Actas / Atas
1988-2002
Presentación / Apresentação
I Simposio (1988)
II Simpósio (1990)
III Simposio (1992)
IV Simposio (1994)
V Simposio (1996)
VI Simposio (1998)
        Índice
VII Simpósio (2000)
VIII Simpósio (2002)
Índice por autores

 

 

Retos neológicos en el establecimiento
de las denominaciones vulgares de la zoología y la botánica

Glòria Fontova i Hugas
Dolors Montes Pérez
TERMCAT
España

 

Las denominaciones vulgares de los múltiples elementos taxonómicos que componen la terminología de la zoología y la botánica no son más que un caso particular de terminología especializada. Como ya es sabido, la terminología de los distintos ámbitos de especialidad evoluciona al ritmo de las constantes necesidades que surgen en la sociedad. La inmediatez de los intercambios de conocimientos e información entre un extremo y otro del planeta, generada por la revolución de los sistemas comunicativos y la globalización informativa y cultural que caracteriza este siglo que se acaba, ha provocado un vertiginoso aumento de necesidades terminológicas en todos los campos de la ciencia y la técnica.

La neología se ha hecho omnipresente en los terrenos que, como la informática, las telecomunicaciones, la ingeniería genética o la economía, se consideran los principales motores de progreso de nuestra sociedad. Existen, sin embargo, otros ámbitos, como la zoología y la botánica, en apariencia no tan directamente vinculados al concepto de progreso o avance tecnológico, en los cuales las necesidades neológicas también han abierto una brecha importante.

En esta comunicación se pretende mostrar la necesidad de crear denominaciones populares para unas especies animales y vegetales que, paradójicamente, ya disponen de unas denominaciones científicas reconocidas internacionalmente que las identifican. Se trata de un antagonismo denominativo que refleja la distinta visión de dos comunidades –la científica y la profana– que, inevitablemente, en la nueva sociedad global que se dibuja, se ven obligadas a entenderse y a complementarse. Cabe añadir a este marco el reto que debe afrontar una lengua minoritaria como el catalán que, después de largos años de prohibición de uso público y viviendo todavía en la actualidad un proceso de normalización lingüística, tiene que aprender ahora a conjuminar la imparable tendencia a la uniformización terminológica que exige el contexto internacional, con la voluntad de mantener la personalidad lingüística que garantiza la supervivencia y la identidad cultural de los pueblos.

 

La nomenclatura biológica

Uno de los objetivos principales de las ciencias biológicas es el de describir los organismos y seres vivos de la naturaleza. Para ello, se han tenido que crear sistemas jerárquicos de clasificación que expresan los diversos grados de similitud entre estos grupos de organismos ordenándolos, de manera ascendente, dentro del sistema cuya base empieza con individuos claramente diferenciables los unos de los otros, que constituyen las especies. Éstas, a su vez, se agrupan con aquellas que muestran un mayor número de características comunes en grupos más amplios denominados géneros. Los géneros se agrupan dentro de otros grupos llamados familias y así, sucesivamente, se van completando los niveles, o rangos taxonómicos, de la jerarquía. Cada uno de los grupos ordenados según este sistema constituye una unidad taxonómica o taxón.

La nomenclatura científica utilizada por la biología se pone al servicio de la taxonomía para denominar todos los grupos de la clasificación. Está basada en la consideración de los nombres como símbolos convencionales y arbitrarios, universales y concretos, que sirven de punto de referencia y de vehículo de comunicación al mismo tiempo. El establecimiento de la nomenclatura científica viene regido por los llamados códigos de nomenclatura [1] que regulan, a nivel internacional, la creación y el uso del nombre de las especies botánicas y zoológicas. Este sistema nomenclatural, fundamentado en los criterios establecidos por el naturalista sueco Linné, pretende superar las imprecisiones y errores propios del léxico popular e introduce las denominaciones binominales latinizadas para cada especie, de manera que el primer nombre de la denominación corresponde al género y el segundo a la especie.

La nomenclatura así establecida no tiene un carácter definitivo sino que está sometida a la continua revisión a que obliga el constante progreso de las investigaciones científicas. A menudo sucede que, aún sin quererlo, los reajustes de las clasificaciones de los grupos taxonómicos que presentan un cierto grado de provisionalidad suponen una puerta de entrada a la nunca deseada sinonimia.

 

La nomenclatura popular

Los nombres populares asociados a las plantas y a los animales no están sometidos a las reglas de la nomenclatura científica o biológica. Son nombres que no han surgido a partir de ningún criterio biológico objetivo sino de una simple necesidad de comunicación y de utilidad. El lenguaje popular relativo al mundo animal y vegetal está muy lejos de pretender ser exhaustivo o de querer inventariar todos los elementos de la naturaleza.

La nomenclatura taxonómica se fundamenta, por definición, en un criterio de univocidad (existe un nombre para cada especie definida) y, al menos teóricamente, no hay espacio ni para la polisemia ni para la sinonimia. El lenguaje popular, asociado a numerosas confusiones e imprecisiones, puede disponer, en cambio, de una misma denominación para designar especies distintas, de varias denominaciones para nombrar una única especie o, en el peor de los casos, puede llegar a ignorar –o a asignarles sólo un nombre genérico– aquellas especies que, por diversas razones, no despiertan ningún tipo de interés.

Cuando las arañas se asocian a los insectos, cuando un ratón se confunde con el macho de una rata o cuando denominaciones como pino blanco y pino negro designan un mismo árbol, es cuando se hace patente el desencuentro entre la nomenclatura popular y la científica. A todo ello hay que añadir la existencia de variantes dialectales que no hacen más que aumentar la diversidad lingüística para unos y el caos denominativo para otros. Es obvia, pues, la necesidad que tienen los biólogos de aplicar un único nombre científico a la inmensidad de especies vegetales y animales existentes.

 

Situación de las denominaciones catalanas de plantas y animales autóctonos

Desde hace años, han sido numerosos los naturalistas catalanes que han dedicado gran parte de su tiempo a la recopilación y la sistematización de las denominaciones botánicas y zoológicas. La mayoría de estos científicos ha sentido también un interés profundo por los problemas relativos a la normalización de una lengua que, por causas históricas, no ha podido evolucionar con plena naturalidad. Esta situación lingüística del catalán, aparentemente desaventajada, ha provocado como consecuencia que los especialistas en estas materias se ocuparan activamente de la recopilación, que era sinónimo de salvaguarda, de las denominaciones populares de las plantas y animales autóctonos. No sólo los diccionarios de la lengua general, sino también las publicaciones especializadas son el testimonio de años de trabajo de inventariación [2].

Uno de los aspectos primordiales que los especialistas han tenido que abordar en un momento u otro de su trabajo ha sido el de la regularización y la fijación de las denominaciones vulgares. Las lenguas de cultura han intentado resolver los problemas propios de la nomenclatura popular básicamente de dos maneras distintas. En el caso de algunas lenguas románicas, como el español, el portugués o el italiano, se ha optado, en general, por el uso del nombre popular cuando éste existe y por el mantenimiento del nombre latino para aquellas especies que carecen de denominación vulgar. Las lenguas germánicas, como el alemán y el inglés, y también alguna románica como el francés, han preferido, sin embargo, crear una nomenclatura completa de nombres comunes basada en la creación de nuevas denominaciones pseudopopulares o vulgarizadas a partir de la adaptación o la traducción más o menos literal de las formas latinas. El catalán ha seguido tradicionalmente la tendencia, al igual que el español, de limitarse a la conservación de los nombres populares sin recurrir, salvo en casos esporádicos, a la creación de nuevas denominaciones.

Como ya es sabido, la ciencia, aun siendo una materia alejada del común de las gentes y estando sólo al alcance de un reducido grupo de estudiosos, ha evolucionado siempre al compás de los cambios que se han producido en la sociedad. Cualquier alteración o transformación social genera, a menudo, replanteamientos científicos de diversa índole que favorecen la evolución de las distintas áreas del conocimiento humano. En el terreno que nos ocupa, y especialmente en el campo de la botánica, los cambios sociológicos que empiezan a producirse en la década de los años 60, y que irán en aumento en los años sucesivos, centran la atención de los especialistas y exigen nuevas reflexiones metodológicas. Por un lado, el éxodo intenso de población del campo a la ciudad origina la pérdida de buena parte del vocabulario rural. Por otro lado, los agricultores, debido a la creciente tecnificación de su trabajo, se alejan del contacto directo con la naturaleza y tienden a perder también la riqueza léxica de antaño. Este empobrecimiento de la terminología popular relativa al mundo vegetal se ve compensada, sin embargo, por un aumento progresivo del nivel cultural de una parte de la sociedad que empieza a adoptar como propia la nomenclatura botánica. Este nuevo contexto social justifica y explica plenamente el interés de los botanistas no tan sólo por inventariar los nombres de las plantas en catalán, sino por establecer también unas normas que contribuyan a la selección y a la fijación de dichas denominaciones.

En las obras enciclopédicas de divulgación general o en las de carácter más especializado publicadas a partir de los años setenta y ochenta, la selección de los nombres vulgares de animales y plantas viene guiada por una intención altamente regularizadora. Se establecen formas principales preferentes para todos los animales o plantas de interés que son fruto, o bien de un criterio de selección entre múltiples formas existentes, o bien de la adaptación o derivación a partir de formas latinas o de otras lenguas próximas.

En esta última década de los noventa, y a medida que las necesidades surgidas de los distintos sectores de la sociedad lo han ido reclamando, se han realizado actuaciones puntuales para establecer la fijación de las denominaciones de animales o plantas en catalán. Es el caso, por ejemplo, en el ámbito de la ictiología, de la elaboración de una nomenclatura oficial catalana para las especies pesqueras de interés comercial [3], fruto de una estrecha colaboración entre instituciones gubernamentales, científicas, lingüísticas y terminológicas de nuestro país.

Cabe destacar también la actuación llevada a cabo por la Sociedad Catalana de Herpetología que, a principios de los años 90, se propuso unificar la nomenclatura de los nombres vulgares catalanes de los anfibios y reptiles. El nomenclátor, elaborado por un prestigioso equipo de herpetólogos catalanes, fue sometido a la aprobación de todos los miembros de dicha Sociedad y, posteriormente, al Consejo Supervisor del TERMCAT para la normalización formal de las denominaciones propuestas. Este procedimiento garantizó, por una parte, la adecuación lingüística y terminológica de las denominaciones establecidas y, por otra parte, el consenso de todos los especialistas en la aplicación de esta nomenclatura. El proceso de normalización terminológica sirvió para detectar y corregir algunas inadecuaciones lingüísticas y para establecer recomendaciones concernientes al uso de denominaciones sinónimas. Así, por ejemplo, la especie Coluber viridiflavus, bautizada inicialmente por los especialistas con el nombre vulgar de serp verd groga (“serpiente verde amarilla”), pasó a denominarse serp verd-i-groga (“serpiente verde y amarilla”) después de que los mismos especialistas confirmaran que no se trataba de una serpiente con una tonalidad entre verde y amarilla sino que el reptil en cuestión poseía ambos colores.

Aun siendo conscientes de no poder citar, por limitaciones de exposición, otros ejemplos de establecimiento de nombres populares de animales y plantas, no podemos dejar de mencionar la nomenclatura divulgada en los boletines oficiales del gobierno catalán como consecuencia de la legislación aplicada a la protección de la fauna y la flora autóctonas. Así como las especies de animales y plantas incluidas en estos documentos legales se declaran especies protegidas en Cataluña, puede también considerarse que las denominaciones populares relativas a estas especies, por el hecho de aparecer en un texto legal, obtienen el rango de nomenclatura catalana oficial.

Algunas de las especies de animales detalladas en esta ley [4], como Rosalia alpina, Maculinea teleius, Maculinea nausithous o Proserpinus proserpina, no tienen, sin embargo, correspondencia con ninguna denominación popular. La causa debe buscarse, seguramente, en el hecho de que todas ellas pertenecen al mundo de los insectos, que se distribuyen en 30 órdenes distintos y que contienen cerca de un millón y medio de especies. Es evidente, pues, que a pesar de su importancia biológica y económica, como fuente de plagas agrícolas, como portadores de enfermedades, como depredadores o como biomasa, el establecimiento de una nomenclatura vulgar para estas especies de orden inferior es altamente compleja [5].

Los distintos especialistas y equipos de investigación que actualmente trabajan en el establecimiento de la nomenclatura popular de las especies de sus respectivas áreas de estudio son conscientes del rigor terminológico que deben aplicar a su labor. En este sentido, es importante, en el ámbito de la zoología, la publicación, en el año 1992, de una guía que establece los criterios para la denominación catalana de animales elaborada por TERMCAT y aprobada por su órgano normalizador, el Consejo Supervisor. Este documento, que se elaboró con la voluntad de ser una herramienta útil para aquellos especialistas y equipos de investigación que tuvieran necesidad de utilizar criterios de selección y de creación de nombres de especies animales autóctonas o exóticas en catalán, ha supuesto un paso importante en la definición, la cohesión y la normalización de dichos criterios.

 

Situación de las denominaciones catalanas de plantas y animales exóticos

Las necesidades denominativas de especies zoológicas y botánicas son cada vez más crecientes fuera de los círculos estrictamente científicos o especializados. Ello significa que en estos momentos existe también una demanda social de nombres vulgares que hasta hace relativamente poco hubiera parecido impensable y que, además, no sólo afecta a las especies autóctonas, sino también a las exóticas. La nomenclatura latina, tan habitual para los científicos, resulta en cambio abrumadora para esa gran masa de población de nivel cultural medio o elevado, que tampoco tiene ya ninguna relación con las tareas del campo o del mar, pero que en cambio se interesa por conocer no ya la flora y la fauna del propio país sino también las especies más alejadas a su hábitat inmediato. Se trata de receptores de información que exigen fiabilidad científica y exhaustividad, pero también proximidad lingüística con aquello que se les muestra, es decir, denominaciones transparentes desde un punto de vista semántico y pertenecientes a su código lingüístico habitual.

Ni que decir tiene que el creciente interés por conocer otros mundos corre paralelo a esa tendencia a la globalización de la información y de la cultura a que hemos hecho referencia al iniciar esta comunicación. Si el abanico de población a quien interesa la nomenclatura botánica y zoológica se ha ampliado –igual que se han ampliado, no podemos negarlo, los receptores no especialistas de terminología médica, económica o informática, por poner sólo algunos ejemplos emblemáticos— ha sido fundamentalmente porque, al menos en los países hoy conocidos como desarrollados, la información parece llegar cada vez a más personas. Mundos que hasta hace poco nos eran desconocidos nos entran ahora cada día en casa a través de la televisión, de la pantalla del ordenador o de los libros a que tenemos acceso, como si estuvieran a la vuelta de la esquina. El desarrollo tecnológico tiene un papel fundamental en ello y también, por supuesto, el desdibujamiento cada vez mayor de los límites fronterizos entre los países.

La globalización creciente y el surgimiento de sociedades cada vez más multiculturales comporta también una banalización de la terminología empleada en las diversas áreas de especialidad, a pesar de la contradicción existente entre este fenómeno y el proceso de superespecialización y elitismo en que, ciertamente, se mueven hoy en día la ciencia y la técnica. Banalización no debería entenderse aquí, sin embargo, en sentido peyorativo, sino sencillamente en el sentido que el conocimiento especializado es cada día más asequible para la población media. En nuestro caso, esto conlleva una necesidad de repensar el concepto de especie exótica y, sobre todo, de replantearse la tendencia, hasta ahora habitual, a denominar las especies así consideradas sólo con su nombre latino o científico. Bastantes ejemplos, que nada tienen de anecdóticos, podrían ayudarnos a fundamentar la necesidad denominativa de que hablamos.

Seguramente a casi nadie se le ocurriría decir hoy en día en nuestro país que, por ejemplo, la orca es una especie exótica, entendiendo ésta como una especie desconocida o alejada de la realidad cognitiva de la población. No se trata, en absoluto, de que ahora nuestras aguas estén llenas de orcas, pero sí de que tal vez para un niño es hoy más conocido este cetáceo, inexistente en efecto en aguas catalanas fuera de los parques zoológicos, que, por ejemplo, un jabalí, que es una especie autóctona de nuestros bosques. No pretendemos comparar la orca, un animal que por razones diversas ha disfrutado últimamente de un gran protagonismo televisivo, con según qué especies ciertamente alejadas, pero sí es necesario asumir que cada día que pasa las especies exóticas dejan atrás un poco de su exotismo para naturalizarse, ni que sea en las mentes humanas, en otros lugares.

Siguiendo esta misma línea —y como muestra de la importancia de las denominaciones vulgares— hasta hará aproximadamente tres o cuatro años pocas personas de nuestro país conocían la existencia del Reinhardtius hippoglossoides. Se trata del llamado fletán negro en español, un pez de aguas boreales que habita sobre todo en las costas del Canadá. Los problemas que tuvieron un grupo de pescadores españoles con las autoridades canadienses a causa de la pesca de este voraz y preciado pleuronéctido, inexistente en nuestras aguas, convirtieron en famoso un pez que hasta entonces más de uno habíamos comprado congelado pensándonos que era un simple lenguado (como lenguado limón lo comercializaban algunos). La llamada “guerra del fletán” desencadenó también otra guerra, en este caso terminológica, para ver cuál era el nombre —no latino, por supuesto— más adecuado para denominar este pez en catalán y difundirlo a través de los distintos medios de comunicación. La necesidad de encontrar una solución rápida llevó a difundir, aparte de las vacilaciones entre fletan, fletà o halibut (en inglés, por ejemplo, se llama Greenland halibut), verdaderas barbaridades, entre otras la de rèmol, forma que corresponde a un pez de una familia completamente distinta a la del fletán (la de los escoftálmidos) y que, además, vive en nuestras aguas: el Scophtalmus rhombus o rémol en español.

No es ningún secreto, de hecho, que cada día que pasa encontramos en los mercados catalanes nuevos productos naturales procedentes de lugares lejanos a nuestras tierras. Y si esto ocurre ya en sectores como el de la pesca, de una larga tradición en Cataluña, en otros campos como el de las frutas y las verduras o el de las maderas, la introducción de variedades lejanas o exóticas es muchísimo más abrumadora. En lo que concierne al sector pesquero, ya hemos visto que la lengua catalana dispone, desde el año 1992, de un nomenclátor oficial de especies de interés comercial; algunas especies, sin embargo, muy conocidas ya comercialmente aunque lejanas, carecen todavía de denominación vulgar fijada en catalán. Tomemos como ejemplo el ya mencionado Reinhardtius hipoglossoides —finalmente bautizado de forma provisional como halibut negre—, Diodon hystrix o Cyclopterus lumpus, por citar sólo algunas.

Por otro lado, las nuevas frutas y verduras, sobre todo tropicales, se extienden por los mercados y comercios de nuestro país de forma creciente y, evidentemente, sin ninguna piedad terminológica. Ahí tenemos sino, en el caso de las verduras, el Hibiscus esculentus —conocido en español como quingombó, ocra o gombó, según las zonas—, el chayote (Sechium edule) o, por qué no, la infinidad de algas que nos suelen llegar a través de la cocina oriental, la fitoterapia o la homeopatía, tan en boga actualmente: la Hizikia fusiforme o iziki, la Porphyra ternera o nori, la Undaria pinnatifida o wakame, la Spirulina maxima o espirulina, etc. El caso de las frutas es aún más significativo: productos de origen exótico como el lichi, el mangostán, la fruta de la Pasión o el rambután, de reciente aparición en los diccionarios catalanes o inexistentes todavía, no provocan ya ninguna extrañez entre la población. Exactamente lo mismo ocurre con la introducción de nuevos tipos de madera para la fabricación de muebles y otros usos: las maderas de mukali, de bolondo, de manzonia, de etimoe o de bubimga, por poner sólo algunos ejemplos, son también cada día más conocidas. En el caso de las maderas, el nombre del producto propiamente dicho y el nombre del árbol del que procede son coincidentes, pero no ocurre siempre lo mismo —o, al menos, hay que decidirlo cada vez— en el caso de las frutas, donde se suele generar la doble necesidad de denominar el producto, por un lado, y el árbol, por el otro. La tarea no es fácil ni puede hacerla el terminólogo sin ayuda del especialista: identificar exactamente la especie objeto de estudio, conocer las denominaciones que recibe en las distintas lenguas y especialmente en la lengua de origen (que no siempre coincide con la lengua a través de la cual se transmite) y decidir en cada caso si es preferible adaptar el nombre original (o vehicular), efectuar un calco o bien hacer una propuesta denominativa nueva son aspectos complejos que exigen unos criterios lingüísticos y científicos claros y fijos en que sostenerse y, por tanto, un trabajo nada sencillo.

Pero no son únicamente estos productos de consumo recién llegados los que generan hoy en día necesidades denominativas que afectan a la terminología zoológica y botánica. La televisión catalana, por ejemplo, emite prácticamente a diario documentales, repletos de nueva terminología, sobre la flora y la fauna de otros países. Se trata de documentales en su mayoría de origen anglosajón y donde cualquier pequeña especie, ya sea un mamífero o una mariposa, se cita con su nombre vulgar correspondiente. Los hay con un alto grado de especialización, aunque su voluntad es siempre divulgativa, y los hay destinados a un público joven y menos experto, pero en la mayoría de los casos la lengua catalana no suele disponer de formas fijadas para traducir la infinidad de denominaciones inglesas que aparecen en estos programas. En un contexto así, la nomenclatura latina, aunque científicamente sea la más rigurosa, no es la más adecuada para incidir en el público televisivo y captar su atención. No podemos pretender que formas como Epicrates angulifer o Crocodylus rhombifer, correspondientes al majá y al cocodrilo de Cuba, respectivamente, se asimilen con la misma facilidad con que se asimilarían en catalán boa cubana (o incluso majà, si se decidiera mantener el nombre de origen) i cocodril de Cuba.

Este mismo problema surge en la elaboración y la traducción, cada día más frecuentes, de atlas, enciclopedias o guías sobre la flora y la fauna de lugares cercanos a nosotros o completamente alejados. Igualmente, la función divulgativa de los museos, los parques zoológicos o los acuarios también hace siempre preferible consignar el nombre vulgar de cada especie expuesta al lado del nombre científico, sobre todo si se dispone de los nombres vulgares en otras lenguas.

A pesar de las necesidades constatadas, es cierto que también se ha trabajado, y se continúa trabajando actualmente, en el establecimiento de denominaciones catalanas de especies foráneas, aunque de forma muy variable según los grupos taxonómicos. Así, por ejemplo, el interés popular por las aves, la tradición ornitológica catalana y seguramente también el número relativamente abarcable de especies, han dado resultados como la aparición, ya en el año 1987, de la traducción y adaptación de la famosa guía británica de Peterson, Mountfort y Hollom sobre las aves de Europa, que supuso un paso de gigante para la fijación de los nombres patrón de todas las especies ornitológicas europeas [6]. Pero la gran labor llevada a cabo con esta publicación y las numerosas intervenciones puntuales que se han hecho para denominar otras especies de fuera del continente europeo no son suficientes todavía para hacer frente a las necesidades que se constatan día tras día.

De gran interés es también el trabajo que están llevando a cabo actualmente un equipo de especialistas del Parque Zoológico de Barcelona, en colaboración con TERMCAT, en el establecimiento de las denominaciones catalanas de los mamíferos del mundo. Una vez más, el número delimitado de especies y el hecho de contar con clasificaciones exhaustivas y nomenclaturas fiables en otras lenguas facilitan una tarea tan larga y complicada como ésta.

Ámbitos, en cambio, como el de los peces, el de las plantas y, de forma especial, el de los invertebrados, se hallan mucho más descubiertos de terminología vulgar fijada, entre otras razones, porque el gran número de especies existentes los hacen menos sistematizables que el de los mamíferos o el de las aves. Las clasificaciones dentro de estos grupos suelen ser más abiertas, están menos fijadas y se descubren nuevas especies cada día. Los invertebrados, específicamente, suelen tener una difusión mucho más limitada, las denominaciones vulgares de especies exóticas, e incluso autóctonas, escasean, en general, en todas las lenguas y, cuando las hay, suelen ser más bien genéricas, se denominan las familias o los géneros, pero hay más vacíos por lo que a especies concretas se refiere.

 

Actitud de los especialistas ante la creación de denominaciones catalanas de animales y plantas

A pesar del interés histórico que han demostrado los científicos en general por preservar y, en muchos casos, por sistematizar las denominaciones vulgares al lado de las denominaciones científicas, actualmente se observa una doble actitud en este grupo de expertos. Por un lado, los científicos que trabajan en ámbitos académicos altamente especializados y que, en general, tienen menos contacto con el público no especialista, suelen ser poco favorables a efectuar intervenciones en la terminología vulgar. En muchos casos, no entienden la necesidad de crear denominaciones nuevas y para ellos artificiosas, cuando ya existe una terminología universal y unívoca con la que entenderse sin problemas, que es la nomenclatura latina. Son a menudo, por tanto, reticentes a lo que ellos suelen llamar “inventar nombres” a pesar de que, paradójicamente, los inventan en latín cada vez que descubren una nueva especie o un nuevo matiz en los grupos taxonómicos.

Los expertos que, en cambio, ejercen su profesión en el seno de instituciones cuyo objetivo primordial, además de la conservación de especies animales y vegetales, es la divulgación científica y la educación de un público no especialista (museos de zoología, jardines botánicos, acuarios, parques zoológicos, etc.), suelen estar, en cambio, mucho más sensibilizados por el problema de las denominaciones vulgares. Incluso podríamos decir que no se trata solamente de sensibilización por el problema, sino que a menudo suele ser de estas instituciones de donde surgen las demandas de puesta al día de la terminología vulgar para poderla utilizar como vehículo de transmisión de los conocimientos científicos. No es en vano que la mayoría de trabajos en catalán que se están llevando a cabo actualmente en esta dirección, o que ya se han realizado, han surgido de la voluntad de profesionales relacionados de un modo u otro con organismos de este tipo.

También es cierto, sin embargo, que no todos los grupos biológicos pueden abordarse del mismo modo a causa de sus diferentes dimensiones y grado de establecimiento, hecho que, obviamente, provoca divergencias de opinión y de actitud entre los expertos de los diversos sectores. Responde a una cierta lógica que, por ejemplo, los taxonomistas que trabajan con invertebrados o con plantas se sientan más impotentes a la hora de hacer propuestas neológicas que los que trabajan con mamíferos o con aves, especialmente cuando estas propuestas deben hacerse de modo aislado, sin disponer de una visión taxonómica de conjunto o de unos criterios generales. En todo caso, lo que parece necesario es llevar a cabo una reflexión conjunta, científicos y terminólogos, sobre las necesidades reales en materia de denominaciones vulgares. Tal vez se llegaría a la conclusión de que no hace falta ni es posible denominarlo todo, pero sí sería importante establecer unos criterios generales que sirvieran, al menos, para poder trabajar ordenadamente y con datos fiables.

En efecto, la terminología de la zoología y la botánica no funciona de forma diferente a como funciona la terminología del resto de lenguas de especialidad. Trabajando puntualmente, intentando dar soluciones aisladas, es imposible seguir los mismos criterios cada vez que se denomina una nueva especie, ya que esos criterios sólo pueden establecerse tratando todos los casos de forma global. Interrogantes como, por ejemplo, si es posible establecer una forma genérica para denominar todas las especies ornitológicas de la familia Ardeidae —en inglés, herons—, teniendo en cuenta la dispersión de formas que existen en catalán según la especie (martinet, bitó, agró, bernat pescaire, etc.); si son preferibles, cuando hay que crear neologismos, las formas sintagmáticas, o bien es mejor utilizar formas sintéticas; si en el momento de crear una denominación sintagmática deben primar más las características morfológicas del animal, su distribución geográfica, o bien el nombre de la persona que lo descubrió; si es mejor utilizar en las especies que lo requieran el adjetivo, pongamos por caso, grisáceo, o bien es preferible gríseo; si es mejor rayado, o bien listado; de Filipinas, o de las Filipinas; de Cuba, o cubano, etc., estos interrogantes, decíamos, dependerán siempre del grupo taxonómico con que estemos trabajando y sólo podrán resolverse a partir de trabajos sistemáticos, que son los que permitirán crear series denominativas verdaderamente fiables y homogéneas.

 

Necesidad de una planificación terminológica para la zoología y la botánica

La creciente necesidad de disponer de una amplia nomenclatura popular referida a especies de animales y plantas, tanto autóctonas como exóticas, se refleja, de manera evidente, en los datos estadísticos relativos al volumen de consultas terminológicas atendidas anualmente por TERMCAT. Según los datos anuales correspondientes al año 1997, un 15% de las demandas terminológicas correspondieron al ámbito de las ciencias de la vida. No deja de ser significativo comprobar cómo este porcentaje se situó muy por encima del 9% de demandas referidas al campo de la informática, del 7% de economía o del 5% de telecomunicaciones, por citar sólo algunas de las áreas de máxima presencia en nuestra sociedad. Estas cifras, que a buen seguro se verán incrementadas cuando acabe este año, muestran la urgencia de una actuación terminológica que, sin más demoras, pueda dar una respuesta sistemática a los vacíos denominativos existentes en este ámbito.

La inmediatez comunicativa que caracteriza nuestra sociedad actual agrava el problema de los cada vez más numerosos profesionales de la lengua que han adquirido el compromiso de convertir un texto —relativo a la fauna y a la flora que habita en cualquier rincón del planeta y que ha sido concebido y elaborado en otra lengua distinta a la nuestra— en un producto final que debe poder expresarse en catalán y a la mayor brevedad posible. Aun cuando, a menudo, gracias a la bibliografía existente y a la labor que están llevando a cabo los especialistas en la materia, estos profesionales pueden disponer, con la urgencia con la que la reclaman, de una buena parte de las denominaciones catalanas solicitadas, lo cierto es que el trabajo diario de los terminólogos se ve obstaculizado por el elevado número de casos que no se pueden resolver con los recursos actualmente disponibles.

Esa misma inmediatez informativa que nos persigue, sin embargo, juega muchas veces a nuestro favor. No sería justo olvidar que uno de los recursos documentales más explotados por los terminólogos que trabajan para dar una respuesta rápida a las demandas que surgen diariamente en estas áreas es, precisamente, la red Internet. En un tiempo récord es posible buscar información acerca de un mamífero australiano del cual sólo conocemos su nombre inglés o de una conífera autóctona del Canadá. Generalmente, si la navegación por la red resulta óptima, se obtiene una información muy valiosa acerca de la especie buscada que permite a los especialistas sugerir, aunque sea de manera provisional, el uso de una denominación catalana adecuada. Como ya se ha dicho, la mayoría de especialistas, aunque sensibilizados, muestran sus lógicas reticencias ante una creación neológica ad hoc que, sin un trabajo terminológico que la sustente, corre el peligro de ser equívoca, dispersa y poco útil.

Sabido es que las pautas que rigen la creación neológica difieren según sean las características de las áreas de especialidad a que se aplica. La botánica y la zoología son en este aspecto singulares ya que disponen de una nomenclatura científica establecida que, si bien a nivel supralingüístico facilita la comunicación entre las diversas comunidades lingüísticas, a nivel intralingüístico, y en ámbitos no científicos, llega a interferir y a entorpecer la comunicación entre los usuarios de la lengua. Es, pues, en el seno de cada comunidad lingüística, y atendiendo a sus necesidades denominativas, a su estructura lingüística y a su tradición neológica, entre otros factores, que deben emprenderse las actuaciones necesarias en materia terminológica para establecer una nomenclatura popular que coexista armónicamente con la nomenclatura científica.

Sólo en el marco de una planificación terminológica constituida a priori es posible definir con precisión las distintas actuaciones que deberían llevarse a cabo: analizar las áreas o subáreas que requieren una intervención más urgente, esbozar los productos terminológicos más adecuados según las distintas materias y los destinatarios a que van dirigidos, implicar a instituciones y organismos para que promuevan y patrocinen la elaboración de dichas terminologías, crear órganos o comités consultivos de especialistas que avalen la validez conceptual de las denominaciones establecidas y el uso de los neologismos propuestos, coordinar la elaboración de trabajos terminológicos de estas materias y, finalmente, facilitar la divulgación e implantación de las terminologías elaboradas.

Es en este marco, y no con actuaciones individualizadas y esporádicas, que la iniciativa de las instituciones que deben acoger y favorecer este tipo de proyectos, el consenso amplio de los especialistas en la materia y la coordinación terminológica por parte de los organismos competentes podrán constituir los pilares básicos sobre los cuales debe ir edificándose la nomenclatura popular de la botánica y la zoología en lengua catalana.

 

Bibliografía

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Termcat, Centre de Terminologia. CONSELL SUPERVISOR (1992). Guia d’establiment de criteris per a la denominació catalana d’animals. Barcelona: Generalitat de Catalunya. Departament de Cultura. (Criteris lingüístics per a la terminologia; 3).

 

[1] Nomenclatura biológica: código internacional de nomenclatura botánica: código internacional de nomenclatura zoológica. Madrid: Blume, 1976.

[2] En el campo de la botánica, cabe citar como uno de los textos básicos en el terreno de la sistematización de nombres catalanes de plantas el trabajo publicado por Francesc Masclans el año 1954: Masclans, F. Els noms vulgars de les plantes a les terres catalanes. Barcelona: Institut d’Estudis Catalans, 1954. (Arxius de la Secció de Ciències, XXIII).

[3] Alegre, M.; Lleonart, J. (1992). VENY, J. Espècies pesqueres d’interès comercial: nomenclatura oficial catalana. Barcelona: Generalitat de Catalunya. Departament de Cultura.

[4] “Llei 3/1998, de 4 de març, de protecció dels animals”. Diari Oficial de la Generalitat de Catalunya (18 de març de 1988), núm. 967

[5] En este campo, cabe destacar la inminente publicación del léxico catalán elaborado por Claudi Barberà sobre plagas y enfermedades de los cultivos en Cataluña.

[6] Peterson, R.; Mountfort, G.; Hollom, P.A.D. Guia dels ocells dels Països Catalans i d’Europa. Barcelona: Omega, cop. 1987. [Edición en catalán de F. Giró, R. Llinàs i J. Sargatal]

 

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