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Índice por autores

 

 

Algunas reflexiones sobre las "políticas terminológicas"

Alicia Fedor de Diego
Universidad Simón Bolívar
Caracas
Venezuela

 

Cuando los organizadores del Simposio me pidieron que presentara una conferencia plenaria que, cito: "fuera del interés de todos los miembros de la red", la verdad es que me sentí algo desafiada, pues ¿cómo asegurar que lo que uno pueda decir ante un foro tan heterogéneo como éste fuera efectivamente interesante para todos los participantes?

Confieso no haberme sentido inspirada para discurrir sobre un tema altamente académico, como pueda ser, por ejemplo, el modelo de término cuatripartito de Wüster. Tenía mis serias dudas de que eso pudiera interesarle a las personas que trabajan, por ejemplo, en el área de la documentación o en algún campo aplicado de la terminología. Me parece que las conferencias plenarias tampoco se prestan para presentar investigaciones puntuales, puesto que para ello están las sesiones de ponencias durante el simposio.

Rebuscando entre aquello que yo creía poder ofrecerles, en forma honesta y sincera, a Uds. como colegas del área y a la terminología como disciplina teórica y práctica en nuestros países, algo que fuera aunque sea una chispita para encender la mecha hacia acciones concretas que contribuyan a la consolidación de la disciplina terminológica, pues me topé con un campo que para mi fue motivo de preocupación desde que a principios de la década de los ochenta empecé a asomarme a la terminología, y en el cual creo haber hecho un modesto aporte, por lo menos en lo que era mi entorno geográfico inmediato para entonces.

Me estoy refiriendo a una serie de disposiciones, actitudes y acciones que por falta de mejor denominación llamaremos genéricamente "política lingüística". De ahí que cuando Fernando Lara me pide el título de esta conferencia, le comunico, sin mucho pensarlo, que ésta se llamará como se está llamando, quedándome luego con la duda de que si el título expresa o no con precisión aquello de lo que hoy me gustaría hablarles aquí, puesto que una vez más, como decía Heribert Picht en una ocasión, la terminología linguística no hace sino embrollarnos más de lo que ya estamos. Trataré de explicarme.

En un aporte titulado "Terminology and Language Planning", Jacques Maurias apunta, en 1993, que el término planificación lingüística es "un intento a mediano o largo plazo de sacarle provecho a un recurso colectivo, la lengua o las lenguas, tomando en cuenta las necesidades e intereses de un grupo dado. Se implementa de acuerdo a un plan de acción flexible que sirve de guía para la evolución social, sin apresuramientos, pero requiriendo la adhesión y participación de la población en general." Continua señalando que la planificación lingüística generalmente se compone de dos aspectos: la planificación del corpus, o sea la intervención deliberada en el tejido lingüístico en sí, y la planificación del status, o sea la adjudicación de un estatus socio-político a una lengua determinada. Concluye diciendo que esta dicotomía también ha sido redenominada como política lingüística /planificación lingüística y que últimamente esta pareja de denominaciones también está siendo reemplazada por gestión de la lengua/ tratamiento de la lengua.

Es posible que estas designaciones y definiciones sean útiles y prácticas en espacios geográficos donde por razones político-culturales existan acciones sistemáticas y centralizadas, o por lo menos controladas, en defensa de una lengua minoritaria o en pro de imponer una lengua estándar, como de hecho sabemos que ocurre en Quebéc o Cataluña, o como ocurría en la antigua Unión Soviética. Para hacerle justicia a Maurais hay que señalar que son precisamente éstas las referencias que él menciona en su trabajo, pero - y aquí es donde pretendo entrar en la esencia de esta conferencia- todas estas definiciones y denominaciones carecen de utilidad a la hora de referirnos a la gran mayoría de los países iberoamericanos, en donde los conceptos anteriormente mencionados son prácticamente inexistentes.

Ampliando la idea y rogándoles que me corrijan si me eqivoco, en nuestros países existen los problemas de orden lingüístico, pero faltan los canales y los mecanismos formales para implementar soluciones. Por lo tanto, hablar de política lingüística en países como Colombia, Ecuador o Venezuela, por mencionar algunos, carece del más mínimo sentido, sobre todo si nos sinceramos y admitimos, que nuestros países y nuestros gobiernos tienen prioridades mucho más urgentes que deberían atender -utilizo aquí adrede el modo condicional- como lo sería por ejemplo la lucha contra la extrema pobreza.

Los que conocen un poco la evolución de la terminología en los países iberoamericanos quizás estén de acuerdo conmigo en que aquellos documentos que en 1985 y 1988 fueran redactados con gran ilusión en Madrid y en Caracas -me refiero a la Declaración de Madrid y al Manifiesto de Caracas- jamás cumplieron su cometido, pues si bien fueron elaborados de buena fé, se encontraban totalmente fuera de nuestra realidad.

Por las circustancias hasta ahora expuestas, considero necesario replantear nuestras posibilidades de difundir la materia terminológica y sobre este punto quisiera hoy y aquí compartir algunas reflexiones con ustedes.

Una vez establecido el hecho de que en la mayoría de nuestros países no existe una política lingüística, ni mucho menos terminológica en el sentido anteriormente descrito, pero los problemas de la comunicación especializada, cabe plantearnos la pregunta de cuál puede o debe ser la estrategia con la cual nosotros, los profesionales involucrados en actividades terminológicas, podemos contribuir a una mayor consolidación y difusión de la disciplina en nuestro entorno inmediato.

Propongo para ello, en primer lugar, ampliar el concepto de política, despojándolo de sus características restrictivas como política nacional emanada de alguna entidad o autoridad gubernamental, y extender su aplicación a ámbitos institucionales y empresariales de menor envergadura y por lo tanto más controlables y transparentes. Podríamos de esta forma hablar de políticas corporativas, en el marco de las cuales la armonización terminológica esté al servicio de la imagen corporativa, formando parte del lenguaje corporativo. En este contexto, los resultados de la armonización terminológica se convierten en un factor de productividad, elemento que, queramos o no, rige en última instancia las acciones llevadas a cabo por cualquier entidad que trabaje con un presupuesto, ya sea de fuentes públicas o privadas.

A nosotros, a los profesionales lingüísticos en su vertiente terminológica, nos corresponde el papel no sólo de ejecutores o de co-ejecutores en este ámbito, sino ante todo el de mediadores entre una necesidad detectada y su correspondiente solución.

Para poder ejercer el papel de mediadores, considero que quizás haya llegado la hora de modificar nuestro paradigma discursivo y asimilar el lenguaje de nuestros potenciales "clientes". Creo que la realidad de nuestros países así lo exige.

Quisiera dejar bien claro en este punto que el enfoque que trato de esbozar no se refiere a proyectos de investigación terminológica básica o teórica, cuyo escenario natural siguen siendo y deben seguir siendo las universidades y otros ámbitos académicos, sino a la investigación aplicada, la cual, al fin y al cabo y como bien lo decía Wüster, debe provenir de la práctica y estar destinada a la práctica. Si partimos de este principio wüsteriano, no considero un atentado social o cultural tratar de redefinir el resultado de un trabajo terminológico como un producto que tiene un valor en el mercado de bienes intelectuales, siendo resultado de un proceso cognitivo individual o colectivo, al igual que lo puede ser un libro, una traducción o un paquete de software. Al hablar de valor no pretendo entrar en la polémica sobre si al producto terminológico se le deba o no adjudicar un "precio de venta" (aunque, por cierto, esta es una práctica que en otras regiones ya se está introduciendo; concretamente en Alemania se estableció que el costo de producción de un término oscila entre los 5 y 15 marcos alemanes), ya que el vender, ceder, donar o regalar un producto queda sujeto a criterios subjetivos marcados por las circunstancias específicas de cada productor. El hecho de que se ceda, done o regale un objeto, no significa que el mismo carezca de valor cuantificable.

A lo largo de mis cavilaciones sobre por qué en la mayoría de las veces y en la casi totalidad de nuestros paìses es tan difícil suscitar interés hacia la terminología, confieso haber llegado a pensar que una de las causas es precisamente la no adjudicación de un justo valor al producto terminológico, puesto que en nuetras culturas prevalece una actitud tendiente a considerar que lo que no es caro, no tiene valor. Esto sólo al margen.

La otra estrategia que creo bien vale la pena practicar es la del proselitismo terminológico, por mal que suene la connotación degenerada de este término.

Entiendo bajo proselitismo terminológico el hacer acto de presencia e intervenir con charlas, conferencias y ponencias en cuantos eventos especializados nos sea posible. Son muchos los seminarios técnicos, conferencias especializadas, reuniones de gremios especializados que se organizan en nuestros ambientes inmediatos, convocados, en muchísimas ocasiones, por profesionales que frecuentemente conocemos personalmente o por lo menos por referencia personal. A fin de ejemplificar que lo que propongo como una estrategia más de conscientización terminológica en círculos especializados no es una idea tan descabellada como parece y que tampoco representa un volumen de trabajo tan enorme como se podría creer, permítanme presentar brevemente una experiencia personal.

Entre el 14 y el 15 de marzo de 1996 se organizaron en la Sede del Litoral de la Universidad Simón Bolívar - Venezuela, las Jornadas Venezolanas sobre Técnicas Analíticas no Convencionales para un Desarrollo Sustentable. Las 43 ponencias presentadas en estas Jornadas versaban sobre temas altamente especializados del área de la física e ingeniería nuclear, circuitos electrónicos, calibración dosimétrica, biología celular, etc. Por coincidencias no excentas del proselitismo antes esbozado, se me hizo una invitación para presentar una conferencia plenaria sobre "La Terminología como Instrumento para el Desarrollo Sustentable", pues era evidente que a nivel de estrategias de gestión los especialistas no podían prescindir de una terminología armonizada en el área del desarrollo sustentable, ya que el mismo había de producirse en términos unívocos para todos los que en él intervenían o participaban.

Con la ayuda de unas pocas transparencias bien elaboradas, hemos presentado a un público interdisciplinario por excelencia un paquete informativo sobre la terminología, destinado a sus necesidades particulares y cuyo contenido me permito presentar en forma resumida en lo que sigue:

Objetivos de la presentación

Presentación de la disciplina terminológica

Establecimiento de relaciones entre terminología y desarrollo

Definición de estrategias para una política terminológica en el área ambiental

 

El concepto de "desarrollo sustentable"

Su nueva interpretación en vista de las variantes políticas

La dinámica del concepto:

"defensa del ambiente"

"protección del medio ambiente"

"protección integral del ambiente"

desde el Informe Brundtlandt:
"DESARROLLO SUSTENTABLE"

 

Implicaciones terminológicas de la política ambiental

La política ambiental se sirve de ciertos lemas cuyas definiciones se limitan a establecer lineamietos generales para las políticas ambientales. Al mismo tiempo, estos lemas sirven de modelo para la formulación de políticas ambientales.

Paralelamente se exigen precisiones para aclarar elemtos de orden técnico, así como elementos de competencia de responsabilidades para la acción.

Una terminología adecuada contribuye a la distribución idónea de responsabilidades, a la posibilidad de controles efectivos y con ello a la minimización de costos y a una mayor justicia (juego limpio).

 

Un catálogo de acciones

Evaluación y definición (explicación) de los principios ambientales: textos jurídicos, programas del sector público y privado (gobiernos, asociaciones, empresas, organizaciones ambientales, etc.)

Elaboración de un manual terminológico de referencia, con definiciones unívocas de términos, conceptos y formaciones lexicales pertenecientes al campo del medio ambiente. El manual debe establecer criterios tales como:

    correspondencia con el estado de la ciencia y tecnología

    univocidad

    correspondencia con la situación jurídica y legal

    comprensión general

Eliminación de la confusión conceptual actual mediante el desarrollo programático de principios para la elaboración de terminologías en el área del medio ambiente. Para ello se requiere de proyectos de área o de áreas parciales, tales como:

    desarrollo sustentable

    tratamiento de desechos

    balance ecológico

    gerencia ambiental

    conceptos ambientales generales.

Hasta aquí el esquema de lo que puede ser una intervención desde el ángulo de la terminología en un foro de especialistas que intuyen los problemas de comunicación, pero difícilmente se empeñarán en el diseño de una estrategia terminológica para solucionarlos.

¿Qué he estado pretendiendo con lo hasta aquí expuesto? Pues simplemente señalar un sendero diferente al hasta ahora transitado, con la convicción de que éste puede ser una alternativa más para llegar a nuestra meta: el mejoramiento de la comunicación especializada.

Antes de finalizar quisiera hacer unas observaciones respecto a algunos enunciados que hemos escuchado a lo largo de estos primeros dos días.

Sí, básicamente estoy de acuerdo: hemos crecido cualitativa y cuantitativamente desde 1988, año en que se celebró en la Universidad Simón Bolívar de Caracas el Primer Simposio Iberoamericano de Terminología. Pero el ritmo de este crecimiento sigue siendo demasiado lento; no se corresponde ni remotamente con el ritmo de crecimiento del conocimiento especializado, al servicio del cual, al fin y al cabo, se encuentra la terminología. Veamos algunas cifras suministradas por el informe de la Unión Latina: según éste, en Iberoamérica hay unas 592 instituciones que realizan actividades terminológicas, 119 de ellas cotidianamente. ¡No está mal! Pero: casi la totalidad dice que sus necesidades no están satisfechas. Pues ahí se encuentra, precisamente, el mercado terminológico que he estado pregonando como la realidad existente en nuestros países. A él tendríamos que dirigirle nuestra atención en el futuro. Las experiencias de URUTERM y el caso del Brasil son ciertamente esfuerzos muy loables y prometedores, pero son todavía la gran excepción.

Creo honestamente que el diagnóstico en Iberoamérica ya está hecho. Es hora de emprender el tratamiento.

Gracias por su paciencia y atención.

 

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