Traducción y producción de terminología filosófica
en lengua española
Mercedes González Jarillo
Oí decir que hay
dentro del agua una piedra y un círculo
y más allá del agua una palabra
que pone el círculo alrededor de la piedra.
Paul Celan, De umbral en umbral
Voy a dedicar mi comunicación -en primer lugar- a analizar las características especiales de la terminología filosófica, que hacen que la producción de filosofía, en cualquier lengua, se transforme en un diálogo infinito con una tradición que, poco a poco, se ha ido haciendo multilingüe; y -en segundo lugar- estudiaré los problemas que plantea la, sin embargo, necesaria traducción de términos filosóficos de una a otra lengua.
Durante los últimos cien años, la tradición ensayística que en Occidente ha recibido el nombre de Filosofía, ha sufrido todo tipo de críticas encaminadas, de forma masoquista, a la propia destrucción. Digo "de forma masoquista", y no "de forma martirizante", porque han sido distintas escuelas filosóficas las que así han ejercido de "azotantes". Desde el positivismo decimonónico, y su paralelo socialismo científico (más conocido como marxismo), hasta la filosofía analítica, pasando por los diferentes irracionalismos -que tienen en Ciorán su más contumaz representante en este fin de siglo- la Filosofía ha pasado los últimos cien años bajando una y otra vez a la tumba, como un muerto nunca bien rematado, como un Lázaro persistente. Se ha criticado su ausencia de sentido, supuesto que sus términos carecían de significado; su profundidad, tan sólo aparente; la falta de una materia propia de estudio; la facilidad con la que se ha puesto del lado del poder, convirtiéndose en ideología....Todo en ella ha sido objeto de "despedazamiento", excepto una cosa: la existencia de un corpus de términos típicamente filosóficos, e históricamente constituídos. Nunca parece haberse puesto en duda la existencia de una tradición terminológica propia de la filosofía, dentro de la cual se situarían términos como sustancia, ente, monismo, esencia, categoría, dialéctica, antinomia, fenomenología, teleologismo, devenir, mecanicismo, o -el término filosófico por antonomasia- "Ser". La riqueza y fluidez de esta terminología filosófica, en la que la variedad de sistemas y la constante evolución histórica, mezclan lo nuevo con lo originario, creando nuevos términos y alterando el contenido de los ya tradicionales, ha hecho necesarios los diccionarios de voces y acepciones filosóficas. Entre ellos cabe destacar dos, en lengua española: el monumental de Ferrater Mora, y el de Miguel Angel Quintanilla; ambos, y esto es un dato importante, con ediciones de bolsillo. Digna de mención es también la multiplicación de glosarios, terminologías y vocabularios que presentan los libros escritos en los últimos años como manuales para la enseñanza de la Filosofía, es decir, para la enseñanza de la terminología llamada filosófica.
Esta terminología filosófica, compuesta a partir del léxico creado por la filosofía griega, sistematizado luego en latín por la Escolástica, y completado desde el Renacimiento por las aportaciones del léxico francés del racionalismo, el léxico inglés del empirismo y del liberalismo, y el alemán del kantismo y poskantismo, tiene al menos tres características propias frente a otros tipos de terminologías.
En primer lugar, el carácter exclusivamente abstracto de los términos que la componen. Frente a las terminologías propias de otros ámbitos del saber, tanto técnicos como científicos o humanísticos, en las que la proporción del léxico referido a entidades abstractas o a relaciones entre conceptos no alcanza el cien por cien, la terminología filosófica está formada tan sólo de términos abstractos, en muchos casos enormemente matizados y técnicos.
En segundo lugar, y es ésta una diferenciación clave entre la terminología filosófica y otros tipos de terminología, la ausencia de un acuerdo universal sobre el alcance de sus términos. "Término" es un vocablo que, en su origen latino (terminus, i), significa mojón, linde, límite, confín. El término es así, el límite dentro del cual queda comprendido un concepto; el término marca las lindes, es decir, delimita el alcance del concepto mismo que expresa: tiende un círculo en torno a la realidad -según la metáfora de Paul Celan que encabeza esta comunicación. Una de las grandes ventajas que ofrece una terminología es la de fijar de un modo bastante estable el alcance conceptual de sus términos, cosa que reduce considerablemente el debate acerca de cuestiones básicas; esta ventaja, sin embargo, no está presente en la terminología filosófica. Esto significa que vocablos totalmente básicos en dicha terminología -como dialéctica, absoluto o Ser- no tienen un significado único admitido por todos los filósofos, sino que son repensados una y otra vez desde las diferentes tradiciones filosóficas. Como en la mayoría de los casos no se trata únicamente de formar una palabra, sino de buscar en el lenguaje un signo de una nueva interpretación de los conceptos, los términos filosóficos nunca quedan fijados de una vez por todas, sino que presentan una variedad de acepciones y usos inimaginable en otros ámbitos terminológicos. El término Ser, por ejemplo, tiene dos grandes usos: uno predicativo, y otro existencial. Hay quienes sostienen que la filosofía apareció cuando el verbo griego ser (einai) adquirió el uso existencial, que así, sería el propiamente filosófico. Pero, en su uso existencial, el término Ser tiene también varios significados; entre otros, existir de modo general, o bien: aquello primero y principal de lo que todo lo demás depende (Aristóteles), o bien: la substancia, o bien: la materia, o bien: el ser separado, el no ente o Dios. Por ello, todo diccionario filosófico se convierte inmediatamente en un diccionario de historia de los términos filosóficos, toda enseñanza de la filosofía es siempre enseñanza de la historia de la filosofía, y, por supuesto, el debate en torno al alcance de los términos filosóficos es siempre un debate abierto e inconcluso.
Por último, podemos considerar como característica peculiar de la terminología filosófica frente a las terminologías propias de otros saberes, el quizá excesivo culto del término por el término. La complicación del léxico filosófico se realiza, en ocasiones, sin una necesidad perentoria que obligue a ello; la creación de un nuevo término es así, más una "señal de escuela" que el producto de una nueva forma de pensar la realidad. Es este "espíritu de escuela" el que conduce, en bastantes ocasiones, a la creación de términos no necesarios desde el punto de vista filosófico, pero que sirven como "señas de identidad" de una escuela, o bien como método para distanciarse de una tradición filosófica.
En el desarrollo de la terminología filosófica, hasta aquí caracterizada, ha adquirido un papel fundamental la labor filológica y de traducción, puesto que se trata de un conjunto de términos aquilatados a lo largo de siglos por medio de la discusión entre interlocutores que han utilizado distintas lenguas para pensar la realidad. Producir hoy filosofía en lengua española requiere pues, mantener un tenso diálogo con otras lenguas, con aquellas lenguas que han ido conformando la filosofía occidental como una terminología lentamente fraguada en el seno de una tradición multilingüe. Los trabajos de traducción representan pues, una tarea de importancia capital en la medida en que, no sólo dan a conocer lo producido en otras lenguas, sino que sirven de impulso para la propia producción de terminología filosófica en lengua española.
Ahora bien, tal y como han puesto de manifiesto los trabajos de los últimos años, la traducción -entendida como el vertido del significado encerrado en las palabras y giros de una lengua, a las palabras y giros equivalentes de otra- parece imposible, al menos en un sentido total, cuando nos referimos a los términos de un obra filosófica. En dichos trabajos se recurre cada vez con mayor frecuencia a la edición bilingüe, lo que sólo puede ser provechoso si el lector conoce varios idiomas; al forzamiento extremo de las estructuras gramaticales del español, con lo que el significado se ve bastante oscurecido; o al mantenimiento de algunos términos en su lengua original. Escuchemos, como ejemplo, el siguiente fragmento:
"El pensamiento que "deja de lado al ser como fundamento", saltando en el Boden y respondiendo al Zuspruch de la presencia como Anwesenlassen, es aquél al que Heidegger define en términos de memoria y rememoración: Denken como Gedächtnis, Denken como Andenken."
Como han podido oir, se trata de una oración en la que se ha mantenido la estructura gramatical del español, apelando sin embargo al vocabulario alemán, cosa que hace la frase incomprensible para el lector que sólo conozca uno de los dos idiomas. Bien es verdad, no obstante, que, en este ejemplo, el problema no es de la traducción, sino del autor italiano del texto (Gianni Vattimo) que escribe con la gramática italiana, pero utilizando un vocabulario alemán. Pueden, no obstante, encontrarse ejemplos similares a éste en muchas de las tesis doctorales españolas, en las que abunda el mantenimiento de sustantivos en otras lenguas. No en vano, las actuales filosofías italiana y española son enormemente deudoras de las terminologías alemana y, en menor medida, francesa.
Existe un motivo poderoso para que, en algunos casos, los términos filosóficos sean intraducibles. Ferrater Mora alude a él, al afirmar que "el lenguaje, y específicamente los llamados "lenguajes naturales" o "lenguaje corriente", están de algún modo transidos de realidad; al fin y al cabo, en ellos han ido sedimentando los modos como los hombres se las han habido con las cosas". O, dicho con la rimbombancia "cuasi" mística de Heidegger: el habla es la casa del ser. El lenguaje, las palabras, son depósitos de realidad: no hay significado separado del significante: cada lengua es un punto de vista, un mirador, desde el cual interrogar la realidad e interpretar los ecos silenciosos que nos devuelva; por ello, al traducir el significante cambiamos también, en ocasiones, el significado, que de esta manera no se deja verter de una lengua a otra cual leche que pasara de uno a otro cazo.
¿Qué hacer si, por un lado, la traducción es una labor necesaria -por los motivos antes aducidos-, pero, por otro, es una tarea en ocasiones radicalmente imposible? En primer lugar, seguir en el empeño, aún sabiendo que la traducción perfecta es imposible, tanto semántica como estilísticamente. Producir hoy filosofía en lengua española requiere continuar una cuidada labor de traducción, es decir, de diálogo con las producciones filosóficas en otras lenguas, pues no hay producción de terminología filosófica si no se da el necesario debate interlingüístico en que, desde siempre, ha consistido la filosofía. Pero, puesto que no es posible obtener la traducción ideal, en segundo lugar, se debería estar abierto -tanto desde las instituciones culturales estatales o privadas, como desde las instituciones de enseñanza y desde el mercado que genra la industria de la lengua- a la promoción del estudio de otras lenguas, además de la inglesa. Mas, sólo nos hallaremos ante una producción propia de terminología filosófica en lengua española, no completamente deudora de las producciones terminológicas realizadas en otras lenguas, si, en tercer lugar, intentamos pensar en español. Es decir, si quienes producen filosofía en lengua española intentan, desde el conocimiento de otras lenguas, elaborar sus trabajos mediante un aprovechamiento exhaustivo de los recursos sintácticos del español y, sobre todo, mediante el uso metódico de los mecanismos de formación de nuevos términos en lengua española, mecanismos que son tan variados y suficientes como para que el español pueda ser una lengua con la que pensar -de forma original- la realidad. Curiosamente, la lengua que comenzó a escribirse por estos lares hace ahora casi mil años, no ha dejado de crecer desde entonces como instrumento de comunicación, mas no como un instrumento de análisis filosófico de la realidad. Recursos lingüísticos para este análisis no faltan, por lo que quizá las razones de este no crecimiento de la producción terminológica original en materia filosófica, deban ser buscadas en condiciones sociales, políticas y, sobre todo, económicas.
Quiero terminar con una reflexión que ha ido surgiendo a medida que cobraban forma, fuera de mí, este escrito, y, dentro de mí, la conciencia del ámbito para el cual iba destinado. De todos es conocido que, aunque desde la Antigüedad haya habido ciertas obras a las que podría calificarse de enciclopedias -como el Corpus aristotelicum, las Historias naturales de Plinio el Viejo, el Speculum mundi de Vicente de Beauvais, o las Sumas medievales-, el término "Enciclopedia" es usado especialmente al referirse a la "Enciclopedia francesa" del siglo XVIII. Sus autores, y especialmente sus directores, discrepaban entre sí en muchos puntos, aunque coincidían en varios ideales que intentaron promover difundiendo esta obra, a saber: la tolerancia religiosa, el optimismo respecto al futuro de la Humanidad, la confianza en el poder de la razón libre, la oposición a la autoridad excesiva de la Iglesia, el interés por problemas sociales, la importancia otorgada a las técnicas y oficios, las tendencias naturalistas, el respeto a la experiencia, el entusiasmo por el conocimiento y por el progreso, etc. Estos ideales, más o menos explícitos, constituyeron el motor que puso en movimiento toda la época ilustrada, toda la modernidad, de la que somos hijos incluso cuando no queremos serlo. ¿Cuáles son los ideales que están operando hoy, silenciosa pero concienzudamente, bajo esto que hemos dado en llamar industrias de la lengua? ¿Qué hay detrás de todo el afán por crear bases de datos, por mejorar las terminologías, por normalizar, por lanzar al mercado diccionarios cada vez más completos y siempre actualizados? Me parece una tarea interesante intentar dar una respuesta a estas preguntas.