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Terminología. Identidad. Futuro del español y el portugués
Rodolfo Alpízar Castillo
Cuba
Generalidades
Es una verdad indiscutible y cada día más patente que el vocabulario especializado forma parte de la herencia cultural mundial, no solo de un país o grupo lingüístico. En tal sentido, al menos en teoría, podría pensarse en hacer abstracción de sentimientos nacionalistas, y defender una internacionalización general de los tecnolectos.
Pero ello solo es posible en teoría. En la práctica, la total internacionalización de los tecnolectos es impensable, puesto que, en esencia, va contra los intereses sociales y psicológicos de los pueblos. Los esfuerzos que se han realizado hasta el momento son de alcance reducido, y no van más allá del logro de una normalización del vocabulario empleado en determinadas actividades técnicas, y la búsqueda de denominaciones más o menos semejantes en las distintas lenguas, pero manteniendo todo lo posible las reglas fonéticas y de formación de palabras de cada sistema lingüístico.
De hecho, lo máximo a que puede aspirar la internacionalización terminológica es a la divulgación de formas acuñadas en una lengua junto a su equivalente en otra u otras, de modo de lograr su generalización uniforme entre los hablantes de los distintos sistemas relacionados, para impedir la creación anárquica de equivalentes y sinónimos.
Antes de cualquier intento normalizador o internacionalizador, hay que partir del criterio de que ni los tecnolectos en particular, ni la lengua en general, son ideológicamente neutrales. De una manera o de otra, participan por igual del cúmulo de tensiones políticas y sociales presentes, tanto en los conglomerados nacionales, como en las relaciones internacionales.
Esto significa que, tanto cuando se habla de una lengua, como cuando se habla de sus tecnolectos o, dentro de estos, de sus tecnoléxicos, se está tratando de temas que atañen directamente a la ideología y la cultura del colectivo o los colectivos humanos que los usan para comunicarse. Fracasará quien desconozca que los pueblos se identifican con sus lenguas, que son parte primordial en el autorreconocimiento de una colectividad como entidad nacional distinta de otras. Los hablantes, cultos o no, se sienten psicológicamente identificados con sus formas lingüísticas y rechazan consciente o inconscientemente lo que les haga o juzguen que les haga perder esa identidad. Quien aprende una lengua aprehende una cultura y un modo de ver la realidad. Lengua es quehacer humano, lengua es cultura, lengua es ideología. Y también, como se verá más adelante, es economía. Lo afirmado se aplica además a los tecnolectos, puesto que son elementos constitutivos de ella.
Lo que se lleva apuntado es válido para todos los idiomas, sean muy difundidos o todo lo contrario. Veamos el caso particular del español y el portugués de hoy.
Retos para el español y el portugués, y su futuro
Muchos de nosotros hemos sonreído al leer viejos artículos en que se atacaba esta o aquella moda lingüística, este o aquel extranjerismo, giro vulgar, etc., porque atentaban contra la integridad del idioma, contra su carácter castizo. Como en la fábula, de tanto escuchar "ahí viene el lobo", se ha terminado por no hacer caso a las advertencias, haya o no haya lobo. La "defensa del idioma" se convirtió para muchos, y por demasiado tiempo, en la búsqueda de un estado de "pureza" inexistente, imposible de adquirir e inviable si se hubiera logrado. En no pocos casos, fue mero ejercicio literario, cuando no algo menos santo, un simple modo de ganarse el sustento llenando espacios en periódicos y revistas.
Si esto es así, ¿por qué en estos tiempos se vuelve sobre el tema y se ocupan de él incluso personas a quienes no se pudiera calificar de "puristas"?
Ante todo, una aclaración: No me parece acertada la expresión, tan habitual que la he incluido en el título de mi trabajo, "futuro de la lengua" española o portuguesa. Ello no da la verdadera dimensión del problema. El meollo del asunto está en que cuando se dice "lengua española" o "lengua portuguesa" se está hablando, en realidad, del futuro de sus hablantes. Para el hablante, y esto no parece que esté en discusión, la lengua no es apenas un mero sistema de signos; es algo más íntimo y profundo, indefinible, que forma parte inalienable, sea o no consciente de ello, de su autodefinición, su conocimiento del mundo y de su sistema de ideas: Es su identidad.
¿Cuáles son los peligros a que podría estar expuesta una lengua, visto el desarrollo de otras que han existido y hoy no existen? Pensemos al menos en tres grandes posibilidades
1. Muerte por falta de hablantes
2. Fragmentación dialectal
3. Asimilación por otra(s) lengua(s)
El primer peligro es inexistente a muy largo plazo para lenguas como el español y el portugués, por razones obvias.
El español y el portugués tienen una sólida base demográfica y una distribución geográfica envidiable. La literatura española, con monumentos que son paradigmas de la cultura de todo el planeta, no solo tiene en su haber lo creado por generaciones pasadas, sino también y esto es fundamental, gran cantidad de autores contemporáneos, vivos y en plena actividad creadora. Lo mismo puede afirmarse, sin temor a equivocación, tratándose del portugués.
Esto significa que, en cuanto a su distribución y relevancia como lenguas de cultura general, ambos idiomas tienen muy seguro su lugar en el mundo de hoy.
No hay que descuidar, sin embargo, que contra lo anterior conspira la ausencia de políticas lingüísticas nacionales, y por ende de protección del español y el portugués, la desatención a la enseñanza de la lengua materna, los bajos niveles de instrucción de la población en no pocos lugares, y el esnobismo de algunos que acuden a formas de expresión ajenas en afán de ridícula seudodistinción, en ocasiones disparatando en dos idiomas. En la industria turística, tan llevada y traída, parecería que a algunos situados en posiciones de destaque les avergüenza su lengua.
En mi opinión, estos elementos son de hecho más dañinos para la lengua que todas las "amenazas" de que oímos hablar en el pasado, y son un riesgo potencial que no se debe despreciar.
El segundo peligro es digno de ser tenido en cuenta. No está de más la advertencia, aunque hay que situarla en su justo lugar. En cuanto al español, sabemos que abundan los "cazadores de diferencias" que a cada rato nos regalan gruesos volúmenes de "-ismos" que demuestran cuán diferente hablan un mexicano, un colombiano, un cubano, un español, o un salvadoreño. También abundan relaciones de localismos en España, o en cada una de las regiones de cada país de América. En fin, que si comparamos los "-ismos" de una comunidad de hispanohablantes con los de otra, y a veces si comparamos los de una misma comunidad, llegamos a una brillante conclusión: Es imposible que dos hispanohablantes se entiendan. Pero, si es así, el corolario es que el español no existe. Son innecesarios los comentarios. Al menos, siempre que he hablado ante un público formado por personas de varios países de nuestro entorno lingüístico, he sido entendido, y he entendido todo lo que me han hablado. Nunca me hizo falta un traductor para conversar con peruanos, chilenos, paraguayos, o españoles de diversas regiones.
Aunque no me corresponda por no ser hablante nativo, y acaso debiera matizar un poco, siento que, en relación con el portugués existe una situación bastante parecida: Hablo con portugueses y brasileños, y ellos me entienden, usando el portugués que aprendí con hablantes africanos.
Algo, pues, debe funcionar mal en eso de los localismos.
No obstante, concedamos algo: Es cierto que existen diferencias, tanto en el léxico como en algunas realizaciones fonéticas y de entonación. Negar esto sería necedad. Pero en nuestras lenguas (como, en general, suele suceder en otros casos) diversidad y unidad no entran en relación antagónica. Somos diversos, pero en la unidad, un todo compuesto de muchas partes contradictorias pero armónicas. Siempre que se mantenga el equilibrio entre los elementos exo y endocéntricos, seguiremos siendo una única entidad lingüística, española o portuguesa. Pero si las fuerzas centrífugas lograran imponerse, estaríamos condenados a la fragmentación. La comparación con el destino del latín, tantas veces esgrimida, no está descaminada, pero solo si se mira desde ese ángulo.
Hay que situarse en la realidad del mundo en que se vive hoy día. Las circunstancias del latín en su momento, y las del español y el portugués en la actualidad, son totalmente diferentes. Lo que más favorece los procesos de fragmentación lingüística es la falta de comunicación entre los centros irradiadores de normas y el resto de sus componentes; por ejemplo, Roma y sus colonias o provincias. Ese no es nuestro caso.
En primer lugar, no hay una única fuente irradiadora de normas en las lenguas multinacionales, y esa es una verdad que debían asentar en sus cabezas muchos que aún prestan atención a los viejos conceptos de "purismo", "casticismo", etc., que pretenden que "el español" o "el portugués" es lo que se habla en tal o cual punto de la geografía hispano o lusohablante, y el resto es "desviación" de lo correcto. Las fuentes de irradiación de normas son tantas como colectivos de hablantes nacionalmente definidos existen, cuando menos.
En segundo lugar, y esto es determinante, esos centros de irradiación de normas no están aislados entre sí. En los tiempos que corren, no solo no se está aislado, sino que es imposible estarlo. Con los rapidísimos medios de transporte, las transmisiones de radio y televisión a cualquier parte del planeta, y el cada día más asombroso desarrollo de las telecomunicaciones, el aislamiento es sencillamente impensable. Y con esta facilidad para las comunicaciones, lo que sucede es que las distintas normas se entremezclan, esto es, se solidifica la unidad. La diversidad, aunque permanece, no implica sino matización, color local que se impregna al texto, no fragmentación.
Guita, plata, lana, pasta, fueron tal vez en su momento localismos irreconocibles fuera de ciertos entornos; hoy serían pocos los hispanohablantes que no se den cuenta de que se trata de formas populares de referirse al dinero. Por ello acaso debemos dar gracias, ante todo, al cine, al video y, desde luego, ¡a las telenovelas!
Considerada esta realidad, la alarma ante la posibilidad de la fragmentación ha de considerarse, cuando menos, exagerada. Y obsérvese que me estoy refiriendo al habla general y popular, la más rica en movimiento, la más activa creadora de modismos y vocablos, permanentes unos, perecederos otros. Por su parte, los tecnolectos representan por lo común un habla de nivel culto, son relativamente menos productivos, y en ellos la diversidad, aunque también presente, válida y digna de ser tomada en cuenta, no es tan florida.
Nos queda el peligro de las invasiones extranjeras, de la asimilación por otra(s) lengua(s).
El verdadero problema
El verdadero reto que enfrentan el español y el portugués, que, repito, es lo mismo que decir sus hablantes, estriba en que sus usufructuarios no estamos a la altura de las exigencias contemporáneas.
Una brillante y viva literatura, una favorable distribución geográfica y una buena base demográfica, a pesar de lo convenientes que resultan, no son suficientes para que una lengua se afiance y predomine en el mundo moderno. Es el poder político y económico el factor decisivo, se admita o no, en esto como en casi todo lo demás.
Y este poder, ¿en qué se basa en la actualidad? Es innegable que en el desarrollo de la ciencia y de la técnica, en el comercio y las finanzas, en las telecomunicaciones.
Quien domina estos aspectos decide hasta la lengua en que hablan las personas.
En este punto es donde se evidencia la endeblez de hispano y lusohablantes, y por ello de nuestras lenguas (y no al revés, desde luego): Entre los países que se encuentran a la vanguardia de la ciencia y de la técnica, y esto no es ningún secreto, no se cuenta ninguno de habla española o portuguesa. Ello explica por qué, según datos internacionales, menos de 1% de la documentación científica y técnica mundial se publica en español o portugués. También explica que en los grandes bancos internacionales el tecnoléxico español sea escaso y desigualmente representado, con falta de actualidad o exactitud. Y qué decir del portugués, por lo general peor tratado que el español.
Múltiples factores extralingüísticos explican esta situación, como todos sabemos, no ninguna debilidad estructural de nuestras lenguas, pero el resultado es que la producción científica originalmente publicada en español o portugués es escasa, y nuestra cultura general tecnocientífica no se ha desarrollado de manera suficiente.
En resumen: En aquellas esferas del quehacer humano que son decisivas para el hombre moderno, nuestros idiomas no están ocupando el lugar que les correspondería por su desarrollo histórico y su relevancia geográfica, demográfica y cultural. De continuar el estado de cosas actual, y si no se aplican inmediatas medidas gubernamentales para remediarlo, el español y el portugués quedarán relegados a la situación de lenguas de segunda categoría, familiares, no aptas para la comunicación internacional especializada, por más esfuerzos aislados que se emprendan y por muchas llamadas de alerta que hagan algunos pocos interesados, pero que no cuentan con apoyo oficial.
Lo dicho nos hace llegar a la conclusión de que nunca fueron tan ciertos los peligros anunciados como en la actualidad. No se trata de clamar por el regreso a un pasado idílico de pureza idiomática que nunca existió. El discurso actual no es apenas filológico, sino ante todo político y económico, pues se discute acerca de la lengua en que vamos a comunicarnos con el mundo y entre nosotros, no de la propiedad o impropiedad de este o aquel vocablo.
Que sean anulados o asimilados el español o el portugués significa que con las formas lingüísticas impuestas se nos impongan otra cultura y otra manera de pensar, otra identidad. Es una lucha por el poder y una lucha por la propia identidad. Por eso hay que tener como centro de la atención que lo que está en juego no es apenas el futuro de nuestras lenguas: Es, ante todo, el futuro de sus hablantes.
Algunas alternativas
Llegados a este punto, se plantea la interrogante: ¿Es irreversible la situación, o hay algo que podamos hacer por modificarla?
Parto de la opinión de que, si bien el problema ha llegado a un punto crítico en que no puede ser pasado por alto, aún es tiempo de emprender un conjunto de acciones que, si bien no cambian de modo radical el estado actual, al menos podrían modificarlo favorablemente.
El punto de partida básico es que para obtener resultados válidos resulta imprescindible una actuación mancomunada de toda la comunidad hispano y lusohablante, tanto de sus gobernantes como de los sectores lingüísticamente más conscientes, trátese de instituciones o de individuos. Todo el que tenga la suficiente claridad acerca del problema debe sentirse obligado a sumar su esfuerzo a la tarea común de salvaguardar nuestras lenguas.
Lo decisivo, a largo plazo, es la búsqueda y obtención de una posición más relevante en el concierto de naciones productoras de ciencia y tecnología, es salvar la enorme distancia existente entre nuestras naciones y las que se encuentran en la avanzada científico-técnica mundial. Y esto es tarea, ante todo, de los gobernantes.
Esta opción, sin embargo, es una quimera para la mayoría. Por tanto, sin renunciar a ella, se impone emprender otras acciones más factibles e inmediatas.
Sin pretender agotar todas las posibilidades, ni mucho menos dar la última palabra sobre el tema, a continuación expongo algunas ideas, unas mías y otras ya conocidas, que considero pueden contribuir a la verdadera defensa del español y el portugués como lenguas de comunicación internacional:
a) Procurar una mayor internacionalización del español y el portugués, dándoles mayor relevancia en tratados, congresos y reuniones internacionales.
En este sentido es determinante la actitud que asuman gobiernos e instituciones luso e hispanohablantes, así como los organismos internacionales en que haya representantes de nuestras comunidades lingüísticas. En particular, deben contarse aquellos organismos que de alguna manera están relacionados con la lengua, como los de normalización, ya que publican normas terminológicas en las cuales, como se conoce, no siempre el español y el portugués están bien representados.
b) Establecer compromisos entre los Estados iberoamericanos para la defensa efectiva del español y el portugués. Sin afectar las peculiaridades de cada país, un mínimo de medidas comunes deben emprenderse. Algunas de ellas pueden incluirse dentro de la legislación de protección al consumidor. Por ejemplo, no sería exagerado exigir, para la colocación de un producto o servicio en cualquier mercado luso o hispanohablante, la obligatoriedad del uso de nuestros idiomas, tanto en el anuncio y la propaganda del producto o servicio, como en las instrucciones para utilización y mantenimiento, la descripción de ingredientes o componentes, las garantías, etc.
Del mismo modo se debería legislar para que, cuando por conveniencia económica sea imprescindible el uso de otros idiomas, como suele suceder en el turismo, sea obligatoria la aparición, visible y legible, de la forma de expresión correcta en español o portugués, según el caso.
Estas medidas, se enmarquen o no en el universo mayor de una política lingüística plenamente estructurada (la cual pudiera existir, pero no es la realidad del día de hoy), contribuirían a afianzar el prestigio del español y el portugués entre sus propios hablantes (sean especialistas o no), cosa que pocas veces se toma en cuenta entre nosotros, y contribuiría en algún grado a mejorar la situación en relación con el tecnoléxico.
c) Emprender un serio, masivo y sostenido esfuerzo de traducción científico-técnica al español y el portugués, de modo de posibilitar a estudiantes y especialistas el acceso a la información en su propio idioma. Como se ha repetido en otras ocasiones, si los gobiernos gastaran más en pagar buenas traducciones, podrían ahorrarse mucho de lo que invierten en cursos de idiomas. Es conocido que, en no pocas ocasiones, el producto obtenido en ellos deja mucho que desear; en la práctica, luego de acabar su carrera universitaria, la generalidad de los profesionales tiene que acudir a cursos adicionales si desean leer los textos en lengua original. Con buenas traducciones, realizadas por profesionales competentes, tanto el Estado como los particulares saldrían beneficiados.
Para que un esfuerzo en esta dirección resulte efectivo, es imprescindible la creación de registros nacionales e iberoamericanos de traducción científico-técnica, confiables, actualizados y accesibles, y el intercambio de esta información entre todos los países luso e hispanohablantes.
Al respecto cabe recordar que desde hace años existe el Sistema Iberoamericano de Información sobre la Traducción (SIIT), cuya sede se encuentra en Villa Ocampo, Buenos Aires. Por tanto, no hay que crear algo nuevo, ni que partir de la nada, sino fortalecer esta institución ya constituida y redimensionarla, situarla en el lugar que le corresponde, de modo que actúe como un registro central de las traducciones iberoamericanas, al cual se pudiera acceder desde cualquier punto de nuestro entorno.
Unido a ello, el SIIT pudiera y debiera tener un desempeño activo y protagónico en el auspicio y la asesoría de los registros nacionales. Pienso que RITERM puede y debe trabajar en esta dirección recabando para ello, una vez más, la ayuda de Unión Latina y, por intermedio de ella, la de la UNESCO, a quien responde el SIIT, para que su oficina cuente con los medios materiales y el financiamiento requeridos para cumplir adecuadamente su cometido de difusor de la información sobre la traducción en nuestros idiomas.
El SIIT debe ser aprovechado al máximo en sus posibilidades como:
Registro iberoamericano de traductores
Registro iberoamericano de traducciones
Registro iberoamericano de centros de traducción
d) Como forma de contribuir a la masificación de la traducción científica y técnica, procurar una mayor atención a la instalación en nuestros países de sistemas de traducción automática y traducción asistida por computadora. Sería conveniente emprender un estudio de los sistemas iberoamericanos de traducción automática, con el fin de promover los que más se ajusten a nuestras necesidades. Parto, desde luego, de la idea de que todos estamos convencidos de la necesidad de esta herramienta de trabajo. Es evidente que aquí también hay una tarea donde el SIIT debiera tener cierto protagonismo.
e) Estimular las buenas traducciones científico-técnicas al español y el portugués, así como el prestigio de la profesión de traductor, mediante el establecimiento de premios nacionales y un premio iberoamericano que se otorgue a aquellas obras que hayan contribuido a su enriquecimiento como lenguas de comunicación científico-técnica internacional. Esta también pudiera ser una labor que centralizaría el SIIT, con la cooperación de otras instituciones interesadas.
f) Proporcionar una mayor especialización tecnocientífica a los cursos de formación de traductores.
g) Introducir la enseñanza de las nociones de la terminología científico-técnica, como disciplina obligatoria, en los cursos de formación de traductores, y difundir esta materia en otros cursos universitarios, como materia adicional u optativa.
h) Vincular más a la ciencia y la técnica modernas la enseñanza de la lengua materna en las escuelas, mediante la indicación de lecturas de buenas obras de divulgación científica y técnica, y la redacción de textos por los alumnos acerca de temas de interés científico adecuados a la edad y el nivel escolar.
i) Modificar radicalmente la concepción de la enseñanza de la lengua materna, haciendo más hincapié en su buen uso práctico que en el dominio de las reglas y la nomenclatura gramatical.
Sabemos que no es raro que la enseñanza de su lengua natal en las escuelas sea aburrida para los alumnos, y acaso también para los maestros. En tanto para el idioma extranjero se buscan de modo constante formas más agradables y efectivas de enseñanza-aprendizaje, para el propio se adoptan posiciones tradicionalistas que en no pocas ocasiones crean un rechazo del educando a la asignatura correspondiente.
j) Un punto especial en la defensa del español y el portugués es la creación de bancos terminológicos, tanto en el interior de cada uno de nuestros países como iberoamericanos. Recordemos que la Red Iberoamericana de Terminología trabaja en pro de un banco iberoamericano de datos tecnoléxicos, y los esfuerzos que se emprendan en cada país deben tomar en consideración la necesaria coordinación para que los sistemas adoptados puedan intercambiar información con otros bancos nacionales y con la red de RITERM.
¿Cuál ha de ser la participación de Riterm?
a) Riterm está llamada a ocupar una posición protagónica en la lucha por defender el carácter de lenguas científicas del español y el portugués. Para ello debe, ante todo, convertirse de hecho en una verdadera red iberoamericana. A mi modo de ver, todavía está lejos de serlo. Como he afirmado antes: O no ha sabido tocar a todas las puertas, o hay puertas que no quieren abrirse a su llamado. No todos los países forman parte de la organización; de los miembros reconocidos no todos participan sistemáticamente de simposios y asambleas, y menos son los que realizan alguna actividad específica en los trabajos emprendidos.
Urge, pues, incrementar el número de miembros institucionales e individuales, de modo de abarcar de manera efectiva todo el universo iberoamericano, y buscar formas que viabilicen la participación más amplia en las labores de la Red.
b) Una manera de lograr este crecimiento, y además de tener mayor peso como institución, es dedicar un esfuerzo sostenido a la actividad de propaganda de la propia Red y de los objetivos que persigue. Gobiernos e instituciones de nuestro entorno desconocen a Riterm o tienen una idea muy vaga de sus intenciones, perspectivas, acciones y necesidades. Hay que darse a conocer. Un modo de hacerlo es solicitar de inmediato la colaboración de la Unión Latina para que, por intermedio de sus representaciones, haga llegar a los gobiernos de sus países miembros un documento de presentación de la Red.
En la asamblea de los próximos días debemos dar el encargo, a la secretaría que resulte electa, de elaborar ese documento y de tramitar su difusión.
c) Como forma de comenzar de inmediato a realizar acciones concretas en el cumplimiento del objetivo de defender nuestras lenguas, Riterm debe hacer llegar a la reunión cumbre de mandatarios iberoamericanos un documento en que se expresen nuestras preocupaciones, y se planteen algunas fórmulas de enfrentamiento al problema.
En concreto, considero que las medidas que un poco antes he relacionado deberían ser objeto de discusión en nuestra asamblea, y que en esa discusión debemos aprobar el contenido del documento que se enviaría a la cumbre. Si concordamos en las ideas generales, la secretaría electa deberá de inmediato poner en ejecución esta tarea. Si se considera necesario, habría que nombrar una comisión de estilo, pero habría que cuidar que realmente sus integrantes tengan la posibilidad de trabajar en el texto, sin pérdida de tiempo.
Suponiendo que fuera demasiado breve el plazo para hacer llegar el documento a la cumbre iberoamericana, se haría llegar individualmente a los gobiernos.
Recabemos, una vez más, la colaboración de la Unión Latina para llevar a feliz término esta tarea.
d) Riterm debe establecer contactos institucionales sólidos y relaciones de trabajo definidas con organizaciones tales como la Red Panlatina de Terminología, la recientemente creada Asociación Europea de Terminología, y el aquí antes mencionado Sistema Iberoamericano de Información sobre la Traducción, de modo de garantizar un flujo efectivo de intercambios de información de todo tipo con ellos, así como de contactos personales entre sus miembros. Riterm puede y debe constituirse, de hecho, en un miembro institucional de la Red Panlatina. Lo planteado no es nada complicado, visto que entre nosotros hay quienes realizan actividades simultáneas en ambas redes, como integrantes de ellas, y que la Unión Latina ocupa una posición relevante en las dos.
e) Por último, Riterm está obligada a concluir en el más breve plazo la tarea, encomendada en anteriores asambleas, de elaborar el modelo único de ficha terminológica que debemos poner en funcionamiento y propugnar en todo el entorno iberoamericano, así como el prototipo de sistema de gestión de datos terminológicos, suficientemente amplio en su concepción para que todos, o la mayoría de los miembros, puedan comenzar de inmediato a familiarizarse con él.
No me refiero aquí al proyecto de banco terminológico iberoamericano, pues supongo que durante la asamblea tendremos información sobre los resultados del estudio de factibilidad llevado a cabo recientemente. Insisto, sin embargo, en que este banco puede llegar a ser un factor decisivo en la defensa del español y el portugués como lenguas para la comunicación científica y técnica moderna, y todos debemos prestar el máximo de atención y colaboración a las acciones que lleven a su puesta en funcionamiento y posterior alimentación y mantenimiento.
Para concluir
Habiendo intentado colocar los retos y peligros del español y el portugués en su justa dimensión, y habiendo expuesto mis ideas acerca de las vías para enfrentarlos con alguna posibilidad de éxito, deseo finalizar llamando la atención sobre un tema que he señalado en otras ocasiones, y al que siempre volveré.
En varios encuentros internacionales en que he participado he observado que, cuando tratamos de identificar los problemas, es por lo general posible encontrar consenso. Sin embargo, a la hora de señalar soluciones surgen siempre dificultades. Y, cuando en apariencia hay consenso y se adoptan resoluciones, acuerdos, compromisos, etc., al pasar a la aplicación práctica surgen escollos de última hora, se entorpecen las comunicaciones, hay malos entendidos, se demoran o no llegan las respuestas, en fin, se vuelven humo muchas ideas.
Se trate de un formato de ficha terminológica, de la adopción de un sistema único de gestión de datos, o de la simple elección de una sede, no es raro que surja un pero de última hora que impide o al menos retarda la realización de un proyecto.
Para mí, la razón es bien sencilla: No todos estamos dispuestos a aceptar la solución del otro como la más viable. La propia siempre la vemos como la más sencilla, económica o adecuada, o es la de mayor rigor científico. La del otro siempre tiene defectos, la propia no. Las horas de trabajo, el esfuerzo y la pasión dedicados a "mi" proyecto cierran toda posibilidad de que yo pueda aceptar el tuyo. El resultado es que no se aplica ninguno, ni mejor ni peor. Y el problema sigue vigente, y creciendo.
En buen número de ocasiones nos falta humildad, amplitud de miras, y, sin quererlo, trabajamos en favor de las fuerzas que conspiran, consciente o inconscientemente, contra nuestras lenguas, es decir, contra nuestra identidad.
Se impone actuar de manera mancomunada, sin prejuicios exclusivistas ni exageradas ansias de destaque personal o de grupo, con generosidad y sabia modestia, y actuar teniendo en todo momento presente que lo que importa no es el protagonismo de esta o aquella institución o área geográfica, de este o aquel individuo o colectivo de trabajo, sino la sobrevivencia de toda una cultura, de toda una identidad supranacional que es la nuestra. Debemos comprometernos de todo corazón a apoyar cuanta iniciativa contribuya a nuestro fin más elevado, sin que nos importe a quién cabrá el honor de haber sido el primero en proponerla.
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