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Reflexiones terminológicas
Rodolfo Alpízar Castillo
ACTI, DTIL-UL
Cuba
He querido aprovechar la oportunidad que me ofrece este VI Simposio de dirigirme a todos mis colegas para exponer algunas de las preocupaciones que tengo en relación con nuestro quehacer. Al afirmar esto quiero decir que no intento embreñarme aquí en complicadas disquisiciones teóricas, ni mucho menos pretendo creer que mis palabras están cargadas de revolucionarias aportaciones conceptuales. La ideas que esbozaré a continuación son simplemente la expresión de algunas reflexiones que ocupan la mente de alguien que lleva ya algo más de dos décadas discurriendo sobre el tema de la comunicación, las lenguas, los tecnolectos, la traducción especializada, la labor terminológica, los diccionarios científicos y técnicos, en fin, sobre todo aquello que para algunos acaso sea mero oficio, pero que a otros se nos ha convertido en una ocupación vital...
El tema de los "modelos"
"En un principio fue la Teoría General de la Terminología". Esta tal vez sea la primera oración que encuentre el lector de un futuro texto que pase revista a lo que se ha hecho y dejado de hacer en este siglo en materia de tecnoléxicos [1].
En efecto, por más que se puedan señalar precursores, y que se puedan nombrar desde hace siglos sabios que se dedicaron con asiduidad a resolver problemas relacionados con los tecnicismos, incluso cuando hay que reconocer que entre sus contemporáneos hubo algunos que se le igualaban en genio, es indiscutible que la moderna terminología está indisolublemente ligada a la figura de Eugen Wüster y a sus ideas, que forman la base de lo que hoy conocemos como la Teoría General de la Terminología [2].
Teniendo como punto de partida el arsenal conceptual elaborado por Wüster y su incansable actividad de teórico y promotor, la terminología, como quehacer intelectual, se ha ganado un puesto entre las modernas disciplinas científicas, y ese es un mérito histórico que nadie podrá negarle jamás a la TGT, so pena de ser tenido por ignorante.
Mas en el proceso de consolidación de la nueva disciplina se ha incurrido en excesos, muchos de ellos explicables, otros no tanto, contra los que se ha de estar alerta si se desea emprender actividades terminológicas que verdaderamente respondan a los requerimientos de la ciencia y de la técnica en esta época y en el entorno económico, social y cultural en que nos desenvolvemos. Aclaro que en todo momento me refiero a las colectividades lingüísticas que conforman el universo iberoamericano, caracterizado de modo general por el atraso tecnológico y en algunos casos económico; ni por asomo tengo la pretensión de extrapolar mi pensamiento a otras áreas geográficas mejor preparadas para enfrentar los retos que el desarrollo impone a la lengua.
La TGT, en su afán de defender el prestigio de la nueva disciplina y definir sus contornos y campos de acción, estableció una tajante separación en relación con la lingüística general, situación a la cual han dado pábulo, demasiado tiempo, los propios lingüistas generales, que veían en el trabajo terminológico o terminográfico una especie de ars minor. Mucho menor que la lexicografía, dicho sea de paso, pues nadie ignora que también este quehacer ha conocido por momentos de la mirada desdeñosa de algunos teóricos del lenguaje.
La TGT, para justificar su autonomía, debió absolutizar determinados conceptos. De ahí, entre otros, el tan afirmado y proclamado carácter onomasiológico del quehacer terminológico y terminográfico, en oposición a un supuesto carácter exclusivamente semasiológico de la lexicología y la lexicografía generales, o la aseveración de que la asignación de un término a un concepto es consciente y deliberada [3].
De ahí también la muy mentada univocidad del término, otra de las concepciones que forman los pilares de la TGT, cuya defensa a ultranza ha llevado a un exagerado recurso a la homonimia como justificación de casos de evidente polisemia, no ajustados, desde luego, a la teoría.
En los primeros tiempos, cuando la TGT se dedicaba sobre todo, o casi exclusivamente, a los campos del saber técnico stricto senso, teoría y práctica marcharon con cierta relativa armonía que, aunque ocasionalmente mostrara algunas contradicciones con el sentido común, no alteraba en lo fundamental el carácter "absoluto" de las verdades sobre las que se asienta la teoría.
En el terreno de la normalización de la producción industrial, eso sí, la TGT se ha mostrado insustituible, y se ha convertido en un factor indispensable para la estandarización de procesos productivos cada vez más internacionalizados. Lo mismo podría decirse respecto de la transferencia de tecnologías, tema trascendental para los países que aspiran a trasponer los umbrales del desarrollo, que resulta impensable sin armonización lingüística. Este segundo aspecto, por cierto, tiene implicaciones atinentes a la cultura y la identidad nacional de quienes reciben las tecnologías que sobrepasan con mucho las posibilidades de la TGT, pero que no están obligatoriamente reñidas con ella, si se enfrentan con criterio dialéctico. Sobre este punto volveré más adelante.
Los problemas para quienes parten de posiciones ortodoxas dentro de la TGT se han presentado, como es historia conocida, cuando el campo de acción de la terminología, o quizás sería mejor decir del trabajo terminológico, se amplía hacia otras realidades que no son las de las ciencias matemáticas o el quehacer técnico en sentido más restringido.
Como se conoce, tales son los ejemplos de Quebec, donde se ha tratado de aplicar consecuentemente una ley de protección de los derechos lingüísticos de la parte francófona de la población, y de Cataluña, donde se trabaja para regresar a su esplendor una lengua minorizada durante décadas por un Estado que utilizó todos sus recursos represivos para hacerla desaparecer. Es también el caso de los pueblos africanos que enfrentan complejos problemas de multilingüismo, y que se ven obligados a acudir a lenguas vehiculares procedentes de las antiguas metrópolis, las cuales no pocas veces resultan incapaces de expresar la riqueza de matices de las concepciones del mundo de esos pueblos. En estas tres situaciones, disímiles entre sí, el enfrentamiento al tecnoléxico desde las concepciones de la TGT más ortodoxas ha sido, si no imposible, al menos francamente limitado; ante tales fenómenos nuevos, ha habido necesidad de basarse en concepciones nuevas.
Pero hay que dejar sentado un punto, si se intenta ser objetivo: También ha sido imposible encontrar soluciones a esos problemas desde las posiciones más ortodoxas de la lingüística general. Es evidente que la ortodoxia no es el camino para enfrentar realidades cambiantes. Para estructurar las estrategias que en cada caso se han aplicado se ha debido acudir a fuentes diversas, una de ellas la sociolingüística, pero también a algunos elementos de la TGT que se han mostrado valiosísimos.
La TGT, en su declarado interés por estructurar lógicamente los sistemas de conceptos de las ramas técnicas, aportó un intervencionismo extraño a las concepciones lingüísticas tradicionales. Afirmaciones como "un término para cada concepto", "un concepto solo puede ser denominado por un término", y categorías como "término preferido", "término permisible", "término rechazado", imprescindibles en las labores de armonización y estandarización, implican una intervención prescriptiva que tradicionalmente han repudiado el lexicólogo y el lexicógrafo llamados "científicos", quienes conciben su labor como meramente descriptiva de los fenómenos observados, sin que esta observación implique compromiso alguno para ellos, sino todo lo contrario, de intervención para modificar la realidad. En cambio, como es conocido, la TGT tiene ese intervencionismo entre las especificidades de su aplicación práctica.
Si los conceptos básicos de la TGT resultan estrechos en muchos casos, como he afirmado antes, la "asepsia" de la lexicología y la lexicografía descriptivistas tradicionales también lo ha sido para el trabajo con los tecnoléxicos, de donde resulta que quienes han tenido que enfrentar una labor terminológica aplicada a la vida de sociedades completas, y no solo de sectores muy delimitados de ellas, se han visto compulsados a desechar ambos momentos conceptuales en su concepción más ortodoxa, y a la vez han debido tomar de ellos algunos principios que se han mostrado "productivos". De una parte, se ha tomado la concepción del vocabulario especializado como integrante de un todo mayor que es la lengua, y por tanto con muchos aspectos en común con el resto del léxico. Por otra parte, se ha debido tomar, de la vocación intervencionista de la TGT, aquello que ha favorecido la consecución de los objetivos de fijar o legitimar usos. Por tanto, en razón de las diferentes realidades, el modelo tradicional de la TGT se ha ido sustituyendo por nuevos modelos que, negándolo en unos aspectos, afirmándolo en otros, lo superan y llevan la teoría a un punto más elevado. Este fenómeno, que la dialéctica conoce como negación de la negación, está en la base de todo desarrollo.
Sé que buena parte de lo que afirmo es bastante reduccionista y objetable, que exige matices, pero mi intención no es extenderme en el tema, sino llamar la atención hacia lo que tengo como la más importante lección que nos ha dado la experiencia de las últimas décadas: La necesidad de adecuar de manera sistemática el conocimiento acumulado a las realidades nuevas, tomando del aporte de cada quien lo que nos sirva y desechando lo que no se aplique a los intereses de la realidad concreta sobre la que se trabaja, por muy bien asentado desde el punto de vista teórico y metodológico que se considere a este o aquel modelo. Entiéndase que ante todo estoy llamando la atención hacia la conveniencia de ser dialécticos en terminología teórica y práctica, hacia la necesidad de no rechazar a ningún modelo en bloque, sin extraer antes de él sus valores permanentes, pero también de no afirmarnos en uno solo de ellos como el único posible, por más respetable que sea por sus orígenes, por el nombre de sus fundadores, e incluso por sus aportes.
Este enfrentamiento pragmático impuesto por la realidad es para mí, además, una lección de modestia que todos deberíamos tener en cuenta a la hora de enfrentar el trabajo que realizamos. Digo de modestia aunque parezca lo contrario (lo modesto, supuestamente, es reconocer que lo que hizo el otro, si ha sido probado con éxito, con seguridad ha de ser mejor que lo hecho por uno), porque el considerar que lo preexistente puede no sernos útil si lo aplicamos mecánicamente se complementa, si somos realmente científicos, con el reconocimiento de que tampoco el modelo que elaboremos para nosotros ha de ser forzosamente bueno para quienes nos sigan o para nuestros contemporáneos que enfrenten otras realidades.
Obsérvese que he dicho "si lo aplicamos mecánicamente". Es evidente que hay modelos más ricos, aquellos que apuntan hacia una comprensión del término y la terminología dentro de una concepción más en consonancia con un enfoque lingüístico, y otros más limitados, como el caso de la TGT, que presenta al término como una unidad descontextualizada, independiente del sistema lingüístico del que solo de manera arbitraria para fines de disección didáctica puede separarse. Pero aun los primeros, si se les aplica de forma acrítica y sin tomar en cuenta las diferencias entorno, pueden llevar al fracaso.
Mi criterio es que, en lo que se ha avanzado hasta el día de hoy, que no es poco aunque falta mucho camino por recorrer, solo una verdad se ha mostrado inconmovible: Ninguno de los varios "modelos" para el trabajo terminológico que podemos enumerar en la actualidad es apto por definición para todas las situaciones posibles, ninguno responde a los requerimientos de todas las sociedades.
Por otra parte, no me parece que sea fácil alcanzar un modelo que lo sea, ni creo tampoco que sea demasiado importante que exista. Lo imprescindible es disponer de un inventario abierto de concepciones generales probadas por la experiencia, y que cada cual se sienta en capacidad de adoptarlas, enriquecerlas y modificarlas, en la medida en que su aplicación se justifique, sin desconocer las posibles alternativas o innovaciones a este o aquel enfoque. En definitiva, cada uno de los conocidos ha jalonado el camino hacia un quehacer terminológico más rico en matices y mas volcado a la solución de problemas concretos dentro de una concepción cada vez más comunicativa. En fin, estoy persuadido de que la labor terminológica en nuestros países, para ser efectiva, debe adoptar, en cada situación concreta, los elementos de cada modelo que mejor se apliquen a ella, y nadie debería pensar que partiendo de criterios rígidos se puede actuar sobre realidades cambiantes. Lamentablemente, no estoy seguro de que esta que me parece verdad de Perogrullo se cumpla en la práctica.
No nos encasillemos, analicemos todas las posibilidades, mantengamos un enfoque dialéctico de las realidades en que nos desenvolvemos. De tal manera no solo estaremos en condición de resolver nuestras necesidades actuales, sino también de servir de punto de referencia para los que nos sigan, quienes en su momento someterán a crítica nuestros criterios y resultados, y sabrán, si esa semilla hemos sabido sembrar, desembarazarse del lastre que seguramente les dejaremos para caminar con pasos propios, como debe ser.
El término
La separación tajante entre terminología y lexicología ha llevado a que los teóricos tradicionales de la terminología se refieran a términos ideales, usados por unos hablantes científicos y técnicos abstractos. Esto explica las exageraciones en que en ocasiones se incurre al enfocar el tema de la normalización y, sobre todo, de la internacionalización terminológicas.
Pero una cosa es la abstracción y otra la realidad: Los especialistas son hablantes concretos, que actúan y se realizan como tales en situaciones comunicativas concretas, y que usan su lengua inmersos en toda la carga psíquica, social y personal (tradición, procedencia, formación, características individuales y familiares, etc.) que es propia de cualquier hablante, y al igual que cualquier hablante no especialista, han sido criados y educados dentro de un conjunto de hábitos lingüísticos propios de cierta comunidad históricamente determinada. Por otra parte, los especialistas usan términos tanto en situaciones muy formalizadas (como afirma correctamente la teoría) como en situaciones coloquiales y familiares (como suele olvidar la teoría). La existencia de las tecnojergas es una consecuencia y un testimonio de esto último [4].
Por más que se escriba acerca de los términos como unidades "asépticas" y se trate de desconocer las creaciones tecnojergales, estas mantienen una testaruda vitalidad en la comunicación especializada, existen a la par de las formaciones "cultas" (no es raro que las precedan en el nacimiento), y compiten con ellas en el uso real, algunas veces sustituyéndolas hasta en situaciones formales, al punto de ocupar completamente su lugar.
Recuerdo ahora un ejemplo que otras veces he citado: la voz siclemia (o sicklemia), elemento tecnojergal proveniente del inglés, ha ganado con el tiempo tal difusión, en su lengua de origen y en la nuestra, que a nadie extraña en estos momentos encontrarlo formando parte del título de algún artículo aparecido en cualquier revista científica prestigiosa, o usado en el texto repetidamente. Sin embargo, la enfermedad a que se alude con ese término tiene varias formas "cultas" de denominación: drepanocitemia, meniscocitemia, anemia drepanocítica, etc.
El término, en su existencia real, NO puede no participar de los mismos fenómenos que cualquier otro signo lingüístico, porque ante todo es un signo. Cualquier definición de término que no parta de su concepción como signo, con todas las características que son inherentes a este, es una definición viciada de principio. Por eso, a despecho de los postulados de la TGT, participa tanto de la sinonimia (véase el caso antes mencionado, tres términos "cultos" más uno tecnojergal, para un mismo fenómeno, pero se pueden citar más sinónimos) como de la polisemia (la propia voz "terminología" es muestra de ella, como he referido otras veces); también es afectado por variaciones regionales (ordenador, computadora, computador), por solo mencionar algunos de los fenómenos más evidentes.
A lo anterior se suma que hoy en día es asombrosa la cantidad de tecnicismos que el ciudadano común usa en su quehacer cotidiano: Los temas técnicos y científicos han pasado a ser materia de conversación de todos los días. Esto tiene un peso decisivo en el comportamiento del término, pues lo hace más vulnerable a las fluctuaciones morfológicas y semánticas, y se refleja de manera inmediata en el quehacer terminográfico. De hecho, el tema de la "banalización" del término se ha convertido ya en un punto de atención de los especialistas en terminología. La voz "memoria", tanto si se refiere a una capacidad humana como a una característica de las computadoras, o a cierta relación escrita, conceptos todos reflejados en las acepciones que recoge el Diccionario de la Academia, ¿es término, semitérmino, palabra común? Lo mismo cabe preguntarse de muchas unidades de denominación registradas actualmente en los diccionarios no especializados, buena parte de las cuales eran hasta no hace tanto prácticamente "esotéricas" para el hablante común. El número de elementos léxicos "especializados" que se registran en los inventarios llamados "diccionarios generales" es cada vez mayor, precisamente en virtud de la popularización del saber científico y técnico.
La definición de un elemento como término está, para mí, en el grado de terminologización de la unidad de denominación en cuestión, no en su presencia dentro de cierto tipo de inventario.
En mi concepción del término, la terminologización debe verse como una propiedad más del signo. El término es el resultado de la especialización de un signo cualquiera, especialización que es una capacidad suya precisamente en cuanto es un signo lingüístico y no otra cosa cualquiera. Es término cualquier signo de la lengua si, dentro de sus posibilidades como unidad de denominación, se usa para denominar alguno (algunos) de los conceptos que componen un área especializada. Dicho de otra forma, es término un signo cuando se usa para la denominación de algún elemento dentro del sistema conceptual de un campo específico de actividad.
Como he afirmado en otras ocasiones, considero que existe un movimiento, un "continuo" entre "no término" y "término". Cualquier hablante distinguiría entre odio y casa, por una parte, y lexema y osteomielitis, por otra, como voces comunes las primeras, y especializadas las segundas. Pero ello no resulta tan sencillo cuando se trata de voces como figura y punto, que tienen marca técnica, por una parte, y por otra tienen uso en la comunicación no especializada.
Es evidente que algunos signos "nacen" terminologizados, es decir, son términos desde que empiezan a ser usados; otros se terminologizan en cierto momento, cuando a su acepción (o acepciones) conocida(s) dentro de la lengua general se le agrega otra (u otras) para denominar un concepto propio de alguna área especializada.
Esta formulación reafirma la concepción del término como unidad pragmática. Cualquier otra condición presente es apenas una "pista", y nada más, para distinguir, en el trabajo de selección, las unidades que deben ser vaciadas en los ficheros correspondientes para un inventario terminográfico.
La definición de término como "unidad definida en una teoría", que he visto alguna vez, y que es la esencia de varias formulaciones existentes, es para mí absolutamente estrecha, y tiene en su contra el que su aplicación ortodoxa conduce a la conclusión de que una gran cantidad de elementos léxicos llenos de contenido técnico no puedan ser considerados términos. La práctica muestra que no todo término está definido en una teoría. La teoría de los conceptos generales, que son denominados por términos generales. Pero múltiples aspectos de una especialidad (conceptos derivados de otros, procesos, aplicaciones varias, objetos...) no son siempre definidos en el seno de la teoría, sin que por ello dejen de pertenecer a esa especialidad.
Normalización, internacionalización...
La normalización y la armonización a escala nacional, internacional, regional y mundial son facilitadoras del desarrollo tecnológico, como antes afirmé y nadie duda, y en los países de Iberoamérica necesitamos ponernos de acuerdo en la manera de denominar muchos conceptos y objetos de la realidad si queremos preservar nuestras lenguas de la presión que otras ejercen sobre ellas. Cuando menos, tenemos que ponernos de acuerdo en qué quiere decir el vecino cuando usa determinado término y no otro, aunque no sean, ninguno de los dos, los que usamos nosotros. Pero al enfrentar la normalización tenemos que tomar en cuenta la variedad geolectal de nuestras lenguas, que son multinacionales, tanto como la diversidad sociolectal, pues los productos que elaboremos serán dirigidos a públicos pertenecientes a estratos diversos de nuestras sociedades, no exclusivamente especialistas, y solo la aceptación por hablantes especializados y no especializados es la garantía de que se ha realizado un trabajo acorde con sus reales necesidades.
La unificación y la internacionalización terminológicas, objetivo al que en teoría se pudiera llegar mediante la aplicación concertada de los criterios de la TGT, como un elemento que pudiera contribuir al desarrollo de países más atrasados, tienen el inconveniente, al menos en la forma en que se han presentado hasta el momento, de que pasan por alto la realidad de que los usuarios de sus resultado han de ser hablantes concretos, no simples cifras de estadísticas. No pocas veces, al observar documentos normalizadores, me pregunto si quienes los redactaron son conscientes de esa diferencia. Pareciera que para algunos especialistas en normalización es posible allanar las diferencias lingüísticas con un simple acto de voluntad de un grupo de sabios que se ponen de acuerdo sobre determinado conjunto de reglas de conducta.
De hecho, ya en estos momentos se nota un peligroso avance hacia la aplicación de un verdadero imperialismo lingüístico en el seno del CT 37 de la ISO, cuyo cuerpo directivo ha decidido que sus documentos de trabajo se circulen solamente en inglés. Supongo que en esta decisión haya estado presente el interés por hacer economías en el seno de la ISO, pero la fórmula me parece inadecuada. Como presidente del comité técnico cubano correspondiente al CT-37 de la ISO, en varias ocasiones he dejado por escrito mi discrepancia con tal procedimiento, pero dudo mucho de que siquiera se hayan molestado en tomarla en cuenta [5].
Es indiscutible que el vocabulario especializado forma parte de la herencia cultural mundial, no solo de la de un país o grupo lingüístico; en tal sentido, podría pensarse en hacer abstracción de posibles sentimientos nacionalistas y plantearse una labor de normalización e internacionalización terminológicas a escala planetaria, pero ello solo es posible en teoría. En la práctica, casi nunca se puede proceder así. Como se anotó antes y es conocido, los pueblos se identifican con sus lenguas, ellas son parte primordial en el autorreconocimiento de cada uno como entidad nacional distinta de otras. Los hablantes, cultos o no, se sienten psicológicamente identificados con ellas, y rechazan consciente o inconscientemente lo que les haga o juzguen que les haga perder esa identidad. La total internacionalización es impensable (aun cuando nos limitemos a los tecnolectos), puesto que, en esencia, va contra muchos intereses sociales, políticos y psicológicos de los pueblos.
Este tema me lleva directamente a otro que en mí es referencia obligada: Pienso que no es admisible, y que debemos oponernos decididamente a ella, la idea de que no interesa la lengua en que nos expresemos. De lo que llevo dicho se desprende que para mí no es indiferente si nos comunicamos en nuestras lenguas o en otras cualesquiera. El uso de las lenguas no es neutral, ni económica ni ideológicamente. Lamentablemente, la práctica nos dice que para algunos tecnócratas, y hasta gobernantes, eso no tiene la menor importancia. En los últimos meses, sin tener que salir de las fronteras de mi país, he tenido ocasión de escuchar, o de conocer por referencia, expresiones como "la terminología no tiene nada que ver con la información científico-técnica", "si tenemos que aprender inglés, lo aprendemos, en definitiva eso no importa", o "pronto daremos las clases de biología en inglés". Esto último me lo contó recientemente un joven profesor de esa lengua, que presta servicios en una de las universidades de la capital del país. El orgulloso autor de la frase fue nada menos que el rector de esa universidad, me aseguró el profesor, quien en 1997 fue alumno mío en un curso de terminología y al parecer no echó en saco roto mis preocupaciones sobre la relación entre la lengua y la identidad nacional.
Recuerdo que en 1996, en ocasión del V Simposio de Riterm, en Ciudad de México, expuse la idea de que la Red, por intermedio de la Unión Latina, debía hacer llegar a los presidentes iberoamericanos un texto en que se reclamara su atención hacia la necesidad de acciones mancomunadas en pro de nuestras lenguas. Aunque supuestamente mi propuesta fue aprobada por aclamación, no me consta que alguna acción concreta se haya llevado a cabo en este sentido. Aprovecho la ocasión, pues, para ratificar mi petición, y reclamar que en el orden del día de la próxima reunión de la Red se agregue un punto en este sentido, y se tome el acuerdo de redactar un texto sobre defensa de las lenguas que se haga llegar a los organizadores de la próxima cumbre iberoamericana.
¿Qué terminología enseñar?
Aunque no es tiempo de cantar victoria, pues todavía quedan voces escépticas, y alguna que otra sencillamente opuesta, parece que hoy somos mayoría los que opinamos que la enseñanza de la terminología debe tener un puesto en las carreras universitarias. En cuáles especialidades sería obligatoria y en cuales no, qué aspectos de ella mostrar a los estudiantes y con qué extensión, volcada hacia qué objetivos, basada en qué métodos didácticos, son en la actualidad elementos de posible discusión en cada lugar, mas no, afortunadamente, el si se debe o no enseñar terminología. Lo primero que se me ocurre pensar, en esta dirección, es que por más que se discuta en los foros internacionales, es la situación concreta de cada colectividad lingüística, y, dentro de ella, la situación concreta de cada región o país, las únicas condicionantes que pueden determinar la aplicación práctica de los elementos mencionados, y de muchos otros.
Sin embargo, estoy persuadido de que hay un conjunto de conceptos que tienen valor universal, al menos en lo que respecta a nuestras lenguas iberoamericanas, que son las que tengo siempre en mente al enfrentar cualquier acción en el campo de la terminología. Me refiero al enfoque teórico general que se ha de seguir en la enseñanza de la terminología, si pretendemos que nuestro trabajo rinda frutos realmente valiosos. Como se verá, esto que digo está directamente relacionado con el tema ya tratado de los "modelos".
Los signos llamados términos se usan ante todo para comunicar. Por tanto, la terminología, en cuanto es la disciplina que estudia los términos, ha de ser considerada como una disciplina que se ocupa de fenómenos comunicativos por excelencia. De ahí que la terminología que enseñemos en nuestros cursos deba tener, como elementos definitorios, cuando menos los siguientes:
1.Ha de ser una terminología que no olvide que no existe una lengua de esta ciencia o de aquella, sino que, en cada caso que analicemos, lo que observamos es que, para la elaboración de cierto tipo de textos, aquellos concebidos para la transmisión de mensajes especializados [6], se usan de preferencia, o con más frecuencia que en otros textos, determinados recursos patrimoniales de las lenguas particulares (español, portugués, catalán, árabe) en que normalmete se comunican los destinatarios del texto. Los mensajes especializados, por más que se caractericen por un conjunto de especificidades, la principal de ellas su tecnoléxico, no dejan por ese motivo de ser mensajes lingüísticos y, en mayor o menor medida, están mediatizados siempre por una cultura y una manera históricamente determinada de usar la lengua de toda una comunidad.
2. En consecuencia, ha de ser una terminología que no desconozca el carácter de signo lingüístico de todo término.
3. Ha de ser una terminología que fundada en el criterio de que la principal función del término, en tanto es un signo lingüístico, es servir de medio para la comunicación de mensajes.
4. Ha de ser una terminología respetuosa de la diversidad de los enfoques metodológicos, por una parte, y que tome en cuenta los aspectos sociolingüísticos de la labor terminológica, por otra. Esto significa, por un lado, que se han de mostrar al estudiante los elementos básicos que caracterizan a cada enfoque metodológico, para que pueda actuar con conocimiento y pueda elegir libremente el que más se adecue al objeto sobre el cual trabaje, y también generar sus propias soluciones, de ser preciso. Por otro lado significa que el estudiante ha de quedar en capacidad de enfrentar con criterios científicos, en su futura labor profesional, las variadas soluciones que los hablantes-especialistas, como seres concretos, ofrecen a sus necesidades de denominación, sin que ello signifique que al desarrollar sus actividades terminológicas no se sientan en condiciones de ejercer cierto intervencionismo científico sobre ellas, sino que posean una visión dialéctica de los fenómenos del lenguaje que se materializan en el mensaje especializado. Lo importante es que quienes se inicien en el conocimiento de la terminología aprendan a tener una visión verdaderamente lingüística, por tanto objetiva y desprejuiciada, de su objeto de trabajo, que siempre es la realización en un texto, no solo escrito sino también posiblemente oral, de una lengua natural.
5. Ha de ser una terminología que, sin desconocer sus valores y beneficios, coloque en su justo lugar el tema de la normalización terminológica [7].

[1] Recuérdese que para mí terminología es el vocablo que designa a la disciplina lingüística que se ocupa de los términos. En cambio llamo tecnoléxico al conjunto de recursos léxicos de que se vale el especialista para denominar los conceptos con que trabaja.

[2] Aprovecho para recordar a quienes ya lo saben, y para informar a los que no, que en Cuba contamos con algunos de estos precursores, entre los más destacados Felipe Poey y Aloy, naturalista, traductor, literato y profesor universitario, que al menos desde 1851 expuso sus concepciones nomenclaturistas, y Marcos de Jesús Melero y Rodríguez, quien en 1859 publicó nuestro primer y desconocido diccionario especializado, la Terminología farmacéutica.

[3] Lingüistas, filósofos, etc., en ocasiones crean "de manera consciente y deliberada", determinados términos para desarrollar sus sistemas conceptuales (en este texto se pueden ver tecnoléxico y tecnojerga de creación propia), y, como ellos, algunas comisiones de especialistas, y acaso algún que otro investigador, pero la realidad muestra que, a despecho de la TGT, la mayoría de las denominaciones se producen de manera espontánea, y su acomodo a las normas de creación tecnolexical depende más de la casualidad que de la intencionalidad. De otro modo no se explicaría el español ratón (inglés mouse, francés souris, portugués rato...) con que se nombra ese adminículo con que uno se mueve rápidamente de un lugar a otro en una pantalla de computadora.

[4] Recuérdese que llamo tecnojerga al conjunto de recursos que usa el especialista para comunicarse en el coloquio y en otras situaciones informales. En mi concepción, tanto los elementos tecnojergales como los términos más "consagrados" forman parte del tecnoléxico.

[5] Por ejemplo, he expresado mi discrepancia con el hecho de tener que dar, en inglés, mi parecer sobre un vocabulario de la terminología concebido y redactado en inglés, cuando mi idioma es el español. La aprobación o desaprobación de un vocabulario en otro idioma no tiene por qué comprometer al mío. De más está decir que nunca tuve respuesta.

[6] En otro lugar los he llamado tecnotextos.

[7] Conferencia magistral dictada en el acto de clausura del VI Simposio Iberoamericano de Terminología, Ciudad de La Habana, noviembre 16 al 19 de 1998.

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