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Lenguajes científico-técnicos y diccionario

Bonifacio Rodríguez
Pilar García

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En esta comunicación pretendemos exponer las características generales de las lenguas -así llamadas- especiales e incidir a continuación en alguno de los aspectos que afectan a su tratamiento en lexicología y lexicografía.

Bien es cierto que las cuestiones que se pueden plantear son muy numerosas, p. ej.: las relativas a la naturaleza de la definición lexicográfica o al lugar que ocupan los vocabularios, glosarios o diccionarios especiales en el conjunto de los diversos diccionarios -señaladamente en relación con el diccionario 'enciclopédido' y el 'diccionario general de la lengua'-, también las que hacen referencia a la enseñanza de una lengua extranjera con fines específicos, etc., etc. Sin embargo, las limitaciones obvias de una comunicación como ésta nos llevan a fijarnos en un aspecto particular de los lenguajes científico-técnicos.

En una monografía sobre las lenguas especiales, éstas vendrían a ser básicamente variaciones en cuanto al léxico de la lengua general. De ahí que, generalmente, al tratar de las lenguas especiales, las cuestiones que se plantean sean las relativas al léxico y que habitualmente se hable de vocabulario, glosario, etc. de esta o aquella lengua especial.

Si intentamos desvelar las definiciones al uso de las lenguas especiales se advierte que son básicamente negativas, pues están definidas del siguiente modo:

(1) Extensionalmente, en virtud de un criterio sociológico horizontal: las lenguas especiales no son dialectos ni constituyen niveles socioculturales del lenguaje, ni estilos de lengua.

(2) Intensionalmente, señalando solamente que las lenguas especiales son variaciones de sistema de la lengua común en tanto que son identificables en el léxico y en menor grado, tal vez, en la sintaxis.

En nuestra opinión -hace ya tiempo manifestada- es aceptable una tipología de las lenguas especiales que distinga los tres tipos siguientes:

(1) Los lenguajes científico-técnicos: lenguajes de las ciencias en la descripción científica de sus propios objetos y por los propios investigadores, p. ej.: el lenguaje de la Química, de la Biología, de la Lingüística, obviamente, etc.

(2) Los lenguajes sectoriales: lenguajes de actividades y profesiones distintas, p. ej.: el lenguaje deportivo, el lenguaje periodístico, el lenguaje político, etc.

(3) Los argots o jergas: lenguas de grupos sociales marginados, con finalidad críptica, p. ej.: las jergas de oficios y profesiones, jergas de la 'mala vida', etc., etc.

Ahora bien, resta elaborar unos criterios que de una forma lo más estrictamente lingüística posible permitan justificar, en su caso, esta tipificación de las lenguas especiales que hemos adoptado. Así pues, ¿por qué a estos tres tipos de lenguajes se los denomina especiales? A nuestro juicio, por el carácter social y culturalmente especial de dos factores extralingüísticos que, por lo demás, entran en juego en cualquier hecho de lengua:

a) Un componente 'sociológico': la lengua es un hecho social y funciona dentro de los grupos sociales; cada grupo social crea y conforma su propia lengua.

b) Un componente 'temático': la lengua transmite unos contenidos, designa unos determinados objetos y relaciones.

Ahora bien, no todas las lenguas especiales 'dosifican' -si se puede hablar así- de la misma manera la preponderancia de cada uno de estos factores extralingüísticos. Las distintas lenguas especiales forman un continuum en el que los componentes 'temático' y 'sociológico' alternan su influencia o reflejo en/a través del lenguaje, de tal manera que los pasos de una a otra realidad lingüística son graduales. Forman, pues, las lenguas especiales una escala en la que es pertinente distinguir tres puntos o zonas: los dos términos polares y lo demás. En realidad, donde el análisis es plenamente discriminatorio es en los extremos de la escala, constituido por los lenguajes científico-técnico y las jergas o argots.

Para los lenguajes científico-técnicos tiene una preponderancia absoluta el factor 'temático', es decir, la designación exacta e inequívoca de los contenidos referidos. Este hecho, desde el punto de vista lingüístico se refleja en dos rasgos:

(1) La operatividad en el signo científico-técnico del principio de consustancialidad cuantitativa, es decir, que la asociación entre significante y significado ha de interpretarse como una relación biunívoca: a un significante no puede corresponder más que un único significado y viceversa.

(2) Las unidades de los sistemas léxico científico-técnicos no tienen valor lingüístico, su valor es extralingüístico y a priori de su uso en el lenguaje. En otros términos el dominio nocional de una ciencia está construido y conformado como tal independientemente de la actuación lingüística. La creatividad lingüística es nula en los lenguajes científico-técnicos, que, por ello, son simples 'nomenclaturas'. lenguajes científico-técnicos de los fenómenos de polisemia y sinonimia y el carácter interlingüístico de estos lenguajes para los que la 'traducción' deja de ser tal, pues se reduce a una simple adaptación fonético-morfológica.

Por su parte, el otro polo de la escala, las jergas o argots pueden ser definidos en cuanto tales lenguas especiales por constituir un signum social, es decir, porque su función como lenguas distintas es fundamentalmente la expresiva, la de identificar a los hablantes como grupo social. De ahí las funciones de 'aislamiento social', 'defensa', 'carácter secreto', etc. que se atribuyen a los argots. Por estas razones el argot se sitúa en el margen de lo lingüístico.

Finalmente, con relación a los lenguajes sectoriales, hemos de afirmar que el conjunto de lenguas especiales que no se hallan en los polos de la escala y que, por tanto, no puede incluirse plenamente ni entre los argots, ni entre los lenguajes científico-técnicos, tal como los hemos definido, es lo que se puede denominar lenguajes sectoriales. De esta forma, la delimitación o definición estricta de los lenguajes sectoriales no puede ser sino negativa. Ahora bien, los lenguajes sectoriales entran dentro del sistema general de la lengua histórica con pleno derecho y su identificación en función de la peculiaridad de su objeto o de la singularidad social de los hablantes no condiciona en nada su pertenencia o integración en la lengua o idioma general, ya que:

por una parte, no son absolutamente ni jergales ni técnicos; y

por otra, pertenecen al sistema de la lengua, es decir, están sometidos a la creatividad lingüística.

Según esto, parece que se podrían aproximar las nociones de campo semántico, dominio de la experiencia, etc. a la de lenguajes sectoriales, añadiéndose en éstos el componente sociológico inevitable.

Después de este resumen del lugar en que las lenguas especiales se encuentran en el marco de la lengua y de su tipología, es momento de pasar a ver cómo ello se refleja a la hora de elaborar los diccionarios o vocabularios de las mismas, pues, como hemos dicho, las lenguas especiales son fundamentalmente 'léxicos especiales'. En esta comunicación nos referiremos -como hemos dicho al principio- a unos concretos rasgos que afectan a los lenguajes científico-técnicos.

A partir de lo que hemos señalado previamente: que el dominio nocional de una ciencia está construido y conformado como tal independientemente de la actuación lingüística y que la creatividad lingüística es nula en los lenguajes científico-técnicos -pues son simples 'nomenclaturas'-, es obvio que no compete al lingüista la elaboración de un diccionario científico -salvo un diccionario de lingüística, obviamente-, si bien los científicos pueden aprovecharse de las ventajas de la lexicografía para elaborar diccionarios que sean últiles en el aprendizaje y difusión de ese ciencia.

Por otra parte, si bien cada disciplina científica es un todo cerrado en sí mismo y acabado, en realidad las disciplinas científicas se agrupan en bloques o áreas y participan de un lenguaje común general a todas las ciencias o a algunas de ellas. De ahí que en la búsqueda o delimitación de un 'vocabulario científico general', G. Gougenheim y P. Rivenc propusieran distinguir:

vocabulario común a todas las ciencias o a un grupo u otro de ciencias;

vocabulario general propio de cada ciencia; y

vocabulario ténico específico de una u otra ciencia.

Ahora bien, el problema fundamental que interesa a los lingüistas no es tanto cómo se conforma internamente el vocabulario científico general, sino el paso o integración de términos científico-técnicos en la lengua común, como también -pero sería un asunto diferente y en nuestra opinión secundario-, el paso de términos de la lengua común al lenguaje científico.

Un primer punto que hay que dejar claro es que el paso de un tecnicismo desde una ciencia a la lengua común, supone su entrada en la lengua, en uno de sus campos semánticos o dominios léxicos, con lo que cambiará su significado y podrá entrar en el juego de las connotaciones. Es decir, no hay que confundir el 'tecnicismo' como signo en la descripción o designación de una ciencia dada (rigurosamente perteneciente a un lenguaje científico-técnico) y el 'tecnicismo' fuera del ámbito de la descripción científica, dentro de la -así llamada- lengua común. Es decir, un 'tecnicismo' como signo propio de una ciencia o una técnica, no es lingüístico, pues su valor no depende del sistema lingüístico; pero un 'tecnicismo' integrado en la lengua sí lo es. Así, por ejemplo, aunque tengan la misma denotación cloruro sódico no es lingüístico, en tanto oque sal sí lo es; bicarbonato sódico no es lingüístico, y sí lo es el bicarbonato para evitar la acidez de estómago; llave inglesa en un taller mecánico -por decirlo plásticamente- probablemente no sea lingüístico, en tanto que llave inglesa de un usuario normal tal vez sí lo sea.

Por otra parte, desde el punto de vista de la praxis lexicográfica se ha querido ver una diferencia entre el vocablo científico-técnico y el común en virtud de la diferente naturaleza de sus definiciones en el diccionario. Así L. Guilbert señala que los vocablos del 'diccionario general de la lengua' se definen, "por una perífrasis sinonímica de tal manera que ella pueda ser sustituida por una palabra en el enunciado"; por el contrario los vocablos científico-técnicos se definen "por referencia al uso que se hace de la cosa, a los componentes del objeto, a los caracteres percibidos por los sentidos (forma, color, dimensión), a la localización geográfica, o por referencia a una taxonomía de seres de la naturaleza, cuyo conjunto constituye un campo semántico". Esta descripción viene a coincidir con lo que al respecto dice J. Dubois, para quien el vocablo del diccionario general de la lengua tiene una definición 'disyuntiva', en tanto que al vocablo científico-técnico se le asigna una definición 'conjuntiva', es decir, por rasgos pertinentes.

Sin embargo, no podemos considerar que necesariamente el vocablo de la lengua común haya de ser delimitado por una definición 'disyuntiva', y es posible, sin duda, encontrar en el dominio del lenguaje científico-técnico en general definiciones que no sean 'conjuntivas', aunque no sea teóricamente lo más deseable.

La semántica estructural moderna intenta precisamente descomponer el contenido de los signos en unidades menores, figuras de contenido (semas y clasemas), cuyas diferentes agrupaciones darían el significado del signo. En este sentido, la moderna semántica, una vez aplicada a los distintos campos semánticos de una lengua dada, exigiría, en su aplicación a la confección de los diccionarios, definiciones 'conjuntivas'.

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia real entre las definiciones 'conjuntiva' y 'disyuntiva'? Sin duda alguna, la unidad que se toma como base en la descripción del contenido del signo. En el primer caso, el de la definición 'conjuntiva', se adopta(n) como unidad(es) la(s) figura(s) de contenido, teóricamente de número muy inferior al de sus posibilidades de agrupación: significados de signo. En el segundo, el de la definición 'disyuntiva', se adopta como unidad el significado del signo, que es designado por un signo sinónimo del definido, o bien, cuando esto no es posible, por una perífrasis más o menos amplia. Casi siempre se completa el sinónimo con la perífrasis, pues las definiciones de los diccionarios son redundantes. En este tipo de definiciones, que son las de los diccionarios generales de la lengua, entra un tercer factor, el cerebro del lector, que sitúa el signo definido en el marco del sistema léxico de la lengua. El cerebro humano tiene, pues, una función jerarquizadora del signo: sitúa el signo en su 'lugar jerárquico' en el sistema. La redundancia viene a suplir los fallos de la memoria. Esto explica que los diccionarios así construidos, asistemáticos y antieconómicos, sean útiles en la práctica, porque suponen el conocimiento de la lengua.

Los diccionarios que pretenden aprovechar los avances de la semántica estructural tratan de superar las aludidas deficiencias de los tradicionales, es decir, intentan ser sistemáticos, pretenden explicitar los niveles jerárquicos del sistema léxico de una lengua dada. La dificultad está en construirlos adecuadamente en la práctica. Los escasos avances de la semántica estructural, limitada a campos semánticos muy reducidos, no permiten hacer diccionarios generales de la lengua con este modelo. Por otra parte, queda la dificultad de subsanar los fenómenos de ambigüedad: polisemia y sinonimia.

En nuestra opinión, por tanto, la diferencia, en cuanto a su definición en el diccionario, entre el vocablo del léxico común y del científico-técnico viene dada por las posibilidades prácticas de una definición 'conjuntiva' -en mucho menores para el primero que para el segundo- y por los supuestos teóricos que fundamentan la obtención de los 'rasgos distintivos'. Pero, una vez aislados éstos, independientemente del criterio seguido -lingüístico o extralingüístico-, la naturaleza de la definición puede ser idéntica.

Para el lingüista, en concreto, para el lexicógrafo, los problemas que plantea el lenguaje científico-técnico vienen dados por la inclusión de términos técnicos en el 'diccionario general de la lengua'. Obviamente, esto sólo ha de hacerse si previamente -si se puede hablar así- los términos técnicos se han incorporado a la lengua común. Pero este paso, que comentamos, de elementos de los lenguajes científico-técnicos a la lengua común, supone la aparición o identificación de un(os) lenguaje(s) sectorial(es): los que podemos denominar lenguajes sectoriales de la ciencia y de la técnica.

En efecto, cuando en un término científico-técnico deja de ser operativa la biunivocidad significante-significado, aquél se desgaja del propio sistema y pierde alguno de sus rasgos distintivos, originándose ambigüedad en tanto que puede entrar en sinonimia con otros términos de la lengua común, o bien puede adoptar otros significados adicionales; así como también le es posible entran en el juego de las connotaciones, señaladamente la connotación de campo semántico o dominio léxico diferente. Tarea del lexicógrafo será identificar cuándo un término técnico se ha incorporado a la lengua común y en qué dominio léxico se inserta. A partir de ahí el tipo de definición lexicográfica vendrá dado, no por exigencias de su origen sino, obviamente, por las del campo semántico nuevo del que ha pasado a formar parte.

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