, construccionista-, en la que el discurso se concibe como un elemento implicado en la construcción de la realidad. La concepción representacionalista del discurso parte del postulado de que existe autonomía entre conocimiento, mundo y lenguaje y, por consiguiente, los pone en relación en términos de correspondencia: el lenguaje es, desde esta concepción, un medio transparente que codifica un pensamiento que se "ejerce" sobre objetos pre-existentes y estables que esperan ser descubiertos. Esta concepción es la que se desprende de los postulados wüsterianos, según los cuales el concepto preexiste a la expresión y se caracteriza por su estabilidad y universalidad.

En contraposición, una concepción construccionista o praxeológica del discurso parte del postulado de que el conocimiento no preexiste a la actividad lingüística, sino que se elabora en el transcurso de las interacciones discursivas. Por ejemplo, en el transcurso de una interacción discursiva como puede ser el análisis que una comisión de expertos hace del trabajo que ha llevado a cabo, todos los participantes, incluso aquellos que muestran desacuerdo, elaboran conjuntamente los objetos del discurso, que, lejos de pre-existir a la actividad enunciativa, emergen de ella. Es decir, los objetos del discurso se proponen, se cuestionan, se negocian, se modifican, se refutan -se construyen, en definitiva- en el transcurso de las interacciones discursivas que generan las distintas actividades sociales (Mondada, 1995: 57; Ribas, 2000: 40). Esta concepción, pues, es la que para nosotros resulta coherente con los fundamentos de la TCT, según los cuales los términos son unidades de forma y contenido en las que el contenido, por un lado, es simultáneo a la forma (por lo tanto, no la precede), y, por otro lado, nunca es absoluto, sino relativo, según cada ámbito y situación de uso.

Y, con esto, llegamos a la tercera pregunta: ¿La formulación especializada existe independientemente de la actividad que la produce? En nuestra opinión, no. La TCT parte del hecho de que la comunicación especializada real que se produce en las diversas situaciones profesionales muestra, de manera parecida a la comunicación general, una gran variedad de registros, lo que lleva a considerar que las unidades terminológicas comparten muchos elementos con otras unidades del lenguaje natural y de otros sistemas simbólicos no lingüísticos, y abre la posibilidad de proponer que "los términos no son unidades aisladas que constituyen un sistema propio, sino unidades que se incorporan en el léxico de un hablante en cuanto adquiere el rol de especialista por el aprendizaje de conocimientos especializados". [5]

Como consecuencia lógica de este supuesto, la TCT considera que las unidades terminológicas se dan de manera natural en el discurso y, por tanto, tienen una proyección sintáctica más allá de sus límites denominativos y varían en función del discurso. Al mismo tiempo, la TCT asume necesariamente la diversificación discursiva en función de la temática, la perspectiva desde la que se aborda un tema, el tipo de emisor, los destinatarios, el nivel de especialización, el grado de formalidad, el tipo de situación, el propósito, el tipo de discurso, etc. De esta posición se desprende que el carácter de término de una unidad léxica no se da per se, sino en función de su uso en un contexto expresivo y situacional determinado.

Esta concepción de la unidad terminológica nos permite afirmar, en relación con la tercera pregunta que nos planteábamos, que la comunicación especializada no existe independientemente del tipo de actividad que la produce. La noción de activity type que tomamos de Levinson (1992 [1979]) [6], nos parece fundamental en este sentido, puesto que asumimos que la comprensión de lo que se dice depende necesariamente de la actividad social en la que ha sido dicho (Ribas, 2000: 90).

Las respuestas que hemos dado a las tres preguntas formuladas al inicio de nuestra presentación se fundamentan en una visión dinámica del conocimiento. Desde esta visión del conocimiento, propia de la lingüística cognitiva, nos parece interesante remarcar que la cognición humana -tal como sugiere la teoría del prototipo- se adapta particularmente a la construcción de categorías flexibles, útiles para fines prácticos, que dependen más de la multiplicidad de los puntos de vista que los sujetos adoptan del mundo, que de las restricciones impuestas por la materialidad del mundo. Por ejemplo, “un piano” puede ser categorizado como un instrumento musical, o como un mueble, según el tipo de actividad en la que se sitúe el sujeto. La zanahoria, por poner otro ejemplo, pasó de concebirse como una raíz, o una legumbre, a ser considerada una fruta por una decisión tomada por la Unión Europea en 1991, con el objetivo de que Portugal pudiera exportar su mermelada de zanahoria, respetando la definición categorial legal o jurídica de mermelada: “conserva de puré azucarado de fruta”.

Esta perspectiva cognitiva, que implica una visión dinámica del conocimiento, es coherente también con los supuestos de la TCT, para la cual el conocimiento especializado no es universalmente homogéneo ni neutro, ya que indefectiblemente está condicionado por las características culturales, sociales e ideológicas propias de cada situación en la que el mismo se construye o se transmite. Así pues, un grupo puede conceptualizar especializadamente un segmento de la realidad y coincidir o no con otro grupo distinto. Esta posición, de todos modos, no invalida que haya determinadas parcelas del conocimiento científico internacionalmente compartidas por todos los grupos de especialistas desde su concepción". [7]

La visión dinámica del conocimiento especializado nos permite considerar que, ante la inestabilidad, variabilidad y flexibilidad de las categorías cognitivas, los discursos especializados actúan como estabilizadores de sus propios objetos de conocimiento. Pero, ¿cómo lo hacen? Parece evidente que operaciones discursivas como: denominaciones, descripciones, definiciones, caracterizaciones, analogías, etc. intervienen directamente en esta estabililización. Sólo hay que observar el valor de verdad que tienen las analogías o las metáforas en el discurso. Una metáfora, por el sólo hecho de ser aceptable desde el punto de vista semántico, adquiere valor de verdad. Véanse, en este sentido, los siguientes ejemplos:

Ejemplo de definición por analogía: “el genoma es un libro. Hay 23 capítulos llamados cromosomas, con miles de historias llamadas genes” (El País, 2 de julio de 2000)

Ejemplo de metáfora: “El reciente estudio que transmite que el mapa del genoma humano ha sido completado abre nuevas vías de diagnóstico y terapia para la medicina, aunque los resultados prácticos estén aún lejos” (El Periódico, 9 de julio de 2000)

Desde esta perspectiva, consideramos que la terminología puede entenderse como una operación discursiva de estabilización y construcción de los conocimientos especializados. Las unidades terminológicas propiamente dichas, entendidas como denominaciones especializadas, es decir, como los nombres que los especialistas han consensuado para "referenciar" su conocimiento especializado, es quizás la estrategia lingüística más prototípica de estabilización de los objetos de conocimiento. Pero la transmisión del conocimiento especializado no se puede limitar a las unidades terminológicas denominativas, sino que debe extenderse a las unidades portadoras de conocimiento especializado, las denominadas UCE de la TCT (Cabré, 1999; Domènech, 1998), cuyo límite no se reduce a las unidades denominativas propiamente dichas, sino que incluyen cualquier manifestación discursiva de construcción o estabilización del conocimiento especializado (como las combinaciones recurrentes, las paráfrasis o las definiciones).

En conclusión, creemos que los fundamentos y principios de la TCT nos permiten abordar la terminología no como una "cartografía" de un conocimiento especializado estático y universalmente homogéneo, sino como una operación discursiva de estabilización y construcción de dicho conocimiento. Y aún reconociendo el interés que puedan tener otras aproximaciones discursivas, nos parece que únicamente una propuesta de orientación praxeológica o construccionista del discurso permite dar cuenta de manera adecuada de los procesos lingüístico-cognitivos implicados en la "fabricación" de estos conocimientos y supone la posibilidad de acercarnos a una visión de la terminología más próxima a la compleja realidad de la comunicación especializada.

 

Bibliografía

CABRÉ, M. T. (1999). La terminología. Representación y comunicación. Barcelona: Institut Universitari de Lingüística Aplicada. Universitat Pompeu Fabra.

DOMÈNECH, M. (1998). Unitats de coneixement i textos especialitzats: primera proposta d'anàlisi. Trabajo de investigación de doctorado. Barcelona: Institut Universitari de Lingüística Aplicada. Universitat Pompeu Fabra.

LEVINSON, S. C. (1992). « Activity types and language». In: DREW, P.; HERITAGE, J. [ed.] (1992). Talk at work. Nueva York: Cambridge University Press.

MONDADA, L. (1998). «La construction discursive des objets de savoir dans l’écriture de la science». In: Réseaux, núm. 71, CNET.

RIBAS BISBAL, M. (2000). Discurs Parlamentari i Representacions Socials (La representació de la immigració que emergeix de les preguntes d’una Comissió d’Estudi Parlamentària). Tesis doctoral. Universitat de Barcelona.

 

[1] Cabré (1999, 117).

[2] Galinski i Budin (Wüster 1998, 15).

[3] Cabré (1999, 114-116).

[4] Cabré (1999, 120).

[5] Cabré (1999, 118).

[6] My notion is to be preferred for present purposes because it refers to any culturally recognized activity, whether or not that activity is coextensive with a period of a speech or indeed whether any talk takes place in it at all (...). In particular, I take the notion of an activity type to refer to a fuzzy category whose focal members are goal-defined, socially constituted, bounded, events with constraints on participants, setting, and so on, but above all on the kinds of allowable contributions. Paradigm exemples would be teaching, a job interview, a jural interrogation, a football game,a task in a workshop, a dinner party, and so on.

[7] Cabré (1999, 137).

 

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