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Normalización y normativización
en la planificación lingüística
Rosa Colomer Artigas
Termcat
España
Comentaba Louis-Jean Rousseau [11] en su parlamento inaugural del congreso Terminología y desarrollo organizado por Rint en 1992 que la lengua puede actuar a la vez como vehículo y obstáculo del desarrollo y de la transferencia del conocimiento, dependiendo de si se cumplían determidadas condiciones. Y él mismo destacaba, como una de las más decisivas, la de la plena disponibilidad de recursos.
Es evidente que una lengua que no esté suficientemente preparada no podrá competir en el escenario de la comunicación multilingüe. Ello implica disponer de un código lingüístico general actualizado y de lenguajes especializados adaptados a las múltiples funciones comunicativas. Para una lengua sin ese nivel de desarrollo no sólo será difícil entrar en el mercado de las industrias y ser utilizada en el intercambio de conocimientos con otras comunidades lingüísticas, sino que además se presenta el riesgo de ser abandonada en favor de otra con más recursos.
Pero cada vez es más difícil que una lengua pueda alcanzar la capacitación que requiere una sociedad avanzada partiendo únicamente de la evolución lingüística normal o, en palabras de J. C. Corbeil, del proceso natural de regulación lingüística. Por esta razón muchas lenguas, desde situaciones sociolingüísticas distintas, se plantean la adopción de una planificación lingüística, reconociendo que el hecho de disponer de una lengua plenamente evolucionada es hoy una condición previa e indispensable para el desarrollo.
Multilingüismo sostenible y planificación lingüística
La aparición de las tecnologías informáticas y de telecomunicaciones ha motivado un cambio general hacia una sociedad cuyo desarrollo se basa en la transmisión del conocimiento y el tratamiento de la información a través del lenguaje. Este cambio general implica un cambio sociolingüístico, al crearse un espacio global de comunicación multilingüe al que teóricamente todas las lenguas tienen libre acceso. Sin embargo, la concentración de la información en unas pocas lenguas líderes en ciencia y tecnología, respaldadas por países de gran potencia económica, representa una discriminación potencial para lenguas de menor difusión, minoritarias o utilizadas en regiones menos desarrolladas.
Como ejemplo por antonomasia hay que citar el inglés, cuya presencia creciente en los productos informáticos comercializados provoca que se esté convirtiendo en koiné de la comunicación internacional, desbancando a otras lenguas de prestigio. Este hecho, impulsado por factores económicos, implica para otras muchas lenguas un trabajo ingente de traducción y adaptación que debe llevarse a cabo rápidamente debido a la inmediatez con que se producen los intercambios.
La envergadura que han tomado hoy los trabajos de traducción se ve ilustrada por la aparición de dos conceptos nuevos dentro de este campo de actividad: la localización y la internacionalización [5]. Se entiende por localización el proceso adaptación de un producto, generalmente informático, a la lengua, cultura y necesidades específicas de un medio o mercado determinados, calificados como locales, y que implica a menudo el uso de herramientas informáticas especiales. La internacionalización sería el concepto opuesto: comprendería el diseño de productos neutros desde el punto de vista técnico y cultural, para poder localizarlos posteriormente de modo rápido y económico a cuantas culturas particulares sea conveniente.
Ciertamente, la coexistencia de lenguas diversas en la aldea global es compleja y su gestión conlleva un inevitable coste económico. Sin embargo, si los países y estados parten del convencimiento común de que la diversidad cultural y lingüística no es una barrera sino una riqueza que merece ser preservada, se podrán hallar soluciones viables y rentables a esta situación, que encontrarán su principal apoyo en las mismas tecnologías que, sin una planificación global, podrían acabar llevando hacia el unilingüismo.
Así pues, por un lado, el nuevo marco sociolingüístico global ha generado en la distintas comunidades lingüísticas la necesidad de establecer una política interlingüística de gestión de la información, que permita el desarrollo sostenible de lenguas y culturas, respetando la identidad y pervivencia de cada una de ellas [8]. Por el otro, ha crecido también el número de lenguas que han empezado a planificar una intervención a escala intralingüística, por las razones anteriormente expuestas.
De ese modo, si hasta el momento asociábamos mayoritariamente la idea de planificación lingüística a lenguas minoritarias o con problemas de supervivencia, en el futuro nos tendremos que ir familiarizando con el hecho de que posiblemente todas las lenguas deberán planificarse conjunta e individualmente para poder mantener su plena funcionalidad en todas las situaciones comunicativas.
Además, la nueva coyuntura sociolingüística global redimensiona los procesos de planificación a escala intralingüística dándoles una perspectiva nueva que puede implicar cambios y reorientaciones, y que resulta sumamente enriquecedora para lenguas que, como el catalán, tienen ya una cierta experiencia en la aplicación de políticas normalizadoras.
La planificación lingüística del corpus
Como es sabido, la lengua catalana, desde hace algunos años, es objeto de una planificación que se propone restaurar el desarrollo y las funciones normales de la lengua, interrumpidos por causas políticas [2]. Partiendo de nuestra experiencia concreta en trabajos de normalización de la terminología, reflexionaremos a continuación sobre cómo, dentro de ese marco, interactúan y se relacionan los procesos de normativización y de normalización terminológica.
El proceso general de intervención lingüística tiene una doble dimensión. Por un lado, incluye los trabajos centrados en la fijación y desarrollo del código lingüístico (planificación del corpus) y las acciones destinadas a extender su uso social (planificación del estatus). Por otro, abarca tanto la variedad común (estándar) como su especialización funcional (lenguajes de especialidad).
Quizás sea prudente ahora, antes de seguir adelante, hacer una mínima precisión terminológica sobre algunos conceptos que vamos a utilizar y que pueden prestarse a confusión. El problema radica concretamente en el término normalización que, aun contraviniendo todos los principios terminológicos, utilizamos de forma polisémica, siguiendo la tradición de los trabajos de sociolingüística catalana. Con el término normalización nos referimos, a veces, a la extensión del uso; otras, a la codificación del corpus. Así, normalización lingüística suele usarse para designar las acciones destinadas a restaurar el uso social de la lengua; en cambio, normalización terminológica designa generalmente los trabajos de estandarización de sistemas nocionales y denominacionalaes relativos a los términos. Nosotros seguiremos esos usos terminológicos, confiando que el contexto nos ayudará a deshacer las eventuales ambigüedades que puedan presentarse.
Nos interesa aquí centrarnos específicamente en los procesos de codificación normativa de la lengua (conocida también como normativización) y, dentro de las actividades de elaboración funcional, en la de establecimiento y fijación de terminologías, usualmente conocida como normalización terminológica. Ambos procesos actúan en el corpus de la lengua, aunque tengan repercusiones en el estatus, por la estrecha relación que existe entre lengua y uso. Sin embargo, así como la normativización afecta a la variedad común, la normalización terminológica se ciñe al marco de los lenguajes de especialidad.
Como objetivo, la normativización se propone unificar y fijar unas formas determinadas, seleccionadas a partir de la diversidad (formal, geográfica, social, histórica, de uso, etc.), que constituirán la variedad común y vehicular de la lengua, conocida como estándar. Por su lado, la normalización terminológica, paralelamente a la voluntad de fijación de conceptos y denominaciones, pretende ampliar y diversificar los recursos de la variedad codificada con el fin de adaptarla a las situaciones comunicativas propias de los usos especializados. Por eso cumple también una función de desarrollo, al elaborar las terminologías nuevas que requieren los distintos campos de especialidad [3].
Vemos, pues, que dentro de la planificación lingüística estos dos procesos tienen un carácter complementario. Además, suelen darse consecutivamente en el tiempo. Generalmente, la planificación se ocupa en primer lugar del establecimiento de la variedad común o estándar, de forma que los posteriores trabajos de normalización terminológica se basan en los criterios generales de la codificación normativa. No obstante, las convenciones fijadas por la normalización terminológica también sirven más adelante como corpus de estudio en los trabajos normativos para la ampliación del léxico general. Así es como se produce una lógica y positiva retroalimentación entre ambos procesos.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que, en la fijación del estándar, antes de consignar las palabras en el diccionario general es necesario que se consoliden en el uso. Ello implica una inevitable dilación en el tiempo. En cambio, la normalización terminológica se ve obligada a atender de forma inmediata a las necesidades urgentes de los sectores especializados, elaborando criterios y estableciendo designaciones para los nuevos conceptos. Desde este punto de vista, normativización y normalización también se complementan.
En cuanto a los agentes, por regla general las actividades de codificación normativa son responsabilidad de la academia de una lengua o del organismo competente desde el punto de vista lingüístico al que se haya legitimado política o socialmente para desarrollar esa función. Así, suelen ser llevadas a cabo por una comisión de especialistas en lengua, que pueden ser asesorados puntualmente por otros profesionales u organismos competentes. Sin embargo, para llevar a cabo la normalización terminológica, junto a la intervención de los especialistas en terminología es necesaria una participación social más amplia y el consenso de los sectores especializados. Ello sucede porque en la fijación de los términos y conceptos los especialistas tienen un peso específico y relevante.
Si bien es cierto que, frente a la evolución natural de la lengua, todo proceso de planificación lingüística tiene un carácter artificial, en el caso de la planificación terminológica hay que subrayar con más énfasis este aspecto. La neología terminológica responde al desarrollo de la ciencia y la técnica, y los encargados de legitimar los conocimientos y los términos que los representan son los especialistas de los distintos sectores de especialidad. Aunque muy importante, la normalización terminológica no deja de ser una aproximación secundaria [9] para solventar las eventuales necesidades de los círculos de especialistas. Por ello, para establecer sistemas denominacionales se deben respetar las tendencias y usos terminológicos de cada sector de especialidad, lo cual hace indispensable la presencia y consenso de especialistas en la normalización terminológica.
Este aspecto influye directamente en el resultado del proceso. ¿Qué más eficaz que el acuerdo entre los especialistas para lograr el uso social de un término normalizado? En el ámbito de la codificación de la lengua general, inversamente, es a partir del rango y prestigio de normatividad que se logrará la adhesión de los usuarios.
Volviendo al punto de partida de este apartado, en el caso de la lengua catalana, normativización y normalización terminológica siguen en general este enfoque complementario. Por un lado, el Institut d’Estudis Catalans, academia de la lengua legitimada por el Parlamento de Cataluña, selecciona las piezas léxicas que deberán formar parte del diccionario normativo. Por otro, el Consejo Supervisor, compuesto por miembros del Institut d’Estudis Catalans y de TERMCAT, es el responsable de la normalización de la terminología, de acuerdo con los especialistas de cada sector de especialidad. Las convenciones que aprueba el Consejo Supervisor, basadas en los criterios normativos, pasan a formar parte del corpus de estudio para los trabajos de ampliación del diccionario general, que lleva a cabo regularmente la academia.
De todo lo expuesto, parece deducirse que normalización terminológica y normativización son dos procesos nítidamente diferenciados. No obstante, y como es imaginable, en la práctica se producen superposiciones, ya que a veces es difícil establecer límites entre el léxico general y el especializado. Dentro de un proceso de normalización, esos casos fronterizos plantean la disyuntiva de cómo deben ser tratados, ya que, dependiendo de que se les apliquen criterios de la lengua general o bien criterios terminológicos, el resultado de la normalización puede ser distinto y más o menos adecuado.
Zonas de confluencia entre normativización y normalización terminológica
Como veíamos, la confluencia que se da a veces entre normalización terminológica y normativización es un reflejo de que la lengua es una unidad compuesta de múltiples variedades (espaciales, cronológicas, sociales y funcionales) que interactúan en las diferentes situaciones comunicativas. Podemos concebir en abstracto los conceptos separados de léxico común y terminología, pero en los actos comunicativos reales esa diferenciación tenderá a matizarse.
Centrándonos en la terminología, objeto de la normalización terminológica, sus unidades, los términos, se definen como parte esencial de una variedad funcional del lenguaje, propia de un grupo determinado de usuarios y caracterizada fundamentalmente por su especialización temática. Es en ese aspecto donde encontramos las diferencias más significativas con respecto al léxico general. Pero no debemos olvidar que los contextos en que se produce esa variedad funcional suelen estar también marcados por otros factores, como el canal utilizado (modo), el nivel de formalidad (tenor interpersonal) o la finalidad de cada acto comunicativo (tenor funcional). La interacción de todos ellos se materializará en elecciones léxicas concretas.
Tomando el rasgo de la especialización temática, en principio el más determinante de la diferenciación entre léxico y terminología, a veces resulta difícil establecer si una pieza léxica forma parte de la lengua general o de un lenguaje especializado. La lengua, aunque teóricamente compartimentable, es un contínuum en que no hay fronteras sino amplias zonas de transición, y el léxico no constituye ninguna excepción a ese principio. Pero es que la clasificación de una palabra en un plano u otro del léxico es importante porque de ella dependen los criterios que se le aplicarán en el proceso de normalización.
Hace unos meses, en la normalización de la terminología catalana de la publicidad se presentó un caso que es representativo del aspecto que acabamos de comentar. Los especialistas de ese sector, en una sesión de normalización, aprobaron el término publicitari para autodesignarse, rechazando publicista, única forma recogida hasta el momento por el diccionario normativo de la lengua [6]. Posteriormente, el Consejo Supervisor ratificó la decisión tomada por los especialistas pero como se trataba de un término incluído en el diccionario general y, por lo tanto, propio también de la lengua común, lo elevó a la consideración de la Sección Filológica del Institut d’Estudis Catalans. Estando las cosas en ese estado, el Parlamento de Cataluña tuvo que aprobar una ley sobre la creación del Colegio de Publicitarios y Relaciones Públicas, y se presentó el dilema de qué término se debía utilizar: el ya normalizado publicitari, o el que todavía consignaba el diccionario normativo, publicista. ¡El conflicto entre estos dos términos hasta llegó a provocar una enmienda de los grupos parlamentarios! Finalmente, para zanjar la cuestión, el presidente de la Sección Filológica se pronunció mostrándose favorable a la introducción de publicitari en el diccionario normativo.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que la evolución sociolingüística actual tiende a unificar la diversidad geográfica y a diversificar las variedades funcionales, especialmente en lo que se refiere a los lenguajes especializados. Así, crecen extraordinariamente las terminologías científicas y técnicas, y poco a poco, al compás del proceso de tecnificación de la sociedad, estos términos van trascendiendo las fronteras de los ámbitos de especialidad y pasan a ser de uso común. Una muestra evidente nos viene brindada por la informática, al tratarse de una tecnología que sirve de soporte a múltiples actividades. Términos como motor de cerca, hipertext, macro, compactació, encaminador, memòria d’accés aleatori, píxel, multiprocessador, rutina, xip, y un larguísimo etcétera han pasado a formar parte del conocimiento léxico activo o pasivo de una gran mayoría de hablantes.
Otro aspecto que, dentro de la especialización temática, crea terminologías fronterizas con el léxico general es la interdisciplinariedad que afecta a la mayoría de ámbitos del conocimiento. Paralelamente a la tendencia a la hiperespecialización o profundización temática vertical, han ido apareciendo disciplinas que representan un enfoque temático horizontal (interdisciplinas) y que abarcan especialidades diversas. En ese sentido podemos citar el caso de la comunicación empresarial, interdisciplina que acoge términos de márketing, publicidad, economía, comunicación, sociología y psicología, o el de la gestión medioambiental, que incluye términos de biología, derecho, tecnología y socioeconomía, entre otros.
Este fenómeno, desde luego, tiene repercusiones en la fijación de las terminologías especializadas. Por un lado, provoca una gran permeabilidad de conceptos y términos entre las distintas áreas del conocimiento, y entre ellas y la lengua general: así, el término compòsit, anglicismo adaptado en el área de la construcción, ha pasado al diccionario general de la lengua por ser de amplio uso, y posteriormente ha sido adoptado por la publicidad y el márketing para designar un concepto nuevo. Un proceso semejante habría seguido el término historial, procedente de la medicina. Pero además, por otro lado, conlleva que la terminología propia de esas interdisciplinas sea realmente diversa y de tratamiento complejo en un proceso de normalización, ya que en un mismo ámbito de especialización, al lado de términos técnicos de diversa índole conviven formas muy cercanas a la lengua general. Siguiendo en la comunicación empresarial, paralelamente a aculturació, anàfora, brífing, cibertira, direcció estratègica, etalonatge o ozalid se usan términos como anunci, aparador, diari, fax, fer zàping o rebaixes.
Desde otro punto de vista, hemos de tener en cuenta que los lenguajes de especialidad no son bloques monolíticos, sino que se componen de registros distintos, aglutinados por una unidad de campo temático. Así, siguiendo la clasificación de Hoffmann, podemos dividirlos en lenguajes profesionales, técnicos, científicos y simbólicos, según su grado de abstracción, su nivel de formalización, el tipo de especialidad a que pertenecen y sus usuarios. De ese modo, los lenguajes profesionales, vinculados al ámbito de la producción, con un grado de abstracción bajo y que se expresan en lengua natural, presentan múltiples interferencias léxicas con la lengua general. Sin embargo, y como contrapunto a esa situación, la voluntad de sistematización y fijación de terminologías propia de las disciplinas científicas se contagia también a los lenguajes profesionales e incluso a la lengua general. Así, por ejemplo, el lenguaje culinario catalán se ha desarrollado en gran medida en los últimos años (paralelamente al auge social de la cocina), sistematizando gran parte de su terminología. Es ilustrativa la celebración, hace unos cuatro años, de una sesión de normalización de esta área en que se fijaron, entre otras, las denominaciones de los distintos procesos de cocción: coure al blanc, coure al blau, coure a la cocotte, salsar, napar, muntar, bresar, etc.
Otras interferencias que se producen entre léxico y terminología pueden derivar de la selección de determinados niveles de formalidad en los actos comunicativos. En los registros especializados, al lado de textos formales coexisten otros de tipo coloquial o informal, que se caracterizan, entre otros aspectos, por tener una terminología propia. Wüster, comentando la división vertical de los lenguajes de especialidad establecida por W. von Hahn [12], se refería a estos usos con el término lengua de especialidad coloquial (en el ámbito de la técnica conocida también como lengua de los talleres), frente a lengua de especialidad elevada, teórica o científica; y lengua de divulgación. En el mismo sentido, R. Alpízar Castillo propone agrupar bajo la denominación tecnojerga [1] al “conjunto de recursos lingüísticos de los tecnolectos, en especial técnicos, que suelen emplearse por los especialistas en el coloquio y en otras situaciones comunicativas informales”. En todo caso, esta tecnojerga presenta muchos puntos de contacto con usos sociolectales del lenguaje.
Recientemente, el Consejo Supervisor ha estudiado la terminología del surf de nieve (en inglés snowboard), habiendo sido previamente consensuada por los especialistas de ese ámbito en una sesión de normalización. Se trata de una actividad de introducción relativamente reciente en Cataluña, practicada por deportistas muy jóvenes y cuya terminología, totalmente importada del inglés, presenta un carácter marcadamente informal. El Consejo Supervisor ha debido enfrentarse en este caso a un verdadero reto para encontrar términos catalanes adecuados para substituir préstamos del tipo nose, fun-box, gap, tail, alley-oop, goofy, trick, ollie, etc., que mantuvieran la viveza y coloquialidad de los originales ingleses.
Finalmente, la intencionalidad del acto comunicativo puede originar puntos de conexión entre terminología y léxico común, especialmente en aquellas comunicaciones que se proponen divulgar la ciencia y la técnica al público general, no especialista. Ello requiere una adaptación textual completa y sobre todo la creación de una terminología específica suficientemente técnica pero susceptible de ser adoptada por los hablantes dentro de su conocimiento léxico general, activo o pasivo.
La divulgación de la ciencia y la tecnología es tan importante en nuestra sociedad de la información y de la comunicación de masas que ha motivado la creación de un término nuevo: la vulgarización científica. F. Gaudin [4] enuncia como causas de la relevancia de la vulgarización científica en nuestra sociedad la democratización del saber y el desarrollo de la interdisciplinariedad, al tiempo que destaca la necesidad imperativa de que esta actividad se desarrolle en el futuro. También afirma que en la vulgarización se conjugan dos factores: por un lado, la demanda social de actualización de los avances más relevantes en investigación y, por otro, la oferta informativa de un sistema de comunicación dirigido al gran público, que lo posibilita.
La meteorología nos proporciona numerosos ejemplos de terminologías vulgarizadas. Se trata de una disciplina que hace algunos años se circunscribía a los círculos especializados pero que en la actualidad, debido a su presencia creciente en los informativos de televisión, ha debido difundir sus contenidos científicos y ello ha implicado, en muchos casos, crear terminologías nuevas. Un buen ejemplo es el término índex de confort, que expresa la percepción subjetiva de la temperatura que tienen los individuos teniendo en cuenta las condiciones de humedad y temperatura. Este índice, utilizado sobre todo en verano, generalmente representa una elevada temperatura subjetiva a causa de la alta humedad. Pues bien, los sevicios lingüísticos de Televisión de Cataluña solicitaron al Consejo Supervisor que estudiara ese término, puesto que su uso en los espacios televisivos había originado un cierto revuelo entre los televidentes, manifestado mediante cartas de queja en los periódicos, ya que habitualmente ese índice se refiere a temperaturas muy alejadas de la idea que se suele tener del confort. El Consejo Supervisor estudió el caso, consultó a los especialistas y aprobó la denominación índex de xafogor (lo que en español sería índice de bochorno) más adecuada para el contexto y los usuarios que debían utilizarla.
A modo de conclusión
A lo largo de esta comunicación hemos podido comprobar que normativización y normalización terminológica son dos procesos complementarios dentro de la planificación lingüística. También hemos visto cómo se superponen en aquellos casos en que las fronteras entre terminología y léxico general no son claras y existen dificultades de clasificación de las piezas léxicas en un plano u otro del lenguaje.
Las nuevas tendencias que hemos ido observando tanto en la lengua de uso común como en los lenguajes especializados responden lógicamente a la evolución de la sociedad. Veíamos en el primer apartado de esta comunicación que el contexto global económico, social y lingüístico ha cambiado radicalmente en los últimos años. Ello implica que cualquier intervención planificada que pretenda introducir cambios lingüísticos en la sociedad deberá ser plenamente consciente de que la realidad en que pretende incidir forma parte de la aldea global comunicativa generada por la sociedad de la información. Más que nunca aparece como imprescindible situar la lengua en su contexto de uso.
En el terreno concreto de la normalización terminológica, se reafirma cada vez más la necesidad de adoptar una estrategia comunicativa, tal como propone J. Maurais [10]. Se trata, en definitiva, de integrar en las actividades terminológicas todos los aspectos relacionados con el uso social de la terminología: las características de los distintos sectores de especialidad, los sistemas de legitimación del conocimiento en cada uno de ellos, las tendencias y usos terminológicos de los círculos de especialistas, las finalidades y destinatarios de cada tipo de comunicación especializada, los canales de difusión de la terminología, la implantación real de los términos normalizados, etc.
En definitiva, sin tener en cuenta los contextos de uso de los términos, resulta realmente difícil que disciplinas con función social como es la terminología puedan cumplir sus objetivos. Pero además estamos convencidos de que ese enfoque comunicativo es imprescindible en todos los procesos de planificación del corpus para poder tratar de forma adecuada la riqueza y complejidad que tiene el léxico en todos sus niveles.
[1] Alpízar Castillo, R. (1992). “Descripción y prescripción en diccionarios terminológicos”. Anuario L/L . Estudios lingüísticos, núm.23 p. 1-86.
[2] Bastardas i Boada, A. (1996). “Un ecosistema complex: el cas català”. Ecologia de les llengües. Medi, contactes i dinàmica sociolingüística. Barcelona: Enciclopèdia Catalana, p. 165-201.
[3] Colomer i Artigas, R. (1997). “Dimensión social de la normalización terminológica”. Nazioarteko Terminologia Biltzarra = Congreso Internacional de Terminología = Congrès International de Terminologie = International Congress on Terminology. Donostia: IVAP: UZEI, p. 295-306.
[4] Gaudin, F. (1993). Socioterminologie: des problemes sémantiques aux pratiques institutionnelles. Rouen: Université de Rouen.
[5] ”Información sobre LISA (Localisation Industry Standards Association)”. EAFT Update 1998-3/4, parte 1 de 3.
[6] Institut d’estudis catalans (1995). Diccionari de la llengua catalana. Barcelona; Palma de Mallorca; València: Edicions 3 i 4: Edicions 62: Moll: Enciclopèdia Catalana: Publicacions de l’Abadia de Montserrat.
[7] Langage et technologie: de la Tour de Babel au Village global. Luxembourg: Office des publications officielles des Communautés européennes.
[8] Marí, I. (1996). Plurilingüisme europeu i llengua catalana. València: Universitat de València.
[9] Marí, I. (1997). “Socioterminologia i planificació lingüística”. In: Cicle de conferències 95-96. Barcelona: Institut Universitari de Lingüística Aplicada. Universitat Pompeu Fabra, p. 9-18.
[10] Maurais, J. (1993). “Terminology and language planning”. In: Sonneveld, H.B.; Loening, K.L. [eds.]. Terminology: applications in interdisciplinary communication. Amsterdam: John Benjamins, p. 111-125.
[11] Rousseau, L.-J. (1993). “Allocution d’ouverture du séminaire Terminologie et développement”. In: Terminologies nouvelles, núm. 9, p. 5-6.
[12] Wüster, E. “La formació en terminologia i lexicografia terminogràfica”. In: Cabré, M.T., dir. Terminologia: selecció de textos d’E. Wüster. [Barcelona]: Universitat de Barcelona. Servei de Llengua Catalana, 1996. p. 225-246.
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