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Índice por autores

 

 

Terminología para un perfil exportador del MERCOSUR

Juan Carlos Merlo
Centro Terminológico de la Sociedad
Iberoamericana de Información Científica
Academia Argentina de Artes
y Ciencias de la Comunicación
Argentina

 

Terminología y propiedad intelectual

Todo aquel que produce un nuevo bien o servicio genera con su creación una nomenclatura que identifica no sólo al objeto creado, sino también a sus partes constituyentes, procesos y métodos de elaboración y ensamble.

Por antiguas normas internacionales buena parte de estos términos son patentables bajo el carácter de marcas registradas y es costumbre aceptar que es derecho del creador o inventor elegir el término y el idioma con el que habrá de designarse el nuevo sistema conceptual, salvo que el país en que lo haga le imponga restricciones legales a este respecto.

No fue necesaria ley alguna para que, junto con la universalización de los frutos americanos en el siglo XVI, el mundo entero aceptara sus nombres indígenas como propios e indiscutibles. Nadie hubiera pensado por entonces en llamar con otros nombres al chocolate, el café, la patata, el tomate o el caucho.

En tiempos de la revolución industrial las designaciones resultaron simples rótulos de los objetos y así ocurrió hasta fines del siglo XIX en que las primeras normas y convenciones internacionales sobre patentes, marcas y propiedad intelectual fijaron una situación terminológica que era a la vez un fiel reflejo de los sistemas económicos y culturales existentes por entonces.

 

Los procesos de concentración industrial

Los cambios estructurales de lo que hoy se llama macroeconomía trajeron consigo nuevas figuras jurídicas y costumbres para el comercio internacional. Procedimientos hoy tan comunes como las licencias y franquicias para la utilización de sistemas, fórmulas y métodos de fabricación o producción de bienes y servicios fueron el punto de partida de un gran cambio cultural. Los nombres ya no siempre reflejaron la designación impuesta por el creador o inventor. Estos dejaron progresivamente de ejercer sus derechos de propiedad intelectual que habían dado sustento a los viejos sistemas de patentes, marcas y nomenclaturas, para quedar inmersos en los procesos de concentración industrial que se hicieron más evidentes a partir de la Segunda Guerra Mundial.

La concentración industrial, favorecida por la aplicación de sistemas cibernéticos y robotizados, ha hecho posible que ciertos productos industriales resultaran del ensamblado de partes, producidas en diversas plantas de origen distantes entre sí. El caso reciente del avión Airbus, resultado de la ensambladura de partes y sistemas fabricados en cuatro países europeos, es la demostración actual del camino que sigue la concentración de las industrias transnacionales en el mundo entero.

Aunque esta realidad fue impuesta por la tecnología de la robotización, la terminología que designaba las partes y sistemas integrantes de un producto final no dejó de estar relacionada con las lenguas de los países en los que se producían esas partes y sistemas. Pero en todos los casos esos términos monolingües tuvieron una necesaria y biunívoca versión al inglés, que ha resultado ya la nueva lengua universal de la ciencia y la técnica.

Este hecho innegable podría sustentar el argumento de la existencia de una lengua dominante para todos los países del mundo capitalista.

Pero los procesos culturales nunca son tan simples como pretenden los ideólogos. Los movimientos pendulares de la cultura han generado a lo largo de la historia sus propias defensas.

 

La globalización de los mercados

Frente a la concentración industrial surgió a fines de la década de los ochenta el proceso de globalización de los mercados.

Este fenómeno fue favorecido e incentivado por la globalización de las comunicaciones por vía satelital, lo que hizo posible llegar con mensajes promocionales a los consumidores de todos los rincones de la tierra donde existiera una antena satelital y un aparato de televisión.

Los nuevos mercados, formados por pueblos de culturas y lenguas tradicionales, pasaron a ser los consumidores necesarios de aquella concentración industrial sólo posible en una economía de escala.

Frente a la situación dominante del inglés como lengua universal de la producción de bienes y servicios, surgió como contrapartida la diversidad de lenguas de los grandes países consumidores.

Así ocurrió que los nombres de los productos o los de sus partes y sistemas debían tener inevitablemente equivalencias del inglés a las lenguas de los países consumidores. A la hora de penetrar en los mercados y de acceder a los consumidores con manuales de mantenimiento, indicaciones y guías para el usuario, y mensajes comunicacionales para la publicidad y la promoción, aquella lengua universal de los procesos de producción debió revertirse a las lenguas nacionales de los países consumidores.

Los productos de consumo masivo en los países de la Comunidad Europea, por ejemplo, suelen venir acompañados con folletos de indicaciones para el usuario redactados en ocho y hasta en doce idiomas. Y ello ocurre en un continente en el que el bilingüismo es una de las constantes de la cultura de cada país.

 

El proyecto terminológico del MERCOSUR

Ante la inminencia de la integración cultural que nos impone el MERCOSUR, es preciso que los países que lo integramos tengamos una visión clara de los procesos lingüísticos que se habrán de producir como consecuencia de la concentración de la producción de bienes por un lado, y del crecimiento regional de los mercados por el otro.

Es falso postular que el bilingüismo luso-hispano resolverá los problemas terminológicos que surjan de la concentración de la producción. Todo proyecto terminológico que esté al servicio de los procesos de producción integrada y de la comercialización e intercambio de servicios deberá incluir al inglés como tercera lengua ineludible. Así lo exigen los sistemas de licencias y franquicias que se entrecruzan en todo proceso de producción avanzado.

Cometeríamos un pecado de soberbia si pretendiéramos producir bienes de alto nivel tecnológico prescindiendo del uso de licencias, patentes y franquicias en sistemas y partes de probada eficacia en los países anglófonos o en otros países industriales acreedores de la terminología inglesa.

Por consiguiente, toda normalización terminológica para la región del MERCOSUR deberá ser por lo menos trilingüe en cuanto se refiere a la producción de bienes y servicios originarios de los países signatarios del Tratado de Asunción.

Paralelamente, también deberá ser por lo menos trilingüe el proyecto terminológico regional si pretendemos que los bienes y servicios producidos en el Mercado Común tengan un destino exportador más allá de las fronteras regionales.

Aunque a muchos les satisfaga la idea de alcanzar con el Mercado Común libre de aranceles una suerte de globalización regional del consumo, no podremos evitar la penetración de bienes y servicios originarios de otras uniones económicas.

Para evitar un fuerte arancelamiento de todos los productos y servicios originarios de otros mercados comunes, lo que implicaría una política cerrada ante el resto del mundo, resultará necesario el diseño de un fuerte perfil exportador desde los países del MERCOSUR hacia el mundo.

Esta proyección inevitable implica también un desafío terminológico que, a partir del trilingüismo luso-hispano-anglófono, incorpore luego al francés hablado en las antiguas colonias de Africa, Asia y Oceanía, y, en un futuro no lejano al chino, el japonés, el coreano, el hindi y el árabe, las lenguas en las que se expresan el 50% de los consumidores del mundo, que habitan en el cercano, medio y lejano oriente.

Es urgente, pues, que las Subcomisiones de Terminología para el MERCOSUR ya constituidas o en vías de constitución en cada país signatario, adopten un sistema trilingüe para la designación de los bienes, servicios y sistemas producidos en la región total o parcialmente.

Este trilingüismo será uno de los sustentos que hagan del nuevo Mercado Común algo más que una potencia consumidora de trescientos millones de habitantes. Será el origen de una concepción exportadora capaz de llegar con su producción y su tecnología a los mercados del mundo.

Quienes no lo entiendan de este modo habrán concebido una nueva frontera regional que no tendrá más horizonte que su autoabastecimiento, ni más crecimiento que el de su propio desarrollo demográfico.

Por nuestra parte, creemos que este nuevo siglo que ya se inicia debe abrir los caminos del mundo a una América integrada como la que soñaron los Libertadores.

 

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