Terminología en biblioteconomía
Juan Iturriaga
Cuando el primer califa Omar I [1] decidió el 22 de Diciembre del año 640 [2] de la era cristiana la destrucción de la famosa biblioteca de Alejandría, después de haberla ocupado por la fuerza, no cabe duda que todo el mundo de la cultura, presente, pasado y futuro fué sacudido con profundo dolor hasta sus más hondas raíces.
Según la leyenda el califa, primer jefe musulman que se atribuyó este título, acostumbrado por su carácter bélico a decisiones rápidas, se propuso el dilema: O bien el contenido de todos estos volúmenes y pergaminos está en el Corán o no. Si está en el Corán, no tienen razón para subsistir, son inútiles, no tienen razón de existencia. Si no está en el Corán, quiere decir que esas enseñanzas son perniciosas, solamente pueden hacer daño, por tanto tampoco tienen razón de existencia, los libros deben ser eliminados y destruídos. Y sus tropas predieron fuego a los más preciosos tesoros bibliográficos de la antigüedad [3].
Aunque parezca extraño y paradójico, en el mundo actual, la anécdota, con ligeras diferencias irrelevantes, se vuelve a repetir en muchas de nuestras bibliotecas, levantadas con gran esfuerzo de hombres, sociedades, gobiernos y en general de todo el mundo de la cultura. La razón ahora no es el fanatismo religioso y la obcecación de un lider de la guerra, sino un detalle al parecer insignificante y muchas veces ignorado: la simple diferencia de terminología.
Desgraciadamente es demasiado frecuente el caso del lector que se acerca a una biblioteca o a sus ficheros con una inquietud cultural, una pregunta, una consulta. Por causa de la diferencia de terminología todo ese complejo de cultura recogido en la biblioteca pierde su sentido, su razón de ser y poco importa que fueran todos los volúmenes quemados.
El cliente de la biblioteca se pregunta como el califa Omar I, ¿lo que yo busco está aquí? ¿Puedo encontrar volúmenes que respondan a mi pregunta cultural? Si no los hay, todos esos libros con el esfuerzo que ha significado durante generaciones, no tiene razón de existir para ese hombre, se podrían muy bien quemar, sin que ni siquiera parpadease de dolor cultural. Y si en los volúmenes de la biblioteca existe la respuesta a mi inquietud, a mi pregunta, pero por razón de la terminología, están fuera de mi alcance, no puedo saber ni cuáles son ni dónde están, ni cómo conseguirlos, igualmente pierden su razón de existir para este hombre. No temblará un ápice cuando lea en los periódicos que ha sido quemada la biblioteca. En resumen:
1. Si la respuesta a mi consulta no existe en la biblioteca, esta no tiene para mí razón de existir, no me importa que desaparezca.
2. Si está pero por razones de diferentes lenguajes o terminologías, no puedo encontrar respuesta a mi pregunta cultural, tampoco veo mucho sentido en la persistencia y razón de ser de la biblioteca.
El hecho de que sea quemada bárbaramente o simplemente abandonada al polvo de los siglos no tiene importancia. La biblioteca ha perdido su razón de existir. El califa y yo estamos de acuerdo.
Situación del problema
De manos del enérgico califa hemos llegado a nuestro problema. Entre la biblioteca, los bibliotecarios profesionales y los usuarios o clientes existe en terminología un abismo, que en un tanto por ciento muy elevado resulta insalvable y es causa de que excelentes bibliotecas estén patentemente infrautilizadas. La terminología de la biblioteca no tiene nada que ver con el lenguaje o terminología del eventual lector.
1. El desfase puede existir. La biblioteconomía es una ciencia, con sus términos específicos, su significado concreto de las palabras, que puede muy bien escapar a los no-iniciados. ¿ Quién entre las personas incluso cultas puede saber la diferencia exacta entre las palabras "tomo" y "volumen", tan frecuentes en las descripciones bibliográficas ?. En las páginas 328 y 329 de las recentísimas reglas de catalogación publicadas por el Ministerio de Cultura español [4] se dice:
"TOMO.- Parte importante de una obra que tiene su propia portada y que, por lo común, tienen paginación independiente".
"VOLUMEN.- Es la obra, parte de ella o conjunto de obras comprendidas en una sola encuadernación".
Dudo mucho que aún una persona culta pueda distinguir este doble matiz de las dos palabras o términos, que son muy comunes en la descripción bibliográfica.
2. De hecho esta diferencia de terminología entre cliente y biblioteca existe. Muy pocos de habla hispana, si es que hay alguno, empleará el término "Hagiografía" para designar los libros referentes a personas sobresalientes por su vida religiosa. Generalmente se hablará de "Vidas de Santos", o simplemente se pedirá la "Vida de S. Francisco de Asís" o de Teresa de Calcuta. Es un hecho, que siendo un modesto ejemplo, ilustra la enorme diferencia en terminología entre la terminología profesional de la biblioteca y el lenguaje habitual del lector.
3. Testimonio de los especialistas. Michel Mélot, Vice- presidente del Consejo Superior de las Bibliotecas de Francia, en su ponencia en la Jornada sobre OPACs [5] (Catálogo de acceso público On line), hablando del Centro Pompidou [6], aseguró que la mayoría de las consultas eran a partir de los siguientes elementos:
(i) nombre y apellidos del autor
(ii) título de la obra
(iii) materia [7].
4. La búsqueda de información a partir del nombre del autor de un libro o artículo
A simple vista parece que este tipo de búsqueda no puede tener mayores dificultades, pero la práctica nos dá otros datos. No solamente tratándose de gente con pocos conocimientos en la materia o de lenguas, sino incluso para usuarios cultos.
Un alumno de la Universidad de Deusto se me quejó que en la Biblioteca de Teología de la misma Universidad no teníamos ni un solo libro del conocido teólogo alemán KUNG. Efectivamente en el fichero de autores no aparecía ese nombre.
El Biblotecario ha procedido de la siguiente manera:
(a) en la pág. 182 de las reglas de catalogación oficiales citadas, se dice que el elemento inicial es el apellido.
(b) En la pag. 5 de la misma normativa se dice ese elemento se transcribe "en la lengua y escritura en que aparecen en la obra".
(c) Ahora bien KUNG en alemán se escribe: KÜNG. Nuestras máquinas de escribir no tienen esta posibilidad de la diéresis sobre la U mayúscula, por tanto hay que recurrir al desdoblamiento: Ü = UE. Al escribir el encabezamiento KUENG, todas las fichas de este autor quedaban desplazadas y fuera del lugar que esperaba el usuario.
Otro ejemplo ilustrativo, es la del alumno que viene preguntando por las obras del jesuíta P. Coloma. Puede ser Luis o Gonzalo, ambos jesuítas y escritores. ¿ Buscaba el usuario las obras de Luis, el famoso autor de "Pequeñeces" (1891) o a Gonzalo el profesor y amigo de Ortega y Gasset durante el único año que estudió en la Universidad de Deusto (1897)? En la pág. 193 de las reglas de catalogación normativas para el bibliotecario, se dice que en los casos de homónimos se señale el año de nacimiento o muerte, para solucionar la duda. ¿ Saldría de sus dudas con este dato, el desapercibido usuario de la biblioteca ?
Quizá sea un tanto más rebuscado, pero igualmente ilustrativa la consulta del profesor que no encuentra en el fichero de autores al famoso escritor de liturgia Nesmy. Su nombre auténtico y completo es: JEAN- NESMY, Claude. Pero el investigador supuso que Jean era nombre propio.
Mas clamorosa fué la protesta de un alumno, quejándose de que en una Biblioteca de Teología no hubiera ni una sola obra de DESCALZO. El Bibliotecario siguiendo su terminología y normas debe catalogar: MARTIN DESCALZO, José Luis.
Estos casos no son simples equivocaciones, sino falta de comunicación. No está prevista en la terminología propia del bibliotecario profesional, resolver con fichas de referencia estos casos, y el usuario queda totalmente desamparado.
5. La utilización de la biblioteca a través del título
En primer lugar no es tan fácil retener el título de un libro con exactitud, habiendo tantos similares [8].
Una dificultad especial presentan los títulos llamados "uniformados". Si busco un libro sobre el Cantar del Mio Cid, o simplemente El Mio Cid, o la Epopeya del Mio Cid, no encontraré nada en el fichero de autores o materias. Mayor confusión surgirá si se trata de una traducción en idioma extranjero. En la página 275 de la terminología normativa del bibliotecario, plasmada en las reglas de catalogación citadas y por tanto su terminología habitual para estos libros debe ser: "Poema del Cid". Es ahí donde se acumulan todas las ediciones de esta obra.
6. La materia como objeto y medio de búsqueda
En este punto es donde la diferencia entre el usuario y el bibliotecario de oficio es más grande. Por ahora y en tanto llegan mis conocimientos no existe un Thesaurus fijo, al que atenerse y consulta, a no ser que se trate de la Clasificación Decimal Universal (CDU) [9]. En la mayoría de los casos depende del talante y educación del bibliotecario.
Si unos alumnos se acercan a la Biblioteca de Teología con la pretensión de encontrar bibliografía para un trabajo, que titulan: "Misioneros vascos del s. XVII en América". Al acudir al fichero de materias organizado conforme al CDU [10], nos encontramos con que esta clasificación nos dice: En el epígrafe "Misionero" consigna: "Jerarquia eclesiástica".
Se refiere naturalmente a los predicadores itinerantes que hace unos años con sus clamorosas predicaciones convertían las poblaciones en un hervidero religioso.
El término correcto de búsqueda sería para el bibliotecario "Misionología" o "Historia de la Iglesia" en el apartado "Historia de las misiones".
El segundo término de la materia buscada tampoco aporta mucha luz: vascos. En el fichero de materias no existe tal término. Puede que aparezca: País Vasco, pero será un término únicamente geográfico. Lo mismo se puede decir del otro término: América, que en realidad significaba para los usuarios EEUU.
Lo que los alumnos universitarios vienen buscando no tiene respuesta en la terminología oficial y normativa de la Biblioteca.
Consecuencias culturales y humanas de la diferencia terminológica
1ª. Es la más grave. Los usuarios se apartan definitivamente de las bibliotecas. "Ahí no se encuentra nada", "No hay manera de entenderse", "Es un auténtico laberinto". Se deja a un lado la investigación a través de la biblioteca. Lo cual lleva consigo que todo el esfuerzo económico, organizativo, y humano empleado en la biblioteca es perfectamente inutil. Desde el punto de vista económico resulta una inversión estúpida y sin sentido.
2ª La terminología de las bibliotecas puede ser ofensiva para los usuarios en cuanto personas cualificadas. Aduciré un sólo ejemplo: en el año 1990, un teólogo español, conocido y con fama bien merecida, publicó un estudio en el que afirmaba: "No hay literatura canónica sobre un tema tan reciente".
Quería decir que el tema tratado por él no había sido tocado en ninguna publicación de ningún autor de relieve. Eso es lo que significaba para él: "literatura canónica".
Tenía razón en cuanto que los términos empleados en título de su trabajo, no se encontraban recogidos en ningún fichero de materias de la biblioteca. Ninguno de ellos.
Sin embargo acudiendo a medios informáticos, a una bibliografía americana en disco compacto, resultaba que:
(i) había 1665 publicaciones (libros o artículos) sobre la primera palabra del título de su trabajo.
(ii) 40 sobre otro de los términos fundamentales.
(iii) de los términos combinados resultaban 6 publicaciones recientes.
Por lo que toca a los autores de dichas aportaciones, se encontraban entre los teólogos de primera fila.
Esta diferencia de terminología entre el autor especialista y la biblioteca, deja en ridículo la fama y dignidad del teólogo. Porque los medios informáticos han descubierto una gran cantidad de "Literatura canónica" sobre el tema.
Igualmente puede ser ofensiva para las convicciones políticas del posible usuario de la Biblioteca.
Michel Mélot, en la docta intervención a que nos hemos referido más arriba, exponía la lucha que se había tenido en la Biblioteca del Centro Pompidou, para establecer un puente de comprensión mutua entre la terminología del bibliotecario y el cliente normal. Usaban en los mismos estantes términos de referencia. Un incidente les vino a revelar lo peligroso de esta medida de corte profesional bibliotecario. En los libros que trataban de Palestina, se decía "Véase Israel". Quiere decir que quien desee conocer algo sobre Palestina, tiene que saber también algo sobre Israel. Es una parte del todo. Pero al contrario entre los libros que tratan de Israel poner "Vease Palestina", significa una identificación de los dos términos: Israel = Palestina. Sin duda los palestinos que accedían a la Biblioteca de Centro Pompidou se sentían ofendidos y heridos en sus sentimientos políticos.
Según el sistema moral de la persona, puede resultar doloroso ver incluídos los libros que tratan sobre el aborto en el término "eutanasia". Porque para ellos significa una mitigación terminológica de sus convicciones morales.
3ª Ya hemos señalado en el estado de la cuestión suficientes ejemplos de los término inducentes a error en la terminología bibliotecaria comparada con la del usuario.
En busca de soluciones
Para encontrar un puente entre la terminología del usuario y la del bibliotecario profesional, para evitar este desfase, vamos a apuntar algunas posibles soluciones.
i. Se hacen necesarios en toda biblioteca por modesta que sea, si quiere cumplir su pretensión cultural, continuos sondeos sociológicos, sobre las diferencias terminológicas de usuarios y biblioteca.
ii. El bibliotecario profesional, preferentemente en equipo, debe ensayar continuamente métodos de fichas o información referencial, que lleve al usuario rápida y eficazmente al término de su búsqueda.
iii. Toda biblioteca debe disponer de personal culturalmente formado y conocedor de la biblioteca, que en trato personal de contacto directo con el público dirija al usuario y le libere de molestas idas y venidas sin sentido.
iv. Es urgente la formación por un equipo de especialistas de un thesaurus terminológico o listados de materias, que sea uniforme para todas las bibliotecas generales o especializadas. No dejar nada o muy poco a la iniciativa particular de cada bibliotecario profesional.
v. La informática puede ofrecer hoy día unos medios insustituibles para establecer este puente tan deseado entre usuario y biblioteca, con tal de que la consulta en los terminales no sea demasiado complicada ni lenta. Pero este moderno medio de consulta requeriría un tratamiento especial del que prescindimos en este trabajo.
Conclusiones
1. Es urgente la formación de un equipo, dedicado al estudio de la terminología profesional de las bibliotecas y su sentido en el mundo actual de los posibles usuarios.
2. Este equipo ha de tener como primer objetivo la elaboración de un thesarus terminológico, que acabe con la anarquía existente y abra definitivamente las puertas de nuestras solitarias bibliotecas al público en general.
3. Serían convenientes escuelas o cursillos para formar bibliotecarios profesionales, para que de cara al público, ayudasen a los usuarios en sus búsquedas. Este último punto es el más conflictivo, sobre todo teniendo en cuenta la economía, porque el personal es con mucho lo más caro de una biblioteca, más que la adquisición de obras nuevas, gastos de manutención, o compra de material.
Para corroborar esta afirmación acabo con los siguientes datos concretos del presupuesto de la Biblioteca del Centro Pompidou en París:
Gastos de equipamiento: 74 millones de pesetas Gastos de funcionamiento: 420 millones de pesetas (De la cifra anterior, sólo documentos): 140 millones de pesetas SALARIOS: 600 millones de pesetas.

[1] 'UMAR IBN AL-KHATTAB (c. 586-644 d.C.)

[2] La fecha está sacada del: Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano. T. XIV. Barcelona. Montaner y Simon, 1894, p.191. Da la abultada cifra de volúmenes en la biblioteca de 700.000.

[3] De hecho esta famosa Biblioteca fué destruída ya anteriormente varias veces. Ideada según el modelo de la Biblioteca de Aristóteles, que parece ser la primera en el mundo griego con un sistema organizativo, fue construída y equipada sobretodo por Ptolomeo I Soter (305 - 283/82 a.C.). Pero en las guerras civiles del s. III a.C. durante el reinado de la misma dinastia ptolomaica fué destruida. Posteriormente según el testimonio de Paulo Orosio (Historiador y apologeta hispano-latino del s.V: "Siete libros de historias contra los paganos") en tiempos de la ocupación de Egipto por Cesar volvió a ser destruída con una gran pérdida para la cultura de la humanidad.
Merece la pena reproducir las palabras de Orosio, que visitó Alejandría en el año 416 de la era cristiana, por el patetismo cultural que revelan:
Describe en primer lugar al rey Achillas, partidario del difunto Pompeyo. Cuando Cesar le manda el desarme de su ejército, no le hizo caso. Incluso mandó quemar la armada real:
"Como con este fuego el incendio penetrase en la misma ciudad, quemó 40.000 volúmenes, que quizá estaban en los próximos edificios, que eran un testimonio singular del estudio y dedicación de los antepasados, que habían reunido tantas obras y de tal calidad de ilustres sabios, de los cuales cuántos subsistan hoy día en los templos, lo vimos con nuestros propios ojos: todos los estantes vacíos, con lo cual nuestra generación siente aún hoy día esta destrucción. Bien es verdad, que posteriormente se ha tratado de recoger otros libros, pero nunca llegarán a la calidad de aquella biblioteca con 40.000 volúmenes" (Libro VI, 16)
Otra tradición habla de 200.000 volúmenes con los que se había enriquecido la biblioteca, que fueron regalo de Antonio a Cleopatra, traídos de la biblioteca de Pérgamo. Véase la palabra Alejandría en: ERRANDONEA, Ignacio S.J. : Diccionario del Mundo clásico. 2 vols. Barcelona, Editorial Labor, 1954.

[4] Reglas de catalogación: I. Monografías y Publicaciones Seriadas. Madrid, Ministerio de Cultura, Dirección General de Libro y Bibliotecas, 1985.

[5] Barcelona, 25 de noviembre de 1991.

[6] Bibliothèque Publique d'Information. Centre Pompidou. 19, rue Beaubourg. 75197 Paris.

[7] Casi con las mismas palabras la afirmación de Michel Mélot encontró eco en la ponencia de Yolanda Ríos del CSIC, de Josefina Ballester (Servei de Bibliotheques. Generalitat de Catalunya) y de José Miguel Marqués, Centro de Cálculo de la Universidad Complutense.

[8] En una ficha de la Biblioteca de Teología me apuntaron que había un libro moderno de título un tanto extraño: "Las comunidades de base revientan la Iglesia". Simple error mecanográfico que debiera decir: "Las comunidades de base reinventan la Iglesia". Descuido terminológico totalmente inducente a error.

[9] CDU. Clasificación decimal universal. Edición abreviada. Madrid, Aenor, Asociación Española de Normalización y Certificación, 1987. La edición que hemos utilizado es la quinta, revisada y actualizada.

[10] En este caso hemos utilizado: Clasificación decimal universal. 2. Religión- Teología. Instrumento para el trabajo intelectual y la documentación bajo todas sus formas: Publicaciones, Bibliotecas, Bibliografías, Enciclopedias, Catálogos y Repertorios. Tablas completas. Edición en español. (Pub. FID 243). Madrid, Instituto nacional de racionalización del trabajo. CSIC, Patronato "Juan de la Cierva" de investigación técnica, 1959. p.63.
