Formación en terminología
M. Teresa Cabré i Castellví
Institut Universitari de Lingüística Aplicada
Universitat Pompeu Fabra (Barcelona)
España
Propósito
Resulta fácil y difícil a la vez responder adecuadamente a la petición de los organizadores del simposio de hablarles de formación, teniendo en cuenta las características que la comisión entiende que debe tener mi intervención, a saber:
a. que debe servir de marco para las comunicaciones sobre formación que se harán a continuación
b. que debe evitar las explicaciones teóricas a fin de favorecer el objetivo prioritario del simposio: logro de resultados en América Latina
c. y que ha de abordar puntos que puedan interesar a los que se enfrentan día a día con problemas terminológicos en sus lugares de trabajo.
y las que yo misma me impongo, que son:
a. no traicionar el espíritu que sobre formación siempre he intentado que presidiera mi teoría y mi práctica docentes
b. conectar mi exposición con el tema general de este simposio: la terminología y el desarrollo
c. sugerir, más que resolver, temas y cuestiones que inciten al diálogo y a la discusión, que para mí es una de las metas más interesantes a lograr en cualquier reunión.
Es evidente que el tema de la formación despierta un notable interés entre nosotros. Y empieza a resultar estimulante hablar de formación a la luz de los datos que, sobre su organización, se han recopilado gracias a los cuestionarios llevados a cabo por organismos como Unión Latina, Riterm y TermNet (que incluyen aspectos de formación entre muchos otros) y a las discusiones que se han realizado en el marco de algunos eventos dedicados monográficamente a este tema.
Pero, por otro lado, es difícil tratar sistemática y pragmáticamente del tema de la formación terminológica, dada la gran diversidad de opciones de formación que existen hoy y al valor relativo que los datos que se han recogido en los cuestionarios, que son irregulares y parciales, y, además no definen previamente el sentido de los parámetros que utilizan.
En este panorama, voy a enfrentarme con el reto de darles una visión general de introducción a las comunicaciones sobre formación que aporte alguna novedad sobre la formación en terminología, con el ánimo de contribuir de este modo al diálogo terminológico y al desarrollo de la terminología en nuestro común espacio iberoamericano.
Sobre el concepto de formación
Nos enfrentamos con una primera cuestión que de entrada conviene aclarar: qué entendemos por formación en terminología?
A pesar de que soy consciente de la banalización que ha sufrido este término, para mi, formar nunca hay que confundirlo con "dar una preparación técnica", capacitar o "adiestrar" (en el sentido más noble del término). Formar en terminología presupone dar una visión amplia y reflexiva de todos los aspectos relativos al tema, teniendo en cuenta que la terminología es al mismo tiempo una disciplina y una práctica; que, como disciplina, tiene su vertiente teórica --sus fundamentos--, y su vertiente aplicada, --su materialización en programas de resolución de determinadas necesidades sociales relacionadas con la documentación y la información--; y que, como práctica, asume un conjunto de técnicas inspiradas en los fundamentos que desembocan en la confección de glosarios o en la creación de términos.
Para mi un terminólogo o una terminóloga debe ser un especialista formado en terminología, si queremos que la terminología como materia y como actividad no acabe confundiéndose con el simple ejercicio de una práctica, por muy necesaria o eficiente que sea.
Sé que es una convicción difícil de aceptar en algunos ámbitos de trabajo. Sé que es una idea que difícilmente van a defenderla aquellos que la enfocan política o comercialmente, para los que la rentabilidad, la productividad o la comercialización se sitúan en el primer plano. Pero los que tenemos la posibilidad de movernos en el ámbito académico, lejos (cómodamente lejos para algunos) de la presión productiva y económica, tenemos el deber de defender la solidez de la terminología como espacio científico con una teoría y una aplicación que genera una actividad necesaria. Y todo ello en el respeto por la práctica, en la consideración de la utilidad de la práctica.
Soy plenamente consciente que desde la perspectiva de los teóricos (es decir, desde el campo de los que reflexionan sobre la terminología, de los que describen la sistemática terminológica o enseñan la materia), la diferenciación entre los conceptos de formación y capacitación es obvia; pero que desde la posición de algunos prácticos, la diferenciación no resulta ya tan bien aceptada. La razón es clara, cada colectivo asume en el fondo (aunque en la forma parecen coincidir) una concepción distinta de lo que es la terminología: para unos, una verdadera disciplina (autónoma, subsidiaria o independiente, tanto da); para otros, una simple práctica, un arte. Y esa segunda concepción ha sido abonada desde el terreno profesional de la producción terminológica, para el que la mediada de evaluación del trabajo terminológico sólo se mide en términos de eficacia y rentabilidad (económica o política, tanto da).
Alguien podría pensar que esta reflexión sobre la formación y la capacitación esconde en el fondo una defensa de la estaticidad ante el dinamismo, de la antigüedad frente a la modernidad, de la ineficacia frente a la eficacia. Me gustaría que se entendiera de otro modo. Me gustaría que se entendiera como la defensa de que en la trastienda de toda práctica hay unos principios teóricos que constituyen sus fundamentos, a veces poco consolidados, pero otras veces sólidamente estructurados (constituyendo en estos casos un campo científico.
Y lo que intento también en esta intervención es sugerir que, independientemente de nuestros intereses teóricos o prácticos siempre legítimos, y desde una actitud de respeto por el espacio teórico-práctico, nos planteemos qué significa la terminología como disciplina, qué es mejor enseñar para "formar" (y no para sólo para capacitar), qué colectivo o colectivos de profesionales deben enseñar y cuáles son las estrategias más adecuadas de aprendizaje en esta sociedad cambiante. En síntesis, que cuando hablemos de formación compartamos los mismos supuestos y demos el mismo significado a este término. Sólo así, creo yo, haremos avanzar la terminología para el desarrollo.
Sobre el objeto de formación
Una vez establecida la distinción entre formar y capacitar, pasemos al objeto de formación. Preguntémonos cómo es científicamente hablando el objeto terminológico; o en palabras más prácticas, preguntémonos si la terminología es lenguaje, porque en función de la respuesta que demos a esta pregunta podremos enfocar quien está mejor preparado para organizar su formación.
Para mi es obvio que la terminología, si sirve a la comunicación, es lenguaje. Pero, ¿es lenguaje en el sentido de lenguaje natural articulado? Esta pregunta ya no tiene una única respuesta como tenía la anterior, puesto que puede responderse desde diferentes posiciones. Para los lingüistas, los planificadores, los redactores o los traductores, es decir para los que ejercemos una actividad de lenguaje, actividad que pude ser unilingüe o multilingüe, es lenguaje. Para los que se sirven de ella para fines que no son lingüísticos, puede que no sea lenguaje natural, o por los menos que, al lado del lenguaje natural, incluye otras unidades de naturaleza distinta (símbolos, unidades gráficas, iconos, etc.).
Del objeto al sujeto
Aunque sea una cuestión bastante tratada ya en la bibliografía, no podemos enfocar el tema de la formación sin hacer distinción entre la formación de terminólogos y la formación en terminología. Entiendo que es muy distinto organizar la formación de los profesionales de la terminología, es decir, de aquellos que van a convertirse en mediadores comunicativos a través de los términos, que organizar la formación de los colectivos de profesionales que deben servirse de una u otra manera de la terminología. Para los primeros, los términos son el objeto primero de su actividad profesional; para los segundos, los términos son vehículos que les facilitan su actividad profesional. El tipo de formación que requieren estos dos colectivos es obviamente distinta.
Y sin embargo esta distinción que acabamos de hacer presupone haber aclarado previamente qué entendemos que debe ser un terminólogo o una terminóloga. Hace bastante tiempo que defiendo que hay que reconceptualizar la denominación de terminólogo. Pero aun previamente hay que distinguir la formación de terminólogos de la formación de otros especialistas en terminología para servirse de ella, más que para trabajar sobre ella.
Esta distinción es, a mi modo de ver, importantísima. Un terminólogo es un trabajador de la terminología, un mediador de la terminología, la persona que proporciona la terminología para otros fines. Hay que formarlo, por tanto, para que sea capaz de dar lo que se le pide: terminología de calidad, pero desde una formación sólida que le de autonomía. Este es el verdadero terminólogo. Y para mi es terminólogo cualquier persona informada en los aspectos generales de la terminología que sea capaz de participar en la elaboración de un glosario sistemático. Por lo tanto defiendo que un lingüista terminólogo no se contrapone a un especialista si ambos integran un equipo de terminografía. Los dos serán terminólogos con funciones diferenciadas en un equipo sobre la base de su capacitación y conocimientos previos.
A lo largo de la historia tenemos numerosas muestras del trabajo activo que los científicos y los técnicos han realizado, y realizan aún, en terminología sistemática. Fueron los especialistas, ya que sólo ellos detectaban la necesidad de hacerlo, los iniciadores del trabajo en terminología, los que establecieron los términos de su campo de especialidad respectivo. Por ello me preocupa que actualmente se hable tan poco de su protagonismo terminológico, y tanto, eso sí, de su colaboración. Yo diría que en esta concepción han tenido una gran influencia algunos países de gran desarrollo terminológico, pero en los que esta actividad está ligada a la normalización de una lengua.
Al lado del terminólogo, distingo los especialistas que se sirven de la terminología para realizar otros trabajos: traducción, redacción técnica, documentación, ingeniería lingüística, etc.
Así, en mi opinión, un terminólogo formado íntegramente como tal debe poseer una serie de conocimientos y una serie de habilidades, unos independientes del contexto específico y otros fruto de la situación en que van a desarrollar su trabajo. Esta formación puede darse a diferentes niveles, según el grado de responsabilidad que vaya a ejercer en un equipo de trabajo. Una formación de primer nivel incluye los aspectos más generales e introductorios de la terminología como disciplina y como práctica y las directrices básicas de la metodología de trabajo. Esta formación general hay que complementarla con una formación suficiente en terminografía, para capacitar al estudiante en la creación de glosarios, informándole de los recursos de referencia más importantes (normas, diccionarios, autoridades, bancos de términos, etc.). En un estadio de formación superior, el terminólogo debe adquirir un mayor nivel de conocimientos teóricos que le den una visión global de la terminología como disciplina y de sus finalidades aplicadas a la resolución de necesidades comunicativas y expresivas. A este fin debe adquirir complementos de formación en ámbitos específicos como la gestión terminológica, la planificación estratégica o la informática aplicada al proceso terminográfico. Ni que decir tiene que el conocimiento de las lenguas de trabajo es absolutamente imprescindible para realizar un glosario multilingüe. Y evidentemente, la especialización cada vez más profunda de las profesiones requiere la intervención de terminólogos que tengan buenos conocimientos del campo de especialidad en que se trabaja (aun contando con la participación de especialistas en la materia).
Y aún dentro del mismo colectivo, el tipo de actividad que en el seno de cada grupo profesional puede realizarse determina también niveles de profundidad distinta en la formación que de debe adquirir y enfoques más fundamentales o técnicos según los casos.
Los supuestos fundamentales de la formación
Y además de las distinciones que acabamos de hacer y que, desde mi punto de vista, son fundamentales para enfocar el tema de la formación, existen todavía una serie de principios básicos que, también en mi opinión, toda formación en terminología necesita respetar:
1. No puede ofrecerse formación al margen de la realidad en que se da. La formación en terminología únicamente pude plantearse teniendo en cuenta el macro y el microcontexto en que produce. Cada contexto socio-histórico requiere un tipo de formación; y cada situación concreta de formación --dependiente de los interlocutores, la temática, las finalidades y los recursos-- necesitan un planteamiento diferente.
2. Para enseñar terminología hay que conocer las opciones científicas en las que se inserta y situarse en un terreno de forma clara y explícita. Ningún formador puede enseñar sin conocer las opciones. La enseñanza de la terminología y la formación de terminólogos proceden de una ideología, no solamente política, sino también científica, de una posición científica sobre la materia.
3. No se puede dar ningún curso global de terminología que sea puramente y exclusivamente teórico, ni un curso exclusivamente práctico. La terminología se compone de teoría y práctica, caras indisociables de un mismo fenómeno. Las reflexiones teóricas nutren las prácticas y viceversa. Los cursos prácticos deben partir de unos supuestos (por ejemplo de la explicitación de la posición científica del punto 2), aunque no se expliquen a los alumnos.
4. Para enseñar terminología hay que prepararse específicamente. Ninguna de las licenciaturas en las materias que componen su campo de interdisciplinariedad forman suficientemente sobre los términos en sentido global. La terminología es una disciplina organizada que no puede improvisarse. Por lo tanto, hay que enseñar específicamente terminología a especialistas capacitados sólidamente en lingüística, traducción o cualquier otra materia. Uno no se convierte espontáneamente en terminólogo, sino que lo hace a través de la adquisición de un bagaje de conocimientos y de una formación en la que teoría y práctica están indisolublemente unidas.
Estos son, a mi modo de ver, los supuestos básicos desde los que hay que organizar la formación, distinguiendo por una lado la formación de terminólogos y, por otro, la formación de otros especialistas en terminología. Y me parecería una obviedad subrayar aquí cómo estos puntos fundamentales que acabo de enunciar son puntos elementales de la práctica formativa en terminología.
Conocimientos y capacidades del profesional de la terminología
Resulta difícil delimitar y más aun poner límites a los conocimientos que un terminólogo debe tener. La terminología entendida como interdisciplina es demasiado amplia y compleja como para hacerlo. Pero en el supuesto establecido anteriormente de que la terminología es disciplina y actividad a la vez, es decir, es al mismo tiempo "saber" y "hacer", resulta más factible especificar las capacidades del hacer que los conocimientos del saber. Para ello, basta describir qué tipo de trabajo debe hacer el colectivo que será objeto de nuestra formación (o, en determinados casos, de nuestra "capacitación") para establecer los apartados que debe cubrir su formación, que, para nosotros, son los siguientes:
Independientemente del contexto, un terminólogo debe tener preparación suficiente tanto en el campo de los conocimientos como en el de las habilidades. Desde el punto de vista de las habilidades, debe ser capaz de:
a. organizar y realizar un trabajo de terminología sistemática dentro de un dominio especializado, monolingüe, bilingüe o plurilingüe según los casos
b. resolver trabajos de terminología puntual
c. supervisar el trabajo terminológico de terceros
Para desarrollar estas capacidades de manera adecuada debe poseer un conjunto de conocimientos que aseguren su autonomía intelectual (por esta razón he hecho distinción entre formación y "capacitación") y le permitan adaptarse de manera racional al contexto preciso de trabajo:
a. conocimientos sobre lingüística
b. conocimientos sobre lógica y teoría de la clasificación
c. conocimientos sobre la especialidad en que trabaja
d. conocimientos sobre los recursos documentales de su ámbito de trabajo
e. conocimientos sobre sociolingüística y pragmática
f. conocimientos sobre los recursos tecnológicos de que puede disponer y una información general que le permita participar en proyectos interdisciplinarios de terminología computacional encaminados a aligerar el trabajo mecánico del terminólogo.
En función del contexto en que el terminólogo trabaje y condicionado por las funciones que en cada caso deberá ejercer, tendremos distintos perfiles de formación, cada uno de los cuales requiere un complemento de formación preciso.
Así, el terminólogo que trabaje en un contexto bilingüe o plurilingüe con el objetivo social de promocionar una lengua deberá poseer conocimientos básicos de planificación que le permitan, en el caso de la terminología, analizar las necesidades de cada medio, planificar el trabajo adecuadamente, realizarlo de la forma más adaptada y racional posible, difundir los resultados de la manera más acoplada posible a la clientela a que se dirige e implementar los productos de la forma más rentable posible. Estos conocimientos no pueden improvisarse sino que deben ser objeto de formación específica.
En un contexto en el que una única persona deba hacerse cargo de la terminología y de la organización de los aspectos lingüísticos varios de una situación, el terminólogo deberá tener conocimientos de planificación y gestión no solamente de la terminología, sino también en relación a la traducción, a la redacción, a la documentación especializada, etc.
Este enunciado general de conocimientos y capacidades nos conduce a plantear cuestiones complementarias como las siguientes:
El nivel de formación
En este punto cabe decir que es evidente que una misma materia puede impartirse a niveles distintos y que ello está condicionado por las funciones que deberán llevar a cabo los terminólogos formados. Pero simplificando la cuestión, podemos establecer dos niveles fundamentales de formación:
a. la formación de base, es decir, la enseñanza de los principios y de los métodos de la terminología de cara al aprendizaje de los mecanismos fundamentales de la terminología y con el objetivo de preparar terminólogos-terminógrafos
b. la formación superior, que incluye, junto a la formación de alto nivel en temas monográficos complementarios a la formación de base, la formación de formadores de terminólogos, de nivel superior, dirigido a futuros profesores de terminología o a directores de proyectos de planificación lingüística y terminológica.
¿Dónde puede ofrecerse esta formación?
Voy a responder con dos citas, la primera de Jean-Claude Corbeil, antiguo responsable de los Servicios Lingüísticos y Terminológicos de l'Office de la Langue Française de Quebec y gran sociolingüista; la segunda de Richard Kromp (1987), director de los servicios lingüísticos de IBM en Montreal cuando dice:
Dice Corbeil en el texto de una conferencia celebrada en Barcelona en 1989 (página 83):
Le travail terminologioque des spécialistes et des linguistes doit être soutenu et guidé par des personnes-ressources formées à cet effet à l'Université(...) Il est souhaitable que l'organisme central [del trabajo terminológico] mantienne des relations suivies avec les Universités dans le but de participer à la formation des linguistes (...) pour y trouver les ressources intellectuelles dont il aura besoin pour conduire les recherches qu'exige l'application de cette politique.
Y agrega Kromp en 1987:
Ce n'est pas la mission de l'enseigement universitaire de former des professionnels d'expérience. Formons d'abord les terminologues aux techniques rigoureuses qu'ils seront apellés à utiliser en milieu de travail, consolidons l'enseigement par la pratique, voire par un ou des stages. Mais surtout, veillons à ne pas escamoter la formation théorique au profit d'expériences pratiques qui risquent souvent d'être plus diversifiées qu'enrichissantes.
Mediante este toque de atención Kromp subraya que hay que adquirir una formación sólida en teoría y en lenguas --y atribuye esta misión a la Universidad--porque cada centro concreto de trabajo tiene su temática, sus materiales y su proceso propios; y allí será donde cada profesional se adiestre en las especificidades de este centro. Pretender que en la Universidad se formen profesionales ya aptos para un medio de trabajo es lógicamente improcedente.
La formación en terminología de otros profesionales
Partiendo, como hemos dicho anteriormente, de la distinción obvia que hay entre formar profesionales de la terminología y formar a profesionales de otras materias en terminología, repasemos muy brevemente qué colectivos profesionales necesitan conocimientos y habilidades terminológicas. Para ello tomaremos dos criterios de partida:
1. los colectivos profesionales
2. los propósitos de su formación en terminología
para establecer, a continuación, las áreas de contenido en que deben formarse para llevar a cabo tales propósitos:
1. ¿Qué profesionales necesitan formación en terminología
a. Los profesionales del lenguaje: traductores, intérpretes y redactores técnicos, por una parte; y, por otra, lingüistas teóricos y aplicados
b. Los especialistas, científicos o técnicos, dedicados a la enseñanza y a la investigación
c. Los profesionales de la información y la documentación
d. Los planificadores del lenguaje
e. Los informáticos especializados en inteligencia artificial aplicada al lenguaje
2. ¿Con qué propósitos o finalidades dichos colectivos profesionales necesitan formarse en terminología?
a. los traductores, intérpretes y redactores técnicos: para resolver sus problemas de traducción, y, por tanto, de terminología, para participar en trabajos de elaboración de terminología plurilingüe.
b. los lingüistas teóricos y aplicados, incluidos los lexicógrafos, los sociolingüistas y los etnólogos del lenguaje: para contrastar los diferentes elementos entre los diversos códigos y sus sistemas de análisis y descripción; para participar en la modernización del léxico y la terminología como subcódigo léxico; para analizar la situación de una lengua en su vertiente social o cultural
c. los especialistas, científicos o técnicos: para participar en trabajos de normalización, para enfrentarse a las necesidades terminológicas nuevas que puedan surgir en su campo de trabajo.
d. los profesionales de la información y la documentación: para organizar conceptualmente los datos a fin de que sean recuperables de la forma más ágil y natural posible, para participar en la elaboración de thesaurus y clasificaciones
e. los planificadores lingüísticos: para intervenir en el proceso de normalización y modernización de una lengua, para implementar la terminología en un medio o para detectar las necesidades terminológicas de los ámbitos sociales
f. los informáticos especializados en inteligencia artificial: para participar en la construcción de sistemas expertos en actividades lingüísticas.
¿Qué deben saber, en esta opción, estos colectivos profesionales? Deben poseer un tronco común de conocimientos sobre la terminología que les permitan:
a. utilizar los términos con seguridad y propiedad
b. acceder a los recursos terminológicos de referencia
c. salvar situaciones puntuales en que necesiten crear términos o resolver consultas puntuales sobre uno a más términos
Y al lado de este conjunto común, deben adquirir los complementos específicos de su finalidad profesional, procedente de otra disciplina que no es la terminología.
Propuesta final
Déjenme que termine esta breve exposición subrayando a modo de síntesis la importancia que la formación tiene en la consolidación de la terminología como materia y en el prestigio de la profesión. Creo que a todos los que nos dedicamos a ella desde una u otra perspectiva nos interesa que la terminología como materia y como práctica profesional adquiera el mismo rango que han adquirido otras materias.
En el caso de la terminología, pero, no es fácil. Es cierto que dadas las características de la sociedad en que vivimos, las materias aplicadas (entre las que cuento la terminología) corren, a mi modo de ver, el gran riesgo de convertirse en pura aplicación, en un conjunto de instrucciones simplificadas que aceleran la producción en nombre del pragmatismo. Y cierto es también que la teoría no ha favorecido muchas veces el progreso científico en vistas a la mejora social. Pero los que nos dedicamos a la terminología debemos desear lo mejor para nuestro colectivo. Y a mi modo de ver "ese mejor" es la convicción de que debemos formar profesionales de la terminología para que sean capaces de reflexionar y actuar en autonomía. Y que debemos capacitar en terminología (con el máximo de fundamentos) a los colectivos que la requieran para su trabajo.
Y ese deseo supone obviamente que la teoría sea respetada porque es necesaria y fundamental; y que la práctica, siempre inspirada en los fundamentos, sea considerada desde el punto de vista de su utilidad social.
Bibliografía
Actes du Colloque international sur l'enseignement de la terminologie. Quebec, 1981
Boulanger, J.C; Reguigui, A. (eds). Table Ronde. L'enseigement de la terminologie à l'Université. Quebec, 1987
Colloque. Les stages en traduction et en terminologie. Quebec, 1982
Resúmenes de las comunicaciones al I Rencontre international sur l'enseignement de la terminologie. Ginebra, 1988
Rondeau, G; Sager, J.C. (eds). Termia 84. Terminologie et coopération internationale. Quebec 1986
La enseñanza de la Terminología. Actas del Coloquio Iberoamericano sobre Enseñanza de la Terminología. Granada, 1991