|
La dimensión política de la terminología
A dimensão política da terminologia
Mesa redonda
La dimensión política de la terminología
Rodolfo Alpízar Castillo
Unión Latina
Cuba
Arriesgándome a ser acusado de tozudo por insistir en un punto al que casi nadie ha hecho caso (a pesar de que llevo alrededor de una década llamando la atención sobre él), aprovecho la ocasión para, antes de entrar en materia, insistir en la ambigüedad del vocablo “terminología”, ambigüedad que bien merece ser tomada en cuenta y ser desterrada de nuestras reuniones y textos.
En el caso presente, habría que discriminar ante todo si nos referimos a la dimensión política del “estudio de los términos”, “del quehacer relacionado con el vocabulario y los textos especializados” (dicho de manera abreviada: “quehacer terminológico”), o “del conjunto de las voces con marca diatécnica --términos--” de una lengua determinada (conjunto al que insisto en llamar tecnoléxico).
Para mejor comunicarnos, partamos de entender el enunciado original como “dimensión política del quehacer terminológico”. A ello agreguemos, como opción que es posible inferir, una nada despreciable “dimensión política del uso que se da a los términos”.
Llegados a este punto, trataré de abarcar de forma somera, para iniciar la discusión, los puntos principales que considero deberían ser analizados.
Aunque el título de la mesa redonda restringe la discusión al terreno terminológico, esta limitación es solo metodológica, pues en la practica es imposible separar lo que atañe al discurso especializado y los textos que produce (la parte) de lo que atañe al sistema general de la lengua (el todo). De modo que en mi exposición no me limitaré al aspecto exclusivamente terminológico, sino me referiré a la lengua en su totalidad, si bien teniendo siempre en mente que es en el terreno de los tecnoléxicos donde suelen ser más evidentes los fenómenos que enunciaré.
Visto desde el marco más general de la lengua, el tema de la dimensión política del quehacer terminológico (cabría decir lingüístico) no tiene nada de novedoso; al contrario, es todo lo antiguo que se pueda imaginar. Ello no obsta para que resulte cada día más actual.
La mundialización del planeta, eso que se ha dado en llamar globalización, fenómeno también antiquísimo (tan viejo es que acaso comenzó con los grandes descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI) sobre el cual todos los días se escriben páginas y páginas a favor o en contra, pero que es un hecho irreversible, actualiza este tema constantemente: Se globalizan las relaciones internacionales, se globalizan las economías, se globaliza la información, se globalizan la ciencia y la técnica... Y ante esta realidad insoslayable cabe preguntarse, puesto que en muchos aspectos todo parece apuntar hacia ello, ¿se globalizará finalmente la cultura? Y, consecuentemente, ¿asistiremos a una globalización lingüística?
Estos fenómenos, como todos, tienen muchos elementos positivos, deseables, y otros tantos negativos. Es innegable que, sin la intervención consciente de quienes detentan poder de decisión política en nuestra región, una globalización indeseable en el sector de la cultura, y por ende de la lengua, puede venírsenos encima en un plazo que no ha de ser muy largo.
Es curioso, sin embargo, cómo muchos responsables políticos, educacionales y culturales de nuestros países, incluso algunos que supuestamente adoptan discursos en defensa de la soberanía o la identidad nacionales, descuidan en la práctica lo que se relaciona con las implicaciones políticas (bien podríamos añadir sociales y psicológicas, y también económicas) derivadas de las relaciones lingüísticas que se establecen en la actualidad.
Es sabido que desde tiempos inmemoriales el intercambio entre los pueblos, unas veces pacífico, otras violento, pocas en plano de igualdad, obligó a una interrelación lingüística que en no pocas ocasiones se resolvió por la imposición de unas lenguas y la desaparición de otras, por más que, por lo general, las lenguas impuestas quedaran impregnadas de elementos procedentes de las desaparecidas. Cuando la absorción de una por otra no ocurrió, ambas se enriquecieron mutuamente, y de ello dan testimonio todas las lenguas que han llegado a nosotros. Al parecer, una condición del tránsito de la humanidad por la vía del progreso ha sido que los menos aptos para resistir hayan sido borrados de la faz del planeta, o cuando menos hayan perdido su identidad.
De cualquier modo, es innegable que ese proceso contradictorio (y por demás inevitable) siempre que no ha significado la muerte de una lengua, ha redundado en su enriquecimiento, fortalecimiento y perfeccionamiento.
El meollo de la cuestión, pues, está en determinar si la actual coyuntura mundial nos conduce a:
una relación armónica en que las lenguas puedan coexistir en el plano internacional, en igualdad de oportunidades,
una relación hegemónica en que unas sean desplazadas por otras (o, peor, una las desplace a todas).
Es cada día más evidente que la segunda variante es la que está prevaleciendo; en la comunicación especializada de nivel internacional, en las publicaciones, en las telecomunicaciones, en las redes de información, una lengua se va haciendo imprescindible y desplazando a cualquier otra. Un par de preguntas puede resumir la esencia del aspecto que nos interesa:
1. ¿En qué idioma vamos a comunicarnos internacionalmente en lo adelante?
2. ¿Qué pasará con la propia lengua, si cada vez más acudimos a otra para comunicamos?
La segunda pregunta abarca al menos tres momentos:
a. Acudimos a una lengua ajena, como puente para comunicarnos con colegas de diversas partes del mundo que no hablan la nuestra.
b. Acudimos a una lengua ajena para paliar necesidades comunicativas reales o ficticias de la propia.
c. Acudimos a una lengua extranjera para comunicarnos al interior de nuestras propias comunidades lingüísticas, con descuido de las formas patrimoniales.
Visto el asunto desde una posición científica, es indiscutible que los momentos a) y b) son absolutamente justificados, y redundan en beneficio de la comunicación, en un caso, y de la propia lengua, en el otro:
Por una parte, está fuera de discusión que si dos colegas no pueden comunicarse en sus respectivas lenguas, y no tienen traductor a mano, el recurrir a una tercera lengua con que ambos estén familiarizados es la solución del problema; en tal caso, la elegida funciona como lingua franca que posibilita el acceso mutuo a la información. En diversas épocas y regiones, una u otra lengua ha cumplido esa función; de hecho, en muchas ex colonias de situación lingüística compleja la lengua de la antigua metrópoli cumple actualmente esa función al interior del país.
Por otra parte, por más que ello haga rabiar a puristas y conservadores, el tomar elementos ajenos expresivos cuando no se cuenta con los patrimoniales adecuados es una de las formas de enriquecer el propio idioma. Claro que a veces las carencias no lo son tanto, sino son consecuencia de la escasa difusión de los recursos propios de la lengua en cuestión.
El asunto se complica al llegar al momento c).
La adopción en la práctica de una lengua moderna como língua franca para la comunicación especializada ha significado, como no podía dejar de ser, que esta lengua haya adquirido un elevado prestigio internacional. Si a ello se suma el hecho, nada casual sino todo lo contrario, de ser esa la lengua de la mayor potencia económica, política y militar hasta ahora conocida, nada tiene de extraño que sea la más representada en las publicaciones especializadas de mayor circulación e importancia internacional. Pero también es aquella en que más información primaria científica y técnica se genera.
Este conjunto de circunstancias conduce a no pocos a la sobrevaloración de las posibilidades y el prestigio de la lengua que ha dado en llamarse “internacional” (denominación inexacta por demás: internacional es cualquiera que sea materna en más de un país), con la consecuente minusvaloración de la propia. De aquí resulta que no sea raro encontrar en algunos sectores (con más frecuencia en los científicos y técnicos, pero no solo en ellos) representantes de una corriente de opinión según la cual, por una parte, solo la lengua “internacional”es apta para la comunicación moderna, y, por otra parte, el uso de una lengua u otra carece de trascendencia.
Ya aquí nos encontramos en pleno momento c): A tales personas no solo les tiene sin cuidado lo que suceda en el futuro con su idioma, sino que conscientemente tienden al uso de las expresiones foráneas, sea por real convencimiento de que su actuar es lingüísticamente justificado, sea por encontrar “chic” el uso de tales expresiones.
Para colmo, por la ausencia de adecuadas estatales de protección al consumidor, no es raro que nuestros países se vean inundados por una profusión de productos y equipos cuyas descripciones, datos de mantenimiento e instrucciones de uso están escritos en inglés o, lo que es peor, en un español desnaturalizado y muchas veces ininteligible.
Ahora bien: Lo expuesto hasta aquí parece apuntar apenas a causas hasta cierto punto “endógenas” en cuanto a la invasión de una lengua por formas foráneas no necesarias. Si solo estuviera ocurriendo así, poco productivo sería referirse al problema, que pudiera llegar a resolverse por sí mismo en favor de los elementos autóctonos, visto que, en principio, todas las lenguas son aptas para cualquier tipo de comunicación, y las formas propias terminarían por imponerse, asimilando lo útil y desechando lo inútil.
El verdadero problema estriba en que, en los tiempos que corren, la situación esbozada no es ni con mucho expresión de la simple presencia de elementos lingüísticamente xenófilos (y no solo lingüísticamente, cabría agregar en puridad) en nuestras sociedades.
Lo cierto es que la cuestión de cuál lengua ha de usarse está lejos de ser tan política e ideológicamente inocente como podría pensarse a partir de lo expresado en los párrafos anteriores. La realidad es que quienes pugnan por el hegemonismo mundial hacen un esfuerzo consciente por imponer sus formas de expresión. Hablando con propiedad, se trata de una lucha por el poder y de una lucha por la reafirmación del derecho a la propia existencia. De ahí que cuando nos preguntamos en qué lengua vamos a expresarnos en el futuro en esencia estamos preguntándonos cuál será nuestro futuro, no solo en tanto hablantes de tal o cual lengua, sino como las personas que somos esos hablantes.
Como expresé en mi conferencia de 1996 ante el VI Simposio de Riterm, en México (conferencia que, por cierto, no fue recogida en las actas de ese encuentro), cuando se dice "futuro de lengua”, la que sea, deberá entenderse que se está hablando del futuro de sus hablantes. La lengua no es apenas un mero sistema de signos; es, en relación con quien la heredó de sus mayores, algo más íntimo y profundo, indefinible, que forma parte inalienable, sea o no consciente de ello, de su autodefinición, su conocimiento del mundo y de su sistema de ideas.
Hay que partir del criterio de base de que ninguna lengua es ideológicamente neutra. Quien aprende una lengua aprehende una cultura y un modo de ver la realidad. Lengua es quehacer humano, es cultura, es ideología. Con las formas lingüísticas que se tratan de imponer se nos imponen otra cultura y otra manera de pensar y entender la realidad, otra identidad.
Estos cambios no son gratuitos. Con ellos se nos trata de imponer modelos políticos e ideológicos hegemónicos, desconocedores de nuestra historia y nuestra cultura, de nuestra alma nacional. Quien pretenda obviar estos hechos es, cuando menos, políticamente irresponsable.
María Teresa Cabré ha expresado en alguna ocasión que si una sociedad deja de mostrar interés por la preservación de su lengua, suele producirse una situación de progresivo deterioro lingüístico conducente a su desaparición y a su sustitución por otra. Esta sustitución, en virtud de lo que hemos anotado, no puede dejar de acarrear modificaciones sustanciales en la sociedad que la experimenta.
No hay que incurrir en la ligereza de pensar que lo planteado apunta a implantar la xenofobia lingüística, o a la búsqueda de un estado idílico de pureza idiomática que nunca existió. Nada más lejos de mi intención. Todo lo contrario: De lo que se trata es de fortalecer nuestras lenguas, dotándolas de los recursos expresivos de que carezcan, y de esforzarnos porque ocupen el lugar que merecen en el concierto mundial de naciones. Como afirmé en la citada conferencia de México, el discurso actual no es apenas filológico, sino ante todo político y económico, pues se discute acerca de la lengua en que vamos a comunicarnos con el mundo y entre nosotros, no de la propiedad o impropiedad de este o aquel vocablo. Quienes trabajamos de una manera o de otra con el idioma tenemos responsabilidades que asumir en esta empresa.
Llegados a este punto, el criterio básico de partida es que para obtener resultados válidos en el batallar por la defensa de nuestras lenguas es imprescindible una actuación mancomunada tanto de los gobernantes como de los sectores lingüísticamente más conscientes, trátese de instituciones o de individuos. Todo el que tenga la suficiente claridad acerca del problema debe sentirse obligado a sumar su esfuerzo a la tarea común de salvaguardar nuestras lenguas.
Para concluir, a continuación muestro un resumen de algunos de los puntos que expuse en la antes citada conferencia dictada en el Simposio de México, como acciones que a mi juicio deberían emprenderse, junto a otras, para contribuir a una efectiva defensa de nuestras lenguas. Debo admitir que ninguna de ellas ha sido puesta en ejecución hasta el momento, aunque con satisfacción anoto que lo que entonces apunté en relación con un posible actuar del Servicio Iberoamericano de Información sobre la Traducción (SIIT) está bastante encaminado, gracias a la actividad desarrollada por la Dirección de Terminología e Industrias de la Lengua de la Unión Latina:
a) Procurar una mayor internacionalización de nuestras lenguas, dándoles mayor relevancia en tratados, congresos y reuniones internacionales.
En este sentido es determinante la actitud que asuman gobiernos e instituciones, así como los organismos internacionales en que haya representantes de nuestras comunidades lingüísticas. En particular, deben contarse aquellos organismos que de alguna manera están relacionados con la lengua.
b) Establecer compromisos entre nuestros Estados para la defensa efectiva de las lenguas. Sin afectar las peculiaridades de cada país, un mínimo de medidas comunes deben y pueden emprenderse. Algunas de ellas se relacionan con la legislación de protección al consumidor.
Del mismo modo se debería legislar para que, cuando por conveniencia económica sea imprescindible el uso de otros idiomas en el territorio nacional, como suele suceder en el turismo, sea obligatoria la aparición, visible y legible, de la forma de expresión correcta en la lengua propia.
Estas medidas, se enmarquen o no en el universo mayor de una política lingüística plenamente estructurada, contribuirían a afianzar el prestigio de la lengua entre sus propios hablantes (sean especialistas o no), cosa que pocas veces se toma en cuenta entre nosotros, y contribuiría en algún grado a mejorar la situación en relación con el tecnoléxico.
c) Emprender un serio, masivo y sostenido esfuerzo de traducción científico-técnica a nuestras lenguas, de modo de posibilitar a estudiantes y especialistas el acceso a la información en su propio idioma. Como se ha repetido en otras ocasiones, si los gobiernos gastaran más en pagar buenas traducciones, podrían ahorrarse mucho de lo que invierten en cursos de idiomas. Con buenas traducciones, realizadas por profesionales competentes, tanto el Estado como los particulares saldrían beneficiados.
Para que un esfuerzo en esta dirección resulte efectivo, es imprescindible la creación de registros nacionales e iberoamericanos de traducción científico-técnica, confiables, actualizados y accesibles, y el intercambio de esta información entre los países luso e hispanohablantes.
d) Como forma de contribuir a la masificación de la traducción científica y técnica, procurar una mayor atención a la instalación de sistemas de traducción automática y traducción asistida por computadora. Sería conveniente emprender un estudio de los sistemas iberoamericanos de traducción automática, con el fin de promover los que más se ajusten a nuestras necesidades.
e) Estimular las buenas traducciones científico-técnicas a nuestras lenguas, así como elevar el prestigio de la profesión de traductor, mediante el establecimiento de premios nacionales y un premio iberoamericano que se otorgue a aquellas obras que hayan contribuido a su enriquecimiento como lenguas de comunicación científico-técnica internacional.
f) Proporcionar una mayor especialización tecnocientífica a los cursos de formación de traductores.
g) Introducir la enseñanza de las nociones de la terminología científico-técnica, como disciplina obligatoria, en los cursos de formación de traductores, y difundir esta materia en otros cursos universitarios, como materia adicional u optativa.
h) Vincular más a la ciencia y la técnica modernas la enseñanza de la lengua materna en las escuelas, desde los primeros grados.
i) Modificar radicalmente la concepción de la enseñanza de la lengua materna, haciendo más hincapié en su buen uso práctico que en el dominio de las reglas y la nomenclatura gramatical.
j) Un punto especial en la defensa del español y el portugués es la creación de bancos terminológicos, tanto en el interior de cada uno de nuestros países como iberoamericanos. Recordemos que la Red Iberoamericana de Terminología trabaja en pro de un banco iberoamericano de datos tecnoléxicos, y los esfuerzos que se emprendan en cada país deben tomar en consideración la necesaria coordinación para que los sistemas adoptados puedan intercambiar información con otros bancos nacionales y con la red de Riterm
A dimensão política da terminologia
Enilde Faulstich
Dep. de Lingüística
Línguas Clássicas e Vernácula
Universidade de Brasília (UnB)
Brasil
No processo de formação das línguas românicas, não bastavam somente critérios políticos para definir língua nacional, mas também fatores econômicos e culturais influenciaram fortemente a forma que cada uma veio a ter. A ascensão ao poder de novas classes sociais provocava a implantação de um modelo lingüístico exclusivo a ser seguido, o que fazia com que os dialetos recuassem. No entanto, nesse espaço de alto bilingüismo, muitos dialetos reagiram, ganharam força regional de língua e foram codificados em gramáticas e dicionários. Infere-se, portanto, que língua, história de língua e história das Nações se confundem. Embora a normalização das línguas das sociedades românicas tivessem o latim na base, as línguas nacionais floresceram de maneira distinta, sob os jugos do poder de cada Estado.
Língua e poder caminham juntos e, no vértice de uma triangulação política, situam-se os vocabulários científicos como primeira manifestação do saber dos homens que precisavam difundir suas idéias. As ciências são causa e efeito desses vocabulários que se apresentavam sob a forma de nomenclaturas, léxicos, glossários, listas de termos e que sistematizaram a informação de maneira ordenada; já na Renascença, apareceram os primeiros glossários especializados. Tais obras despertavam interesse e, com o tempo, multiplicaram-se em função das disciplinas abordadas; logo mudaram de feição política, quer dizer, de monolíngües passaram a multilíngües, em decorrência da internacionalização crescente, que predominou, no decorrer século XIX, em todas as áreas do saber. As línguas ganharam prestígio e os dicionários especializados tornaram-se, cada vez mais, indispensáveis.
No decorrer do século XX, a terminologia remanescente e nascente serviu de testemunho não só do avanço das ciências e das técnicas, mas dos conflitos humanos de pós-guerra e das novas tecnologias, surgidas, principalmente, na era da cibernética. É assim que a terminologia ganha dimensão política na seqüência dos eventos mundiais que os termos referenciam.
Na atualidade, a distância geográfica entre povos é cada vez menor em decorrência da integração, por meio das redes de comunicação que desempenham um papel político lingüístico relevante em favor da proximidade lingüística, desenhada no bojo da globalização. O modelo econômico de integração dos países em bloco hoje, todos sabemos, é o Mercado. Contudo, nesse modelo de organização social, que favorece a internacionalização das trocas políticas e econômicas, as línguas se fixam como patrimônios.
Como princípio de ética, porém, qualquer política de línguas deverá trabalhar a unidade e a diversidade. Não se trata de pólos de contradição, mas de eixos de transição. A unidade é uma razão do Estado e a diversidade ou variedade é a matéria lingüística própria da comunidade, pois reflete a língua em uso, ou seja, as linguagens verbais, por meio das quais os indivíduos se comunicam. A unidade é resguardada pelo padrão oficializado em um modelo de gramática e a variedade se faz representar nas diversas gramáticas pragmáticas e práticas de um Estado lingüístico. Para compreender como se desenrola o discurso social, é preciso saber como a língua e as linguagens representam nossas experiências e, para isso, deve-se refletir sobre a maneira como as linguagens realizam as ações de interação.
No transcurso dos últimos anos, a conscientização diante do fenômeno lingüístico derivou-se em, pelo menos, duas direções. Uma, que advoga a posição universalista diante de um sistema lingüístico, e outra, que reconhece a diversidade, resultante da interação lingüística entre povos. A primeira, de caráter homogeneizador, ressalta a unidade lingüística como fenômeno de preservação; a segunda argumenta que a unidade se fortalece na diversidade e proporciona que as singularidades de cada comunidade se sobressaiam.
Visto dessa forma, no macroespaço da diversidade, a terminologia disciplina teórica e aplicada, em seus diversos enfoques e abordagens, enfraquece-se como unidade, porque perde, sorrateiramente, as características de berço, que tão bem motivam e justificam a prescrição, calcada na univocidade e na monossemia. Justifica-se, portanto, que, na diversidade social, a terminologia já nasce política e firma-se nos diferentes ambientes sociais, culturais e lingüísticos como entidade que difunde políticas, porque depende das escolhas deliberadas que sobre ela recai. Contudo, sob a égide de paradoxos, para ensinar terminologia em nossas universidades, é preciso explicação e convencimento. Ao mesmo tempo em que o mundo precisa de terminologias para comunicar-se, os professores de terminologia, pesquisadores e especialistas dos diferentes ramos do saber em que o conhecimento da terminologia é exigido têm de, muitas vezes, argumentar, no âmbito dos programas acadêmicos, que formar especialistas em terminologia é tão necessário quanto formar profissionais de qualquer outra área do conhecimento.
A terminologia, no seu papel interdisciplinar, exige conhecimentos das diversas áreas da lingüística, porque um termo, como qualquer palavra, é um signo. Mesmo assim, as questões relativas à “gramática do termo” apresentam particularidades de individuação capazes de distinguir, sob o ponto de vista epistemológico, um item lexical comum de um item terminológico. As questões pertinentes à singularização da disciplina terminologia podem ser interpretadas sob um ponto de vista interno, que demonstra como funciona o mecanismo dos fenômenos linguísticos, e outro externo, que responde às necessidades de difusão de terminologias na comunicação internacional.
Sob ponto de vista interno, os mecanismos que operam na estrutura do termo são e só podem ser inerentes à gramática da língua na qual as terminologias se originam. Nesse sentido, as regras da gramática terminológica, em princípio, coincidem com os padrões da língua comum. No entanto, há formas terminológicas que escapam aos modelos canônicos que não estão descritos nas gramáticas normativas. Nos dados: [1]
i) FUST [Fundo que tem por finalidade proporcionar recursos destinados a cobrir a parcela de custo exclusivamente atribuível ao cumprimento das obrigações de universalização de serviços de telecomunicações, que não possa ser recuperada com a exploração eficiente do serviço.]
ii) Fundo de universalização dos serviços de telecomunicações [Variante de FUST]
iii) FUST educação [Fundo que trata da disseminação de recursos de telecomunicações e informática nas escolas públicas federais, estaduais e municipais, com o objetivo de promover o desenvolvimento e o enriquecimento pedagógico.]
iv) FUST para portadores de necessidades especiais [Fundo que trata da implantação de acessos individuais dos serviços de telecomunicações e equipamentos de interface a pessoas portadoras de necessidades especiais e a instituições de assistência a portadores de necessidades especiais.]
A forma em i) é uma redução por sigla da unidade terminológica complexa (UTC) que está expandida em ii). A siglação é um processo gramatical que segue a tradição, mas que só tem funcionalidade se o usuário dessa forma tiver conhecimento do conceito da forma expandida. Como recurso de linguagem, as reduções fazem parte da gramática de todas as línguas e, na condição de forma simples, está sempre em sinonímia perfeita com a forma expandida. A forma expandida é, normalmente, uma forma complexa porque sua expansão se dá pela adição de categorias gramaticais à base do termo e que se acumulam para construir o novo significado ideológico. Assim, o conceito e o significado referencial encerram as particularidades semânticas próprias da linguagem de especialidade à que pertence o termo.
Essa perspectiva demonstra que gramática e léxico são uma única entidade em que, no uso, somente a forma depende de uma escolha, porque o conteúdo já está previamente estabelecido.
No dado iii), a forma apresenta uma falha de construção porque adiciona à direita um substantivo sem o elo de ligação entre as duas categorias nominais [FUST + saúde]. A construção do termo resulta da escolha deliberada da forma reduzida FUST + Ø+ substantivo SAÚDE, donde Ø indica a anulação de uma entidade relacional, que pode ser de ~ para ~ em, dependendo do significado da referência.
No dado iv), os argumentos à direita da forma reduzida [FUST] são introduzidos pela preposição PARA. Por aí, pode-se constatar que no dado iii) [FUST educação] a preposição nula é a mesma [FUST para educação].
Ao considerar que é das normas que saem as deliberações de uso, há de admitir-se que as escolhas gramaticais não deixam de refletir atitudes políticas da comunidade de fala.
Sob o ponto de vista externo, é possível considerar que a universalização das terminologias é um processo político. A sociedade que cria o objeto é a que denomina; essa denominação, que já nasce num espaço político, vira termo, navega nas redes de intercomunicação, impõe-se nas línguas recebedoras e se internacionaliza. Os internacionalismos compõem um importante quadro externo no conjunto das terminologias nacionais, porque, ou instalam-se na língua recebedora como aparecem na origem, ou tornam-se híbridos, ou provocam o surgimento de uma forma vernacular em que o decalque de forma e de conceito é evidente. Nos dados seguintes, transcritos do Léxico panlatino da Internet, elaborado pela Rede Panlatina de Terminologia (Realiter) [2], escolheu-se como língua de partida o inglês para verificar de que maneira as línguas românicas selecionaram os usos equivalentes para o termo de entrada chat.
chat, n
| fra |
bavardage-clavier |
n.n. |
(QC) |
| fra |
dialogue en direct |
n.m. |
|
| fra |
causette |
n.f. |
(FRA) |
| fra |
clavardage |
n.m. |
(QC) |
| fra |
cyberbavardage |
n.m. |
|
| fra |
bavardage |
n.m. |
|
| fra |
causerie bavardage |
n.f. |
|
| spa |
charla interactiva |
n.f. |
(MEX) |
| spa |
plática |
n.f. |
(MEX) |
| spa |
conversación |
n.f. |
(MEX) |
| spa |
chat |
n.f. |
(MEX) |
| spa |
charla |
n.f. |
(ARG, ESP) |
| spa |
chateo |
n.m. |
(ESP) |
| cat |
tertúlia |
n.f. |
|
| cat |
xat |
n.m |
|
| por |
chat |
s.m. |
[BRA, POR] |
| por |
conversa |
s.f. |
[POR] |
| por |
conversa em linha |
s.f. |
[POR] |
| ita |
chiacchierata |
s.f. |
|
| ita |
conversazione |
s.f. |
|
| ron |
conversatie |
s.f. |
|
| ron |
discutie |
s.f. |
|
| ron |
chat |
s.m. |
|
| ron |
palavrageala |
s.f. |
(colocvial) |
| glg |
charla |
s.f. |
|
O resultado dessas recolhas demonstra como as línguas resolvem os problemas de equivalentes, respeitando a diversidade e as variantes internas. No Brasil (BRA), por exemplo, o termo usado com grande freqüência é chat e não apareceu, durante a consulta feita aos especialistas, qualquer outra variante; em Portugal (POR) há a coocorrência de chat, conversa e conversa em linha. O mesmo fato lingüístico pode ser observado entre os usos da França (FRA) e do Québec (QC), por um lado, e da Espanha(ESP), do México (MEX) e da Argentina (ARG) por outro, considerando-se, nesse quadro, as línguas na diversidade internacional e as varaintes nos usos nacionais, como na Itália (ITA) e na Romênia (RON).
Um termo que pode surgir da atividade dos profissionais das áreas de especialidade, pode também se impor a partir da força popular dos veículos de comunicação. No Brasil, a implantação bem-sucedida de terminologias pode ser fruto de incorporação destas pelos autores de dicionários de língua comum e de linguagens de especialidade, cabendo, posteriormente, aos usuários e especialistas a crítica ou a aceitação tácita da expressão. Serve de ilustração o excerto extraído de um jornal brasileiro, que transcreve pronunciamentos dos elaboradores da nova edição do Vocabulário da Academia Brasileira de Letras (VOLP, 1998):
Para entrar no vocabulário, a palavra tem de ser usada por um autor ou em alguma situação que tenha importância, ou seja, ter uso corrente na TV ou em jornais, diz o lexicógrafo Antônio José Chediak, coordenador da equipe que elaborou o vocabulário. Ou seja, uma língua não pode ser pensada de maneira isolada em relação à sociedade, sua cultura e os processos que a atravessam. Esses processos influenciam e modificam aspectos de uma língua de formas diferentes. E, devido à influência crescente da tecnologia e da ciência, os termos usados nesses campos tendem a ganhar mais importância nos modos de expressão das sociedades atuais. "Desde o século 19, a linguagem tecnológica tem tomado conta do vocabulário culto. Eu diria que a tecnologia tem sido a grande responsável pelo aumento do vocabulário culto", diz o lingüista Antônio Houaiss.
A influência da tecnologia sobre a nossa vida pode ser percebida no vocabulário. "Quase dois terços das novas palavras vêm da tecnologia e da informática", diz Arnaldo Niskier, presidente da Academia Brasileira de Letras. Para um termo ser aceito como uma palavra, não basta que ele seja usado por um grupo de pessoas. "Se a TV e os jornais usam um termo, ele acaba se popularizando. Uma língua é dinâmica e tem de refletir as mudanças de uma sociedade", diz Diógenes de Almeida Campos, da Academia Brasileira de Ciências. Ele integrou a equipe que elaborou o vocabulário.
Além da difusão, é preciso que um termo substitua outro em determinada área. É o caso de "deletar", explica Chediak. O mesmo não ocorre com outro termo usado em informática, "printar". "Em português existe a palavra imprimir. Julgamos que o uso de "printar' não é amplo o suficiente para incorporá-lo como palavra nova", diz Niskier. A diferença entre os dois casos, continua Niskier, se apóia em um limite: a manutenção da identidade de uma língua. "A linguagem tende a se globalizar e, nesse processo, o inglês tende a ganhar espaço, mas é necessário preservar as raízes de cada povo. É preciso estar aberto a esses processos, mas evitando exageros." [3]
Para fechar estas idéias acerca da dimensão política da terminologia, é bom lembrar que o tema está em construção, uma vez que qualquer política se faz sucessivamente. As terminologias científicas e técnicas operam no dia-a-dia, pois estão em todos os lugares de comunicação e nos diferentes usos da língua, com a função de estimular a reflexão acerca das linguagens de especialidade e de atestar que a variedade está presente em todos os estratos lingüísticos.
[1] Extraídos do glossário da Sociedade da Informação (SOCINFO), Brasília, 2000

[2] Este projeto foi de iniciativa e coordenação geral do Bureau de la traduction do Canadá, 1999, e contou com a participação de especialistas em terminologia de todos os países de línguas neolatinas ali nomeados.

[3] Extraído da reportagem “Português ganha 6.000 palavras novas”, de Marta Avancini para a Folha de São Paulo, do dia 10/9/98.

|