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Índice por autores

 

 

Normalización terminológica: el papel del terminólogo y el papel del especialista

Susana M. Ferrándiz Martín
M. Carmen Fuentes Sarasola
Mercedes Pol de la Escalera
Juan Santiago Raya Bazoco

 

Suponemos que, hoy en día, no es necesario convencer a nadie de la extrema importancia que tiene la normalización para las sociedades industrializadas. Por un lado, los constantes avances en el campo de la ciencia y la tecnología obligan a normalizar los productos y los métodos de producción, y, por otro lado, estos mismos avances dan lugar a la aparición de nuevos conceptos y, por lo tanto, de nuevos términos para denominarlos.

La normalización general, es decir, la normalización de productos y métodos de producción obedece generalmente a necesidades de índole socioeconómica, ya que lo que trata es de facilitar un intercambio más eficaz eliminando las características individuales de los objetos.

La normalización terminológica tiende a eliminar la ambigüedad del lenguaje, para facilitar la comunicación a través de métodos científicos, que consisten en el estudio de los conceptos y de los términos para llegar a la selección del más adecuado y proponer su uso.

Tanto la normalización general como la normalización de la terminología afecta, únicamente, al área de la ciencia y la tecnología, esto es, a campos especializados del saber, cuyos lenguajes tienen unas características propias que los diferencian de la lengua común, como son su carácter monofuncional y el hecho de que son utilizados por un número limitado de usuarios.

Parece evidente que para un técnico o un científico, la diversidad del lenguaje supone una fuente no deseable de ambigüedad, confusión y falsas interpretaciones. Por esto, en el momento actual, la normalización terminológica se ha convertido en una necesidad para llegar a una comunicación perfecta y una transferencia del conocimiento adecuado.

La cada vez mayor división y especialización del trabajo, incluso dentro de una misma ciencia, ha dado lugar al desarrollo de lenguajes especializados individuales que dificultan la comunicación e intercambio de ideas y conocimientos entre los expertos. Estas barreras lingüísticas son mayores cuanto más especializado es el campo del saber y, aunque esta precisión es necesaria, también debe estar sometida a unos procesos que permitan el buen entendimiento entre los expertos.

Estos lenguajes especializados tienen como objetivos fundamentales la designación precisa e inequívoca de los hechos y los objetos, la concisión y brevedad lingüística, la economía expresiva y la sistematización y clasificación del conocimiento de las materias.

No podemos olvidar que toda comunicación especializada entre expertos se realiza a través de los términos, y, por esto, es imprescindible que previamente se haya establecido una cierta convención sobre los objetos, conceptos y términos, ya que este tipo de comunicación especializada necesita que exista una adecuación no sólo del objeto con el concepto,sino también de los conceptos con los términos que designan los objetos, que es el principal objetivo de la normalización terminológica.

El conocimiento especializado sólo puede transmitirse correctamente y con precisión a través de terminologías de la materia, es decir, de terminologías especializadas, que son el resultado de una normalización previa.

La normalización terminológica no tiene sentido si no existe una voluntad manifiesta, por parte de los especialistas y, en general, por parte de la sociedad, de normalizar los objetos. Por otra parte, es necesario que los científicos de las distintas ramas del saber se comprometan no sólo a utilizar los términos normalizados, sino también a ayudar en el proceso de normalización, ya que, al fin y al cabo, ellos son los que deben facilitar al terminólogo el acceso a los conocimientos científicos, son los principales usuarios de estas terminologías y son los que producen términos de forma espontánea condicionados por la necesidad de denominar productos y conceptos nuevos. Por eso, son los principales interesados en que la comunicación entre los miembros de una misma especialidad se pueda llevar a cabo con total efectividad.

Generalmente, los conceptos surgen de las investigaciones de los expertos y, si no se normalizan a tiempo los términos correspondientes a estos nuevos conceptos, se producirá un "descontrol" a la hora de denominarlos y, por lo tanto, dificultará la buena comunicación e intercambio de información y conocimientos entre los especialistas.

Por eso creemos que es imprescindible que la normalización terminológica se realice antes de que se produzca esta situación confusa, en la cual se difunden términos paralelos para designar el mismo concepto. Ésto se podría evitar mediante una planificación terminológica consciente y coherente que posibilite la realización de una normalización terminológica "a priori", lo que proporcionaría las bases de una transferencia acelerada del conocimiento, la información y la tecnología.

La normalización terminológica, realizada de este modo, podría resultar mucho más sencilla y útil, ya que la difusión de estos nuevos términos se realizaría al mismo tiempo que la de los nuevos avances; mientras que si la normalización se realiza "a posteriori", es más difícil que los especialistas abandonen los términos que ya se han consolidado con el uso para utilizar aquellos que se proponen a través de la normalización terminológica.

Las terminologías normalizadas deben prepararse basándose en los principios y métodos terminológicos que derivan tanto de la Teoría General de la Terminología como de la experiencia práctica.

La tarea de los terminólogos y, más en particular, de los expertos que normalizan la terminología, es prescribir la terminología deseada, tras haber realizado un estudio exhaustivo en el que se han debido definir los conceptos sistemáticamente para después asignarles los términos.

En todo trabajo de terminología y, especialmente, de normalización terminológica, es básica la cooperación entre los especialistas y los expertos en materias adyacentes del conocimiento, como pueden ser los documentalistas, los terminólogos, los conocedores de los lenguajes especializados, los lingüistas, los informáticos, los expertos en la información, y un largo etcétera.

Parece que hay un cierto acuerdo internacional en cuanto a los métodos y procesos para llevar a cabo la normalización terminológica, ya que el grupo de normalización formado por expertos en las diversas ramas del saber anteriormente citadas, trabaja siempre con un documento elaborado generalmente por un terminólogo, y que contiene las diversas propuestas de normalización fruto de sus investigaciones.

La normalización terminológica es un proceso que, generalmente, sigue unas fases claramente diferenciadas y que comienza con una investigación profunda del campo del saber y, en particular, del término a normalizar; esta información da lugar al informe con las propuestas que estudiará el grupo normalizador para, por fin, llegar a una decisión consensuada y pasar a la difusión del término normalizado.

La primera fase es la de la investigación en la terminología de un campo determinado del saber. En ella, se trata de establecer la relación entre término y concepto mediante la definición, ya que definir un concepto de forma correcta es crucial para asegurar su relación correspondiente.

Si los conceptos no están definidos con precisión y si el concepto asignado al término no está claro, los expertos normalizadores no podrán llegar a una conclusión válida.

Por lo tanto, se investigará tanto el concepto (por medio de explicaciones, definiciones, descripciones o contextos) como el término (intentando suministrar todas las denominaciones encontradas, tanto a nivel regional como nacional).

Un segundo paso consistiría en la creación del sistema terminológico al que pertenece el término objeto de la normalización, para delimitar claramente su posición con respecto a la terminología específica de su campo del saber.

En el caso de normalización de varios términos, es necesario establecer además el sistema de conceptos al que pertenecen los términos y las relaciones existentes entre ellos, para evitar interferencias entre conceptos cercanos en el sistema. El desarrollo de tesauros en los diferentes ámbitos científicos es una ayuda, y al mismo tiempo consecuencia, de la estructuración de los sistemas de conceptos.

Una vez realizadas estas investigaciones, es necesario preparar un conjunto de documentos que ofrezca suficiente información y que sea tan exhaustivo que pueda permitir, posteriormente, tomar decisiones o formular recomendaciones por parte de los normalizadores.

El informe de normalización debe contener, por un lado, las investigaciones realizadas hasta el momento sobre el concepto sometido a estudio y los diversos términos que se le han atribuido y, por otro, una propuesta sobre el término considerado más idóneo por parte del redactor del informe.

Tanto la propuesta como las investigaciones realizadas tienen que estar apoyadas por una serie de documentos que las justifiquen.

Es importante que estos documentos presenten diferentes grados de especialización y tipología. Generalmente se incluyen informaciones extraídas de obras lexicográficas especializadas, obras especializadas no lexicográficas como manuales, artículos de revistas, actas de congreso, etc., y opiniones escritas u orales de los especialistas del campo.

No podemos dejar de mencionar que todos estos documentos deben responder a una serie de criterios mínimos como exhaustividad, representatividad, fiabilidad y neutralidad.

En cuanto a la exhaustividad, el informe debe recoger el mayor número posible de apariciones del término y en contextos diferentes, con el objeto de presentar el concepto en todas sus facetas.

Por otro lado, la representatividad exige que se presenten todas las formas lingüísticas, es decir, los sinónimos empleados para designar un mismo concepto, que el terminólogo ha ido encontrando a lo largo de sus investigaciones.

La fiabilidad se refiere al grado de calidad de la documentación que se presenta, y que se puede evaluar tomando en cuenta factores como la fecha de publicación, la credibilidad del autor, la editorial, etc. De igual manera, a la hora de pedir opinión a los especialistas, se tendrá que tener en cuenta no sólo su conocimiento en el campo del saber, sino también su interés y sensibilidad frente a las cuestiones terminológicas.

Por último, el redactor del informe no debe favorecer su propia opinión a través de la documentación que presenta, sino que tiene que actuar del modo más neutral posible.

Una vez analizada toda la documentación, el redactor puede presentar una o varias propuestas de normalización terminológica.

Esta proposición debe ser breve y precisa y debe estar basada no sólo en la documentación, sino en factores de orden sociológico y lingüístico, como son el uso más extendido y la adecuación al sistema lingüístico, ortográfico y fonético de la lengua en la que se está normalizando.

Una vez elaborado este informe, se presenta a un grupo de normalización compuesto por terminólogos y expertos en el campo del saber, ya que, al fin y al cabo, estos últimos son los que conocen a la perfección su materia y los que pueden evaluar la adecuación entre el concepto y el término, lo que les permite elegir o despreciar un término frente a otro u otros.

Este grupo deberá tener en cuenta factores de diversa índole como son el uso real y potencial del término, la planificación y situación lingüística general y la del campo del saber en el que se está trabajando, la extensión del término y su adaptación al sistema lingüístico, la equivalencia real del concepto y el término en otras lenguas, las recopilaciones lexicográficas publicadas, etc.

Una vez estudiados y evaluados todos estos aspectos, debe tomarse una decisión con respecto a la normalización del término, es decir, debe darse prioridad a un término, desechando o desaconsejando el uso de otros, con el objeto de facilitar la buena comunicación entre los expertos.

Este largo y complicado proceso no tiene sentido si no existe una planificación previa que permita la extensa difusión de estos términos normalizados entre los especialistas que son, en definitiva, los que establecen el uso.

La difusión de un término normalizado destinado a suplantar otro término ya afianzado en el uso, puede plantear problemas al producirse una resistencia por parte del usuario ante el temor de que el término que se le propone, al ser menos conocido, dificulte la comunicación en vez de mejorarla.

Sin embargo, si el término normalizado surge ante la necesidad de denominar un concepto nuevo, su implantación no presenta problemas.

Esta difusión debe hacerse tanto a través de los medios de comunicación generales como de los más especializados, es decir, boletines, léxicos, publicaciones científicas, actas de congresos, etc.

A lo largo de todo este proceso, el terminólogo interviene, básicamente, en la preparación del informe, en las discusiones del grupo de normalización y en la difusión de los términos normalizados.

Como ya hemos mencionado cuando hemos descrito las fases de preparación del informe de normalización, el terminólogo se encarga de las investigaciones preliminares del campo del saber al que pertenecen el concepto y el término a normalizar. También se encarga de elaborar el sistema terminológico, para delimitar la extensión del concepto sobre el que se está trabajando, a la vez que analiza facetas del término como son si está bien formado en relación a la lengua en la que se va a usar, si se adecua o no al concepto al que se le asigna, si existen variantes gráficas o regionales, etc.

Aunque es verdad que es el especialista el que conoce el concepto, es el terminólogo el que, mediante sus conocimientos en lingüística, en terminología y en lenguajes especializados, va a encontrar el término adecuado a ese concepto.

Por ello, el terminólogo está capacitado para presentar una propuesta de normalización al grupo que tomará la decisión final.

A la hora de difundir los términos normalizados, el terminólogo participa utilizando los mismos medios empleados para la difusión de cualquier trabajo terminológico normal, después de haber registrado sistemáticamente dichos términos en bancos de datos, glosarios, léxicos o vocabularios.

También hemos indicado anteriormente la importancia que tiene el papel del especialista a lo largo del proceso de normalización.

Por un lado, colabora en la fase de elaboración del informe de normalización, aportando su conocimiento en la materia, lo que permitirá dar o no validez a las hipótesis establecidas por el terminólogo.

Por otro lado, participa activamente en las decisiones que toma el grupo de normalización, ya que el especialista sabe si determinado término es empleado con mayor o menor frecuencia que otro, si un término tiene mayor o menor posibilidad de ser aceptado por la comunidad científica y, por lo tanto, son necesarios a la hora de decidir en casos de sinonimia.

Por último, el especialista, al ser el principal afectado por la falta de normalización, es también el más interesado en participar en la difusión de los términos normalizados, ya que, de este modo, se hará más fácil el intercambio de información.

En cuanto a la situación actual de la normalización terminológica en español, el proceso es más complicado porque la lengua que se trata de normalizar aparece distribuida por más de 20 áreas geográficas diferentes, con características lingüísticas particulares.

Aunque en los últimos años se está llevando a cabo una labor importante de normalización en español en el campo de la ciencia y la tecnología, con el objetivo de que nuestra lengua científica pueda adaptarse a la lengua científica internacional, tenemos que ser realistas y reconocer que estos esfuerzos son aún insuficientes.

Sería necesaria una colaboración y coordinación entre los distintos países de habla española, con el objeto de evitar la aparición de terminologías paralelas, al realizar trabajos conjuntos y facilitar una difusión rápida y eficaz de la terminología normalizada. En este sentido, creemos que la Red Iberoamericana de Terminología (RITERM) puede ser el vehículo adecuado para canalizar estos esfuerzos.

A modo de conclusión, diremos que en el proceso de normalización terminológica es imprescindible la colaboración entre terminólogos y especialistas de las diversas ramas científicas, ya que los conocimientos que aporta cada uno en este proceso son necesarios y complementarios.

A través de esta comunicación, nos gustaría concienciar no sólo a los especialistas, sino también a las autoridades competentes, de la necesidad de activar los mecanismos que permitan, mediante la normalización terminológica, lograr que el español sea considerado internacionalmente como una lengua científica competitiva, evitando que quede reducida a un uso familiar y literario.

 

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