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Índice por autores

 

 

La terminología en los manuales de enseñanza media:
hacia la determinación de la terminología básica del español

Joaquín García Palacios
Universidad de Salamanca

 

En 1910, junto a los actos conmemorativos por el centenario de la independencia de la República Argentina, se celebró en ese país la reunión del Congreso Científico Internacional Americano. En aquella ocasión, como representante español figuraba uno de los científicos de mayor prestigio de la época, Leonardo Torres Quevedo, quien algunos años más tarde, en 1926, presentaba ante el Rey de la Real Academia Española, y no por casualidad acompañado de su director, don Ramón Menéndez Pidal, el primer cuaderno del Diccionario Tecnológico Hispanoamericano.

Según sus propias palabras, fue durante la travesía hacia el país americano donde se le ocurrió el asunto que iba a tratar en el congreso:

Me acordé de nuestra lengua común, en cuya conservación y perfeccionamiento tenemos todos capital interés, y –como se trataba de una reunión de hombres de ciencia- decidí proponer que hiciéramos algo en favor de la Tecnología castellana, si hallaba terreno abonado para ello.

Cuando pronunció esas palabras estaba sin duda intentando capta la benevolencia del público que le escuchaba el día de su recepción como académico de la lengua. Parece imposible que un científico de su talla no se hubiera fijado hasta aquel momento en uno de los asuntos presentes en muchos de los discursos de su tiempo, el de la igualdad lingüística entre España y América, ni tampoco en las constantes discusiones que se estaban produciendo sobre el neologismo científico en castellano. De hecho, el mismo Torres Quevedo recoge el espíritu de algunas de las conclusiones del Congreso Literario de 1892 al proponer la unión de un grupo de especialistas de distintos ámbitos con el apoyo de la Real Academia para redactar el Diccionario Tecnológico.

Si traigo a colación este asunto, se me he fijado en la figura de un hombre singular como Torres Quevedo para romper el hielo de las primeras palabras, puede que lo haya hecho porque he encontrado en él y su obra un ejemplo especialmente significativo de actitud decidida en favor de la terminología –la tecnología decía él– del castellano. Quizá la causa haya sido su empeño constante por la colaboración entre los distintos países hispanoamericanos. O tal vez me haya vuelto hacia él en esa sensación finisecular que nos embarga (antes de tiempo), al considerarlo un "hombre entre dos épocas y, por tanto, sometido al vértigo comprometedor de los cambios".

Sea por una u otra razón, me interesa tomarlo como referencia para presentarles un proyecto que tiene algo que ver con el final de un siglo en el que siguen repitiéndose algunas de las ideas de hace cien años, bastante con la terminología del español, y mucho con el esfuerzo compartido de investigadores de todos los países hispanoamericanos.

Vienen siendo habituales, al menos desde los años en que se conmemoró el Cuarto centenario de la llegada de los primeros españoles al continente americano, los discursos, discusiones y proclamas acerca de la necesaria actuación sobre la terminología de nuestra lengua si se quería evitar que el español se convirtiera en una lengua de segundo orden, desterrada de su posición como lengua útil para la comunicación de carácter científico o económico . Han sido tan frecuentes los textos producidos en torno a esas ideas, como las buenas intenciones esbozadas para llevarlas a cabo. Lo que sin embargo, y por desgracia, no se ha visto reflejado en realizaciones significativas al respecto.

No deben extrañarnos, por tanto, las palabras de uno de los anfitriones de esta reunión, Luis Fernando Lara, quien en 1994 calificaba a la terminología científica hispánica de "caótica", y llegaba a afirmar que "en las ciencias contemporáneas y en las investigaciones llamadas «de frontera», casi no hay un vocabulario hispánico común"

Lo que cabría preguntarse, y a ello quiero dedicar mis palabras a partir de este momento, es si sólo es la terminología «en punta» la que nos está separando, o si esa situación «dramática» podría extenderse a ámbitos menos especializados de la terminología del español.

Como pueden haber visto, el título de mi ponencia apunta hacia la determinación de la terminología básica del español. En esa terminología banalizada o banal (ninguna de las dos formas me gustan para referirme a ella) es en la que quiero fijarme,y pretendo hacerlo desembarazándome de la visión del turista de que hablaba Angel Rosenblat: el turista que se sorprendía ante las diferentes maneras de llamar a un café solo o a los neumáticos del taxi en las distintas áreas de Hispanoamérica.

Tanto da sí en algunas zonas americanas llaman departamento, heladera o lavarropas a lo que para mí no son sino piso, nevera o frigorífico y lavadora" .

No me preocupan esas elecciones –benditas sean– que aportan un aire de diversidad a un mundo cada vez más uniformado por el mismo patrón.

Si me inspiran cierto temor, por el contrario, las consecuencias que produce la "deslealtad lingüística" cuando ésta es el fruto de la dejadez o la pérdida del amor por la lengua propia; y también la búsqueda intencionada de la discrepancia, si ésta no obedece a motivos objetivos, lo que podría acercarnos a situaciones extremas con la del gallego actual, en el que podría producirse una separación incluso ortográfica.

Me preocupa que, cuando se está percibiendo y clasificando la realidad de la misma manera, hechos como lo desidia lingüística o la creencia en fantasmas, puedan provocar una situación de alejamiento terminológico que desemboque finalmente en la mutua comprensión.

El problema es aún mayor si el conflicto de separación terminológica se produce en esa zona del conocimiento que ha de servir de base sobre la que construir todo el andamiaje conceptual de una disciplina.

Es preocupante que en dos libros de texto de Física y Química, españoles, de la misma época, correspondientes al mismo nivel educativo, y examinando la misma unidad didáctica, aparezca un número de términos completamente distinto, y que, ademas, las referencias a la misma realidad se realicen con denominaciones diferentes en uno utro libro. Parece que el estudiante de uno de esos manuales está obligado a conocer muchos más términos, y a saber qué es análisis dimensional, ecuaciones de dimensión, adimensional, o dimensionalmente homogéneo. Algo que no deberá hacer su amigo que ha tenido la desgracia o la suerte de estudiar un manual distinto.

Pero no se trata de algo exclusivo de los ámbitos considerados tradicionalmente como científicos, pues llega incluso a incrementarse en el tratamiento que dos manuales de Geografía e Historia de España dan al estudio del siglo XVIII.

Esta diversidad se pone especialmente de manifiesto en los nuevos libros de texto surgidos tras la reforma de la Educación obligatoria en España, en 1992. La mayor libertad otorgada por los legisladores lleva a que los contenidos se organicen de manera muy distinta. De hecho, se vuelve extremadamente complicado realizar un rastreo superficial entre dos manuales, pues las diferencias abarcan tanto a la configuración y presentación de los bloques de contenido, como a los contenidos mismos y, por supuesto, a su expresión por medio de palabras .

Ante esta situación que acabo de esbozar, tomando como muestra textos procedentes de un único país, la cuestión que se me plantea inmediatamente es qué sucedería si sometiéramos a una comparación rigurosa a los libros de texto de todos los países en que se habla español. Las diferencias que, como parece lógico, se incrementarán al introducir nuevas zonas lingüísticas y distintas políticas educativas, ¿traerán consigo un aumento significativo de divergencias en la utilización de la terminología?

Y si esto es así, ¿qué alcance puede tener?, ¿haría aconsejable una política denormalización terminológica también en esas zonas de menor especialización?, ¿o será tan importante que apunte hacia un distanciamiento sin posibilidad de marcha atrás?

La respuesta a todas estas preguntas figura entre los objetivos parciales del proyecto que estoy presentándoles. Algo que en apariencia puede resultar sencillo, pero que se vuelve mucho más complejo cuando se parte del rigor en el análisis y la descripción de los hechos, como pautas para su elaboración.

Ese rigor aconseja no desentenderse de una serie de presupuestos de carácter más o menos teórico, algunos de los cuales me propongo comentar a continuación.

¿Qué es esa terminología básica?
¿Cómo descubrirla?
¿Qué camino vamos a seguir?

O lo que es lo mismo, cuáles son las características del objeto de estudio y del método de trabajo que puede llevarnos a abordarlo con ciertas garantías.

Sobre el método de trabajo no voy a detenerme en estos momentos, pues considero más importante aprovechar el escaso tiempo de que dispongo para seguir compartiendo con ustedes estas reflexiones acerca de la terminología básica de una lengua como el español cuya enorme extensión geográfica propicia la variación, y que a la vez se encuentra necesitada de apreciaciones de conjunto que orienten hacia una posible coincidencia.

Suele ser habitual que a aseveraciones sobre la incuestionable existencia de la terminología que podríamos llamar «básica» le acompañen juicios que la alejan del centro de interés de quienes se dedican desde distintas perspectivas al estudio de las unidades léxicas de la lengua.

Para unos, se trata de unidades que no pueden ser consideradas como términos, pues han perdido los rasgos caracterizadores que poseían cuando funcionaban dentro de la terminología de una especialidad.

Para otros, son unidades que adquieren su valor dentro de una ciencia o una técnica y que, por tanto, deben encuadrarse fuera del estudio del léxico general. Son los que, como acertadamente caracterizaba Eduardo Saavedra allá por 1877 en la Introducción al Diccionario general de Arquitectura e Ingeniería de Pelayo Clairac,

... consideran [a la lengua] a modo de ciudad murada, fuera de la cual, ya en tiendas y cuevas o en arrabales se van agrupando por su propia cuenta como buenamente pueden las voces pertenecientes a la Física, a la Teología, a la Economía Política, a la cantería, al cálculo integral y a otros conocimientos

Es muy posible que unos y otros tengan parte de razón, pues se trata de una terminología –permítaseme no ser estricto y llamarla así- situada en terreno de todos, y de nadie, al mismo tiempo.

Una terminología especialmente interesante por lo que tiene de parecido con la vida, que se halla en esa línea delgada entre el amor y el odio, como decía la canción de The Pretenders.

Terminología nacida del mestizaje, que puede convertirse en apasionante (si estas cosas a las que nos dedicamos tienen la posibilidad de llegar a serlo) para quienes se interesan por aquellos aspectos en que se muestra más la vitalidad de una lengua: en estas palabras se está viendo constantemente el movimiento continuo que se produce entre la lengua común y las lenguas de especialidad en uno y otro sentido.

Dentro de lo posible está también que en el fondo no nos encontremos ni ante palabras ni ante términos, sino ante una especie de metalenguaje utilizado para referirnos a los nudos clasificatorios. Algo que podemos constatar al fijarnos en las unidades elegidas por los lexicógrafos para iniciar las definiciones de voces como tigre, hipótesis o puma en un diccionario de lengua: mamífero, proposición y felino respectivamente.

Sea cual sea la solución, lo que es evidente es que nos encontramos ante una zona del léxico enormemente difusa y, por lo tanto, difícil de aprehender.

Se trata de un problema que, a nadie se le oculta, está muy relacionado con el tratamiento que en los diccionarios de lengua se ha dado, y se sigue dando, a la introducción de tecnicismos.

Es bien conocida la preocupación que la Real Academia de la Lengua ha tenido desde las primeras ediciones de su diccionario por este asunto. En sus opiniones al respecto parece ponernos tras la pista de lo que se consideraría "terminología básica".

Las "voces técnicas" que pretende incluir en la edición decima quinta, la de 1925, son "las que tienen alguna difusión fuera del círculo de los profesionales".

En su última edición (21ª, 1992) quiere "registrar y definir adecuadamente los términos cuyo empleo rebasa los límites de la especialidad y se atestigua diariamente en la prensa o en la conversación culta".

Algo similar a lo que reflejan las palabras de Julio Casares en 1941: "cuando un tecnicismo de medicina es igualmente familiar al abogado, al dramaturgo y al gramático, por ejemplo, se puede considerar que ha entrado ya a formar parte del lenguaje corriente y debe, por tanto, figurar en el Diccionario".

El diccionario de lengua que, según el atinado juicio de Juan Gutiérrez Cuadrado, se convierte en generador de norma por el simple hecho de ser publicado, debería mostrarnos por tanto cuál es la terminología básica de la lengua que está describiendo.

Y entonces, con realizar una simple búsqueda de todas las entradas o acepciones que tienen alguna marca de pertenencia a una especialidad (un procedimiento extremadamente sencillo en el momento actual) el usuario estaría en condiciones de saber cuál es la terminología básica de su lengua.

Pero eso sería tanto como suponer que el diccionario normativo (el de la Academia en este caso) está coherentemente construido en este asunto concreto. Algo que –bien lo sabemos–, está por el momento muy lejos de la verdad.

El problema parece apuntar por tanto en la dirección opuesta: ¿cómo puede llegar el diccionario a hacerse con esa terminología para que algún día pueda mostrársela a sus usuarios?

Es evidente que para ese, como para otros muchos asuntos que es necesario solucionar, el diccionario debería basarse en estudios parciales que proporcionasen las claves con las que acometer sus tareas confiando en algo más que en la simple intuición de sus redactores.

Si "el depositario de la norma léxica del español" no nos da las claves para saber cuál es esa terminología, habremos de buscarla siguiendo un camino diferente, pero, sin duda, mucho más complejo.

Aunque la apreciación de Julio Casares que acabamos de comentar no sea demasiado científica, demuestra una intuición que parece coincidir con las apreciaciones hechas por la mayoría de estudiosos que han tratado este asunto.

Así, y pondré un solo ejemplo, María Teresa Cabré, en su artículo sobre "Terminología y diccionarios"dice que el diccionario ha de reflejar la comptetencia media del hablante culto ("la compétence moyenne du locuteur cultivé"). Esos hablantes medianamente cultos –apostilla un poco más adelante– "conocen activamente un buen número de términos de especialización media y conocen pasivamente (principalmente a través de la difusión de que son objeto por parte de los medios de comunicación) un mayor número de términos, que son realmente términos de especialidad. "Esos términos –añade– son los que debe recoger un diccionario general de lengua que se proponga ser de una utilización eficaz para los usuarios".

Son precisamente esos términos que han trascendido el ámbito de su especialidad, y que se hallan insertos en la zona de límite e intersección con el léxico común, los que incluimos en la terminología básica de una lengua.

Un conjunto de términos que, en buena parte, coincidirían con lo que J. Fernández-Sevilla, siguiendo a Jean Luc Descamps y André Phal, denominó vocabulario general de orientación científica: "vocabulario común a todas las ciencias y técnicas a nivel fundamental, es decir, el vocabulario imprescindible que debiera manejar todo hablante que deseara adentrarse en el estudio de cualquier ciencia en particular".

Dos son los caminos que deberían facilitarnos las claves para el descubrimiento de ese vocabulario general, imprescindible, punto de partida para comenzar el camino de adquisición de un conocimiento (y junto a él de una terminología en un ámbito concreto de especialidad.

Dos caminos con orígenes y trayectos diferentes, pero que están destinados a encontrarse precisamente en eso que llamamos terminología básica:

 

1. Desde los trabajos terminológicos

El primero de los caminos partiría de los trabajos que habitualmente calificamos de «terminológicos».

No descubrimos nada si apuntamos que en la terminología de cada ámbito conceptual existen distintos niveles dependientes del grado de especialización: desde los términos más específicos hasta la terminología con que se divulga esa ciencia o técnica, pasando por distintos grados intermedios.

Si los trabajos terminológicos tuviesen en cuenta la existencia de la variación atendiendo al grado de especialización, y marcasen por tanto, convenientemente, los términos tratados, estarían aportando un elemento fundamental para la determinación de la terminología básica, pues los niveles más bajos que se marcasen nos pondrían tras la pista de cuál es esa terminología.

Es necesario, no obstante, ser realistas, y parece que, por el momento, y salvo algunas excepciones, el interés de quienes realizan una terminología parece hallarse un tanto apartado de esas voces que, como ya he indicado, en el proceso de vulgarización (divulgación de la ciencia o la técnica), han perdido parte de los rasgos que las hacían imprescindibles en la comunicación especializada, y han adquirido, a su vez, al verse incluidas en la comunicación general, otros rasgos nada deseables en la comunicación especializada.

Estamos todavía un poco lejos de esa consideración tan importante de que hablaba Juan Carlos Sager, la estrecha relación del lenguaje con el conocimiento en los ámbitos especializados.

 

2. Desde los textos de introducción a una ciencia o una técnica

El segundo de los caminos, ya explorado en los años 60 para el francés por Jean Luc Descamps y André Phal, parte de los textos de introducción a una ciencia o una técnica.

Un camino que, en líneas generales, coincide con el que vamos a seguir, y que toma como base un conjunto de textos en los que, al menos en teoría, debería encontrarse esa terminología básica.

El análisis de los manuales de Enseñanza Secundaria de las distintas areas de conocimiento debería permitirnos conocer al menos parte de la terminología fundamental de una lengua, la que el alumno que se encuentra en proceso de formación necesita para ir adquiriendo una cultura, para poder comprender un texto especializado de divulgación, y ser capaz de producir un texto –oral o escrito- no excesivamente especializado utilizando las unidades léxicas adecuadas, incluso algunas de ellas son tecnicismos.

Puede suceder, no obstante, y con ello contamos, que los libros de texto no estén bien construidos, desde la perspectiva que ahora nos ocupa, es decir, que no den cuenta como nos gustaría de esa terminología básica que necesita el estudiante para irse adentrando en un terreno especializado.

En cualquier caso, y si eso es así, la experiencia resulta igualmente positiva, pues el hallazgo de problemas en la elección de la terminología que reflejan puede acercarnos al descubrimiento de las zonas de conocimiento sobrevaloradas y de aquellas otras que presentan carencias, con el consiguiente aprovechamiento de nuestro trabajo por quienes en el futuro se embarquen en la tarea de redactar un manual escolar.

Ante este trabajo debemos ser precavidos con dos hechos directamente relacionados con la ficción de homogeneidad que en muchos momentos ha dominado los estudios lingüísticos.

Ni el libro de texto puede ser considerado como un todo al que se someta a un tratamiento uniforme en todas sus partes, ni podemos contemplar los manuales procedentes de distintas zonas lingüísticas desde una perspectiva de homogeneidad.

El libro de texto es un macrotexto conformado por textos diferentes que, eso sí, comparten el haber sido producidos o elegidos por su finalidad didáctica.

Será necesario por tanto caracterizar los distintos tipos de textos que aparecen en él, y marcar convenientemente la terminología extraída de cada uno de ellos. Parece lógico que el carácter heterogéneo de los textos vaya en paralelo a la aparición de una terminología también heterogénea.

Un simple vistazo a un libro de Geografía e Historia de España de 3° de BUP (Anaya, 1991), nos hace distinguir entre:

1. Textos de explicación de la lección correspondiente.

2. Documentos: bien de la época estudiada, o bien pertenecientes a historiadores en los que se comenta algún aspecto relativo a lo que se está tratando en la unidad didáctica (en los primeros puede aparecer una terminología más antigua y en los segundos más especializada).

Ejs. El Informe sobre la ley agraria de Jovellanos, y el de Pablo de Olavide sobre el mismo asunto.

3. Textos heterogéneos que acompañan a manera de ilustración a los núcleos del libro:

pies de foto

Chistes (p. 259), como p. Ej. El que aparece sobre la guerra de la Independencia contra los franceses, del que extraeríamos un término como gabachos (desaconsejado por su carga peyorativa en los otros textos "más serios"), o machistas, con los que Agustina de Aragón insulta a los franceses que huyen despavoridos.

Por otro lado, tampoco podemos enfrentarnos a los términos extraídos de los distintos manuales sin haber anotado convenientemente su distinta procedencia geográfica.

Es impensable en el momento actual realizar una descripción pensando sólo en los usos peninsulares del español. Se trataría de una caracterización que se estaría alejando peligrosamente de la realidad, y que además perdería el enorme aliciente de la comparación.

Para intentar saber si esa terminología básica es la misma a una y otra orilla del Atlántico, lo que puede repercutir en saber si en los manuales escolares se plasma una misma visión de la realidad, el ámbito de estudio ha de abarcar necesariamente a todos los países que tienen el español como lengua materna.

Sólo tras el análisis y la crítica de los materiales recogidos estaremos en condiciones de evaluar convenientemente las buenas y las malas formaciones, sea cual sea su procedencia, y podemos dirigir nuestros esfuerzos a prestigiar y potenciar las buenas elecciones léxicas con el planteamiento alejado de la búsqueda de una artificiosa uniformidad, pero que apunta hacia una buscada coincidencia que en ningún momento hay que forzar.

Partimos de que nuestro trabajo es un trabajo lingüístico, y que, por tanto, ha de basar sus conclusiones no en posiciones apasionadas sino en la realidad mostrada por los textos reales producidos en español.

El gran reto para este final de siglo, y la diferencia fundamental con los argumentos que se lanzaron, con una retórica imcomparable, también unos días de primeros de noviembre, como estos, pero de hace 104 años, es que entonces se buscaba a toda costa la unidad de la lengua.

Ahora pretendemos llegar, si se puede, a una reposada coincidencia, pues no vemos, desde nuestra posición de lingüistas, tantos peligros en la variación y la diversidad.

 

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